El corazón de la delincuencia

Un día cualquiera, Norma salió de su casa rumbo a la tienda de abarrotes. Al cruzar por el puente peatonal dos sujetos, navaja en mano, la abordaron. Norma no opuso resistencia cuando la despojaban de sus pertenencias; aún así, uno de ellos la hirió en una mano. En Iztapalapa el robo a transeúntes es el más común e “inofensivo” de los delitos con los que sus pobladores conviven a diario. Con alrededor de dos millones de habitantes, Iztapalapa es la principal y más grande concentración urbana de la Ciudad de México y el segundo municipio más pobre del país. Es, dicen, el corazón de la delincuencia.

Ritos de identidad

La trascendencia internacional de Iztapalapa reside, no en el crimen, sino, paradójicamente, en su fe.

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Durante la Semana Santa, en México son comunes las procesiones y representaciones de la Pasión de Cristo, pero la de Iztapalapa es la más grande y elaborada de todas. A esta acuden cada año entre dos y cuatro millones de personas, participan más de cinco mil actores (todos ellos residentes de los pueblos originarios de la delegación), es transmitida en vivo por los principales medios de comunicación y, desde 2012, es Patrimonio Cultural Intangible de la Ciudad de México. Si bien la celebración constituye un evento principalmente religioso, para los habitantes de Iztapalapa es más que eso: es un rito de identidad.

174 años de tradición

A diferencia de la mayoría de las representaciones de la Pasión de Cristo en Latinoamérica, que datan su origen al periodo colonial, la de Iztapalapa nace en el siglo XIX.

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Testimonios orales relatan que en 1833 una epidemia de cólera arremetió contra la Ciudad de México, y en Iztapalapa, que para entonces contaba con alrededor de 20 mil habitantes en su mayoría indígenas, fue especialmente atroz; causando la muerte de al menos la mitad de sus pobladores. Desesperados, los nativos acudieron en procesión para suplicar por el fin de la peste hasta el santuario del Señor de la Cuevita, templo que resguarda una efigie que representa a Jesús de Nazaret en el sepulcro. En agradecimiento, el pueblo promete un nuevo templo y la representación, cada año y de generación en generación, de las últimas horas de Jesús en el mundo. La historia cuenta que inmediatamente después la gente comenzó a sanar y las muertes diezmaron. Pero no es sino hasta 1843 que se realiza por primera vez la procesión con esculturas de la Parroquia de San Lucas y del Santuario del Santo Sepulcro. Se cree que fue entre 1870 y 1880 cuando los ancianos deciden iniciar la representación con los niños del lugar.

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Desde entonces la encarnación de la Semana Santa en Iztapalapa ha prevalecido dejando constancia de su arraigo y devoción para los iztapalapenses.

Por el perdón de los pecados

Gonzalo tiene 17 años. Hasta hace tres meses se dedicaba al robo de autos. Él, como muchos otros, está consciente del peso que deberá llevar a cuestas cada Viernes Santos durante los próximos años. Dice que está obligado a pedir perdón, pues ha faltado al séptimo mandamiento: no robarás. Año tras año no sólo tendrá que portar la túnica morada, sino que, emulando a Jesús en su vía crucis, caminará descalzo un trayecto de dos kilómetros bajo un sol inclemente hasta el Cerro de la Estrella, cargando una cruz de madera de pino que mide seis metros y pesa 90 kilos y, en su cabeza, una corona de espinas hecha varas de huizache.

Sincretismo mexicano

La Pasión de Cristo en Iztapalapa es un ritual trágico-religioso que invoca la fe como medio para transformar, en algún sentido, el mundo. Actores, penitentes y devotos, buscan en la representación un cambio en su propio mundo: empleo, salud, tranquilidad, perdón. Constituye un recordatorio de aquella devastadora epidemia y su culminación; es la conmemoración de la vuelta a la vida, escenificada en una pasión y muerte de Cristo de carácter melodramático. La Semana Santa en Iztapalapa es un festejo popular que sincretiza culturas, valores y tradiciones enraizadas firmemente en sus moradores, al margen de las autoridades delegacionales y de la propia iglesia, pese a que ambas la aprueban y, en cierto modo, sustentan. La representación, basada en los evangelios apócrifos y no en los textos bíblicos, en Iztapalapa se convierte en un evento multitudinario que utiliza las propias calles de la localidad como escenario.

A pesar de sus conflictos, en Semana Santa Iztapalapa se reencuentra con una identidad que permanece velada la mayor parte del año, para participar en un evento que trasciende sus fronteras y amalgama la visión prehispánica, las expresiones urbanas y el culto religioso, los cuales conviven y se relacionan como lo que son: fragmentos de la cultura popular. #tradición #Cultura Ciudad de México