Quién revise la historia del arte hará bien en indagar bien sobre las vanguardias originales del Siglo XX. Aquello que finalmente llevó a dejar entrar otros artistas a los procesos de la civilización.

Hace 100 años la guerra fungía como principio de la cotidianidad y la dominación racial sobre las pasiones humanas hubo su modelo. Lo bello estaba roto, si bien los pedazos se transformaron para dar otra idea de la verdad estética a las masas.

El molde de la belleza se puso al servicio de los medios masivos. De ahí la distinción entre un pintor, un grabador o un dibujante, vistos como artistas académicos, y los opuestos cuyo ingenio comenzó a dirigirse hacia otros puntos de vista acerca de como el diseño del movimiento y el sonido deben transmitirse a la opinión pública.

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Todos los rompimientos con lo feo en el arte... digamos el lado oscuro de la fuerza, vinieron de este punto cuando de cualquier manera lo imperante era dejar atrás la ilustración de la tragicomedia humana para dar paso a los imperativos de las emociones abstractas.

Cuando describimos el Jardín del Arte en la Colonia Cuauhtémoc aterrizamos justamente en esta base, que en México se opone a tradiciones nobles como la labor de un mural. Nuestro país destaca por gozar de una privilegiada clase artista cuyo desdoblamiento son las mercancía que valen 10 veces lo que cuestan y tienen un valor por demás decorativo.

El brinco a la globalización conlleva un pensamiento elitista que no vería esto como contemporáneo, pues hay una división entre el valor del arte/entretenimiento para el pueblo y el que marca el mercado coleccionista teóricamente capaz de financiar un estilo de vida que auto decide la estética a través de sus movimientos bancarios.

Hoy no hablamos del mismo contexto que hace una centena, sin embargo es por causa de la UNAM el que se difunde el trabajo de algunos autores cuya obra ya no tiene que dejarnos nada ni material, ni espiritual... solo un juego de revistas, unos carteles...

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Nada deprecia el valor mismo del Museo por encima de todo y de la institución ofreciendo explicaciones a la esquizofrenia sociológica.

En estas fechas el recinto inaugurado por #Mathias Goeritz y Daniel Mont en 1956 y adoptado en 2005 por la universidad, nos confronta con una selección muy particular de ganadores franceses. Haciendo una convocatoria de muchas generaciones, la arquitectura emocional, se fragmenta con puntos de vista disconformes buscando en definitiva provocarnos.

Hay algo que anda mal. En una de las paredes de la escultura/casa una cinta tensa sostiene una vasija contra hecha. Hay más. Las hay por todos los espacios. Otro expositor le dio una capa de pintura a un muro para dar la intención de un mural fotografía. Hay un tubo de cobre que violenta un muro y lo penetra de lado a lado.

Nos topamos con otros implementos bizarros en el patio y una postal pegada al vidrio de la puerta. Ya cuando llegamos al colmo del vacío nos iluminan unas letras con focos brillantes de gran formato.

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Nos vamos conscientes de una ignorancia que busca revertirse con publicaciones de 100 pesos y un asiento de carteles que se ofrecen de cortesía.

Notoria diferencia con la presentación en la primera planta. Haciendo énfasis en el concepto del SIDA como un ingrediente en la sopa de la política y la intolerancia. Mediante unas cortinas con textos rojos, una tv repitiendo una acción y un montaje, se ha querido convocar a reflexiones acerca del prejuicio contra la sexualidad divergente. #turismo cultural #Crónica Ciudad de México