Soy de los que encuentran placer en ver automóviles de todas las edades recorriendo la calle, pero si algo me hace latir con entusiasmo es la vista de un buen ejemplar automotriz que, a pesar de sus más de dos décadas de vida, sigue con garbo y gracia rodando. No se diga si dicho automóvil junta cuatro, cinco o más décadas en su historia.

Igualmente me agrada mucho ver esos programas donde restauran automóviles a partir de chatarra, lástima que no muestran los esfuerzos completos. Las pantallas nos muestran una pintura bonita que oculta el esfuerzo y el saber en una labor conjunta para rescatar y darle vigencia al trabajo de varios ingenieros que pusieron su talento y su creatividad para ofrecer un producto mejor que el de sus competidores de mercado.

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La restauración no es como la filman

La simpleza con que representan una labor tan difícil ha dado como resultado que hoy día muchos automóviles se anuncien como clásicos sin serlo necesariamente, o como “proyectos de restauración” a precios exhorbitantes, asegurando que el monstruo ese está en condiciones hasta de correr en el rally.

Recientemente busqué en mi ciudad natal y en dos ciudades algún ejemplar de lo que fue mi primer auto, el Renault R10 modelo 1970. Incluí desde el modelo 1969 hasta 1971 y abarqué el modelo R8, un deportivo con la misma plataforma, motor e impulsión traseros.

Entre antigüedad y vejestorio

El primer ejemplar fue relativamente cerca de casa. Un R10 modelo 1969 al cual, ya de entrada, habían pintado de un horrible color violeta con blanco. El vendedor trató de distraerme un par de veces cuando quise levantar los tapetes, una miserable fibra de vidrio y resina plástica no podía ocultar la oxidación que se extendía por la base de los postes de las puertas y mas allá.

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Ni quise que encendieran el motor, salí de ahí.

Faltaba algo peor

El segundo estaba del otro lado de la ciudad. En las fotografías lucía bien, pero correspondían a otro auto; el pretexto: “para que se dé una idea de cómo lo puede dejar cuando termine de restaurarlo”. El motor estaba en las últimas y solo lo mantenían vivo a base de un aceite exageradamente grueso. Las válvulas que sonaban como ametralladora acusaban que no estaba siquiera bien armado o bien mantenido. Cuando comenté eso, el amable vendedor gritó: “Mira, llegó alguien que sabe más que yo, ¿cómo lo ves?”

A 50 kilómetros de mi hogar el tercer ejemplar era una colección de óxido que no se podía disimular bajo capas y más capas de pintura azul grisáceo. Me aseguraban que diariamente hacía el recorrido de 100 kilómetros al centro de estudios del hijo mayor; les hice notar que faltaban unas tolvas en el motor y a consecuencia de eso seguramente se sobrecalentaba, ni idea tenían y yo no acostumbro tratar con gente a quien atrapo mintiéndome.

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En tierra de sabios

Decepcionado me desplacé cosa de 300 kilómetros y nuevamente encontré un vejestorio a precio de antigüedad, un ignorante que cree que pintando un auto viejo ya quedó restaurado y un mecánico que les enmienda la plana a los ingenieros que diseñan llaves de torque, calibradores y hasta automóviles fórmula 1.

Sé que todos los detalles de restauración de un automóvil no pueden abarcarse en un programa de una hora, pero si algo me da lástima, son todos los autos que aparecen con la etiqueta de proyecto de restauración a 50 veces su valor y los pobres ingenuos que malgastarán su dinero por creer en el poder rejuvenecedor de la pintura. #Televisión #Turismo #Ecología