Peck toco la puerta y dijo: «Abre, sé que estás ahí.»

No fue difícil que lo supiera. Mi auto estaba en la cochera, y cualquiera que me conocía lo suficiente sabía que yo no salía sin ir en auto. No importaba la distancia ni el tamaño de la necesidad. Pasaría de una acera a otra en auto. Una tarde la encargada de la licorería me dijo que yo era gordo porque no bajaba nunca de mi maldito cacharro y evitaba caminar. En fin, al diablo la licorera. El asunto era que Peck tocó la puerta. Cuando tocó, yo estaba sentado en el váter, intentando hacer las paces con mi estreñimiento. Y eso es algo que yo lograba con tiempo, paciencia y total soltura. Era necesario estar ahí sentado, con el culo en total reposo, sin forzar, sin retraer, sólo soltando y esperando.

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Pero entonces oí los toquidos a la puerta, y pensé: ¡Maldita sea! ¿Qué necesita hacer un hombre para evitar las visitas inesperadas, qué se necesita para pasar todo el día sentado en el váter? Lograr cagar después de varios días de estreñimiento era más fácil que eso.

Yo sabía que Peck no se iría sin antes conseguir entrar, así que suspendí lo del váter, me limpié el culo, subí mis pantalones, salí del sanitario sin lavarme las manos, y abrí la puerta.

-Peck –dije al verlo.

-Spam, viejo infeliz, ¿Cómo estás? –dijo Peck estirando la mano para saludarme.

Lo saludé con mi mano sin lavar. Se lo merecía.

-Pasa –dije.

Entró. Cerré la puerta.

-No entiendo por qué siempre tardas tanto en abrir, Spam. Parece que nunca estás ocupado en algo, pero aun así tardas mucho en abrir.

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-Siempre estoy en otra dimensión –dije-. Y estando allá escucho que tocan acá, y tengo que hacer algunos trámites allá para venir acá. Y ya sabes, la burocracia.

-¡Jajaja, qué estupidez! –dijo Peck.

-¿A qué has venido? –pregunté.

-Bueno, a beber cerveza contigo y charlar un poco.

-Pero no has soltado el maldito paquete de cervezas –dije.

-¡Oh, cierto, jajaja! Toma una.

Peck puso el paquete de latas sobre la mesa de centro. Entonces cada uno agarramos una. Él destapó la que tenía, y me la dio. Yo hice lo mismo. Destapé la cerveza con la mano derecha (con la que me limpio el culo) y se la di. Dimos un buen trago y nos sentamos.

-Y bueno, ¿Acerca de qué quieres conversar? –pregunté.

-De mi maldito vecino. ¡El muy hijo de puta está loco! ¿Sabes que hizo ayer mientras llovía?

No respondí, no me moví, sólo lo miraba directo a los ojos. ¿Cómo demonios podría saberlo?

-¿Qué te pasa? –me preguntó Peck.

Seguí sin moverme y mirando fijo.

-Bueno, como sea. Te estaba diciendo que mi vecino está loco.

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Ayer, mientras llovía, se sentó en un banco, en medio de su jardín, con chaqueta y gorro impermeable, y con la manguera en la mano. Y de pronto comenzó a regar el pasto, ahí, en medio de la tromba. ¿No te parece una locura? ¡Ese maldito ruso!

-Quizá le gusta reforzar el riego –dije.

-¡Oh, vamos, eso no tiene sentido! –dijo Peck.

-Quizá lo tenga para él.

Me terminé la primera cerveza y pasé en seguida a la segunda. Terminado el paquete, Peck perdería el interés en su visita. Siempre lo hacía. Quizá por eso siempre daba pequeños traguitos a la cerveza. Así que me concentré en beberme cada lata en máximo tres tragos. Doce tragos más y estaría libre de Peck. Aunque el tipo no me caía mal, no me caía del todo bien porque siempre llegaba sin avisar, y casi todas sus conversaciones trataban de lo que los demás hacían. Sólo me gustaban sus conversaciones cuando trataban de los polvos que él le daba a su mujer. Eso sí que me excitaba. Su esposa tenía un cuerpo magnífico y una actitud caliente y algo desvergonzada todo el tiempo. Pero más allá de que le creyera o no sus historias sexuales, yo utilizaba ese material para imaginarme con la esposa de Peck, y vaciarme después de un día estresante y solitario.

Terminé mi quinta lata de cerveza, la apreté, y la azoté sobre la mesa a modo de disparo para que Peck saliera de mi casa.

-¡Oh, no hay más cerveza! –dijo Peck.

-Estoy full –dije.

-Bien… Bueno… Yo sigo en la primera. ¡Vaya! Sí. Okey… Pero bueno, sigamos. Ya que has oído todo acerca del maldito ruso, ¿Qué opinas de él?

Yo no había puesto atención a su plática, pero no sería difícil responder, porque otra vez su conversación se había tratado de lo que hacían los demás.

-Te diré esto –dije-. A mí no me importa que el ruso riegue el pasto de su casa mientras cae una tromba. No es mi asunto. Yo tengo mis propios asuntos. Mientras el riega su pasto, yo intento cagar. Pero entonces estás tú y los demás, que están jodiendo el asunto, husmeando por las ventanas y por las coladeras, tocando las puertas, llevando y trayendo la mierda de los demás. Por eso vivo en otra dimensión y tardo en abrir la puerta de mi casa. En fin. Todos se quejan del vecino. Para cada uno, el vecino es el único idiota desadaptado. Pero nunca reparan en que el vecino cree lo mismo de ustedes. Y entonces todos son el cerdo, la mierda del cerdo, el olor de la mierda del cerdo, y el gesto repugnante en la cara del vecino del criador de los cerdos. Eso es la hebra misma con la que está tejida la red de la maldita sociedad. Y todos están atrapados en esa telaraña. No diré más.

Peck se quedó callado, estaba algo pensativo. Lo miré. Algo pasaba dentro de él. Pensé que quizá, por fin, él había entendido que yo no quería tenerlo en mi casa, ni ese día ni cualquiera otro. Adiós visitas inesperadas, bienvenido a mis ratos ininterrumpidos sentado en el váter. Anda, vamos, levántate, corre fuera de aquí, libérame, sé mejor hombre, vive tu vida, deja a los demás vivir la suya, construye tu propia dimensión, escápate dentro de ella, vete, déjame intentar cagar, gracias, buena suerte. Pero la vida no es así de fácil. Pobre Spam, eres un idiota.

Peck regresó de sus pensamientos y me miró.

-Perdóname Spam, no te he puesto atención. De pronto he recordado que mi mujer me encargó algo, pero no tenía claro qué. Pero ya lo sé. Ella quiere que le lleve un tónico para la comezón en… no importa. Bueno, me voy. Pronto te visitaré de nuevo. Ha sido un placer.

Nos despedimos y Peck se largó. Lo vi caminar por el sendero de mi jardín rumbo a la banqueta. Vi su figura medio gruesa, sus caderas escurridas, su culo metido, sus hombros altos y su melena media larga. El tipo no era gran cosa pero tenía a una mujer de cuerpo magnífico, con actitud caliente y media desvergonzada, que en la mañana me había llamado para decirme que quizá me había pegado una comezón. ¡Pero no es nada, papito!

Cerré la puerta, pasé a la cocina, me serví un brandy, y como ya no tenía paciencia para sentarme en el váter para intentar cagar, me fui directo a la máquina de escribir. Y entonces salió esto.

@Warmandovf #RelatoCorto #RealismoSucio #LeeMás