Mi vida, aunque tranquila, ha tenido dos grandes oportunidades de terminar; consciente de eso he coleccionado casos de personas que vivieron gracias a milagros mucho mayores.

Mi favorito es el del artillero inglés Nick Alkemade que durante la Segunda Guerra Mundial saltó de su bombardero en llamas a 6.000 metros de altura durante un ataque sobre Alemania y sin paracaídas. Cayó en una colina cubierta de nieve y abetos que amortiguaron su descenso y sobrevivió; tanto, que aunque prisionero de guerra de los alemanes, fue tratado con grandes consideraciones. Como complemento, la mayor parte de las heridas que recibió en este capítulo fue mientras trataba de alcanzar su paracaídas antes de saltar al vacío.

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La estrella de la suerte también favorece a los animales, Oskar, un gato negriblanco tuvo la distinción de ser adoptado por alguien de la tripulación del acorazado alemán Bismarck, mismo que en su primer viaje fue hundido en una épica historia de suerte cambiante en la que intervinieron torpederos del acorazado Ark Royal. De la tripulación de 2.065 marineros se salvaron solamente 115, y el aterrorizado gato, que flotaba sobre una plancha de madera. Luego de esto, Oskar fue adoptado por sus salvadores, del H.M.S Cosack de la marina inglesa.

Seis meses después, un submarino alemán envió al fondo del océano al H.M.S. Cosack pero nuevamente Oskar (que fue rebautizado como Sam) sobrevivió en un bote salvavidas, pasando a ser parte de la tripulación del ya mencionado portaaviones Ark Royal, que un mes más tarde se hundiría debido a los torpedos del submarino alemán U-81.

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Oskar esta vez no tuvo que ser rescatado, puesto que se había quedado en Gibraltar negándose a subir al portaaviones cuando este se hizo a la mar. Realmente este gato tenía varias vidas, más que el mismo gato de Schrödinger.

Quienes no estaban destinados a morir, fueron los tripulantes del destructor norteamericano U.S.S. O’Bannon, que tienen la distinción de haber inclinado la balanza del combate a su favor de manera inusual: lanzando a mano contra un submarino.

El 5 de abril de 1943, el destructor descubrió un submarino japonés en la superficie, se trataba del IJN. RO. 34; cuando trataron de embestirlo descubrieron que el submarino no reaccionaba al ataque, olieron una trampa: un casco lleno de explosivos que al explotar los haría chatarra. Virando en ruta paralela al submarino, que había salvado la colisión por los pelos, sucedió que no había reaccionado porque su cansada tripulación dormía la siesta sobre cubierta, para despertar y ver al destructor al alcance de sus cañones, mientras que las armas del destructor no podían bajar lo suficiente para acertar sus proyectiles contra el submarino enemigo.

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Los dioses de la guerra se estaban divirtiendo de lo lindo y ambos bandos estaban realmente espantados.

Los marinos norteamericanos en su desesperación tomaron lo que tenían a mano: unos costales de papas y empezaron a “apedrear” a los japoneses con los tubérculos; los tripulantes del submarino creyendo que les lanzaban granadas correspondieron a la guerra de carbohidratos y descuidaron los cañones que les hubieran dado la victoria. Poco después, la distancia entre ambas naves fue suficiente para que los cañones norteamericanos cumplieran su cometido. Toda una tripulación que debió su vida a unos costales de papas.

Luego de esas historias, si digo que sobreviví a una asfixia y al ataque del síndrome Guillain-Barré, seguramente el lector concluirá que me enorgullezco por poca cosa. #Segunda Guerra Mundial #Gatos y mascotas #Aviones