Voraz, 2017 no es una película que haga vomitar, pero sí remueve fibras sensibles y nos sorprende cuando menos lo esperamos. No se trata de un miedo inmediato, sino de una perturbación degradada que va en aumento como la de la misma protagonista, Justine. Como a estas alturas ya deben de saber, la película trata de una chica vegetariana que descubre su gusto por la carne humana, justo después de entrar a la universidad para estudiar veterinaria.

El ambiente es denso y sucio, la fotografía de Ruben Impens nos remite constantemente a esa limpia suciedad que uno ve en los hospitales viejos y en la ropa percudida. Quizá porque Justine es un poco así, inocente pero perversa.

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La música es otro punto fundamental, pues al ser casi inexistente, deja al natural algunos de los momentos más bestiales. Civilización e instinto están en constante lucha durante la película, para dejarnos en claro que esta vez estamos frente a una película de caníbales distinta a las otras.

Por una parte estamos en una etapa de transición en la vida de Justine, dejar de vivir con sus padres, entrar a al universidad, descubrir su sexualidad, por otra, la película nos ubica en un lugar lleno de animales, no sólo los que utilizan para la práctica de los estudiantes, sino los mismos estudiantes. Esto se aprecia en la serie de novatadas que se les realizan a los de primer ingreso y en los juegos-rituales de iniciación que emprenden. Hasta este punto, el #canibalismo de Justine se interpretaría como uno más de los rituales que dan paso a una vida adulta, pero no.

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El canibalismo de Justine tiene el acierto de ser algo connatural a ella y no como se había abordado en otras películas como Somos lo que hay (2010). Justine es, más bien, un Hannibal Lecter muy salvaje, hace las cosas casi sin conocimiento de causa, por mero instinto. Aseveración que reafirma su padre al hablar de que un perro que ha probado la carne humana, no puede continuar viviendo o querrá volver a probarla. Por otro lado están el aspecto físico y la curiosidad, quiero probar aquello que no conozco: comerme al otro por empatía, para saber qué hace y por qué, o por deseo. Aquí es donde entra Adrien, compañero de habitación de Justine. Otra prohibición en la vida de esta chica que pasa de vegetariana a canibal en 90 minutos.

No es la primera vez que la sexualidad, la gastronomía y la carne humana se mezclan, de hecho, escritores como Italo Calvino en Bajo el Sol Jaguar y Ana Clavel en El Amor es Hambre, nos han enseñado que estos elementos siempre están en contacto aún fuera de la ficción. Voraz, nos lo recuerda también, pero de una manera más instintiva, natural y hasta genética. Lo más aterrador de la película no es la sangre, sino terminar de verla y preguntarse a qué sabe el de la butaca de al lado. #Cine