La voz tiene su propia fuerza para hacer abrir una esperanza en el porvenir. Así lo vivimos este viernes 31 de marzo con el concierto de #Morrissey. Un concierto esperado ya desde cinco largos años, por todos aquellos que hemos vivido la melancolía y la nostalgia como potencia creativa, como un hogar para estar solos. Morrissey abrió la noche, como si estuviéramos en un culto vivo, apasionado, donde se congregan aquellos que han sabido amar y quedarse solos, completamente solos, porque los amorosos son los que abandonan, cambian, los que olvidan, dice Sabines. Esta noche de un viernes, santo para los sabios rabinos, se consagró la melancolía con la voz de nuestro querido Morrissey.

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Aunque, las canciones son inglés, muchos de nosotros tenemos el mismo espíritu melancólico. Por eso pudimos ver llegar al concierto a todo tipo de almas errantes; solitarios, lobos que aúllan a la luna, porque sabe amar, pero nadie sabe cómo amarlos, otras parejas llegaron ahí buscando redefinir sus promesas de amor, otros fuimos por nuestras convicciones políticas o nuestro gusto literario. Sin importar cuales fueran las razones, estuvimos ahí porque todos buscamos un poco de esperanza.

El cantante británico se erigió como un evangelista contra la violencia animal y las fronteras políticas, fronteras que dividen y enemistan, en cambio nos dio su música que une y hermana. Al unísono escuchamos entonar el clásico esperado de la noche: There is a light… como una sola alma a todos los presentes en ese majestuoso lugar.

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Fue increíble escuchar ese lento y melancólico animal que formó la comunidad de espectadores, sonaba como la música de las ballenas que se saben solas en medio de la nada, entonando una canción para el mar, tan solitario como ellas. Muchos lloraron, porque ellos cantaban ahí solos, pero nadie cantaba para ellos, nadie querría morir a su lado.

Mientras veíamos una proyección de imágenes que nos demostraban las terribles consecuencias de nuestra dieta carnívora, la maravillosa voz de Morrissey entonaba Meat is Murder, sabíamos que escucharlo, era escuchar una prédica contra la violencia, contra la injusticia y contra la desigualdad, y no juzgamos, escuchamos atentos lo que tenía que decirnos, amar, amar a pesar de las circunstancias, amar la vida por que vale la pena vivirla, ella está viviendo, viviéndose en cada criatura. La lista que presentó el autor seguro ya la conocen, poco importa recordarla, nos queda el momento. El momento y su fragilidad nos recuerda que también habremos de morir, y que será mejor morir con la felicidad de vivir para los otros, la felicidad que da defender a los que no pueden defenderse, proteger a los que nos pueden protegerse.

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No sé si la voz, si la música de este poeta tuvo el mismo efecto en todos, pero desperté con ganas de comer menos carne, tal vez ser vegana, y disfrutar más la vida, desperté con ganas de entonar una melancólica melodía aunque nadie quiera escucharla. Así de la lucha por la liberación de los animales, hasta la consagración de la melancolía con canciones de amor y desamor, con canciones que exigen que todo humano debe ser amado , vimos al profeta del melancolía, pues quién sino un melancólico tiene la sensibilidad suficiente como para amar sin ser correspondido o dar la vida por los #Animales, muriendo cada día al abstenerse de la carne. Y es que aquellos que aman la vida, aquellos amorosos son los insaciables, los que siempre ¡qué bueno!, han de estar solos, viven más en espíritu y en alma que en cuerpo y carne, porque su melancolía les dice que su reino, que su amado reino no es de este mundo.