En #Latinoamérica la magia es inherente a la sangre. Nuestra historia, nuestro día a día está repleto de magia, bien sea por razones de sincretismo religioso, temor a lo desconocido o, mejor dicho, un amor grandísimo a la sorpresa. Cuando algo inexplicable pasa, y en Latinoamérica la vida misma es inexplicable, eso es magia.

La #literatura no escapa a esta forma de vivir y respirar el continente, porque somos eso, un continente entero. Esa disfunción geográfica generada por los “gringos” nos duele en la idiosincrasia porque América es muy grande y muy bella para ser engullida por aquel pedazo de tierra. Pero de eso hablaremos en otro momento.

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Además de los nombres clásicos y habituales, la idea de este artículo es introducir escritores contemporáneos - no todos vivos - que han brindado un nuevo aire a las letras de estas tierras. Así que hoy daremos un salto, sin restarle magia ni realidad a las historias, para hablar de parte de la generación McOndo y de todos aquellos escritores nacidos del post-realismo mágico.

Quisiera empezar con uno de mis favoritos, con un chileno universal: el escritor Roberto Bolaño. Su mente y sus entrañas están repletas de vericuetos, que de complicados y cinematográficos recuerdan a una película de David Lynch (del que era muy fan). De su literatura cruda emerge la gran obra “Los Detectives Salvajes”, pero si es la primera vez que oyes hablar de Roberto, mejor iniciar el viaje con pequeñas dosis de cuentos cortos como “La Estrella Distante” o “Una novelita lumpen”.

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El mexicano Juan Villoro, escritor y periodista, se hizo famoso por escribir cuentos para niños hasta que en el 2004 obtuvo el premio Herralde (concedido en España por Editorial Anagrama) por su novela “El testigo”, que es poesía y realidad entrelazada. Porque así es Villoro y su obra. Porque así es México y los mexicanos.

Rodrigo Fresán es un escritor argentino. La prosa de Fresán es fresca y te llega al alma. Hay algo que me encanta del escritor argentino y es que no busca ocultar su acento o normalizar su discurso para hacerlo menos “local” y más “universal”. Lo argentino se sentirá siempre, en cada palabra, en cada modismo. Uno de sus grandes #Libros es “La velocidad de las cosas”: “El Bien no siempre triunfa porque, de ser así, ¿qué sentido tendría la idea del Bien?”

De Cuba hay dos pilares fundamentales de mi biblioteca personal. El primero es Pedro Juan Gutiérrez, a este me lo presentó Rossana la primera vez que la visité en Roma, estando en su dormitorio me pidió que escogiera un libro y me lo llevara.

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Su “Trilogía Triste de La Habana” tiene un efecto boomerang porque desmitifica pero vuelve a mitificar a la isla desde un punto de vista humano, de sudor y sangre. Sin tanto texto ni utopía político-social, descubres la Cuba verdadera y la vives en carne propia. ¡Qué buena vaina, Pedro Juan!

La segunda por orden de mención más no por importancia es Wendy Guerra. Lo de Wendy es exactamente lo opuesto a Pedro Juan, desde mi punto de vista. Porque leer sus libros es sumergirse en una belleza discursiva que atrapa y en la que además se palpa una reivindicación de la feminidad y del papel de la mujer en la literatura. Sus palabras son tan suaves, tan cuidadas, que su discurso es como un sorbo de agua, es como un bocado que se deshace en la boca.

Para finalizar mi lista no puedo dejar de incluir a “nuestra Sylvia Plath”, tan atormentada pero tan brillante. Siempre he creído que las tragedias y el dolor son las mejores musas. Ese es el caso de Alejandra Pizarnik, escritora y poeta argentina. La Pizarnik es una figura sensible, amante fiel del simbolismo francés. Solitaria e insegura se refugiaba en los libros y en la poesía. Se suicida a los 36 años. Para conocerla recomiendo “Alejandra Pizarnik: Prosa completa” de Editorial Lumen.