A las letras no se les puede exigir que sean comunes y corrientes. Como buenas escritoras, necesitan percibir y entender la vida digiriendo todo hacia la pura brevedad. Si bien hay discursos por doquier con extensiones inmensas, también hay simples frases encadenadas tan efectivas que pueden convertirse en la gran crítica social. Precisamente, Raúl Renán fue un contenedor de posibilidades y acontecimientos. Leía, escribía y también respiraba y comía, pero con una característica muy particular: era un amante de las cosas.

Años atrás, hojeaba las famosas "lecciones" o "los libros de casa" que proponían ideas acerca de cómo eran los objetos que rodeaban nuestro entorno.

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Alguien le daba el nombre de pupitre al pupitre, de radio a la radio o de pluma a la pluma. La finalidad era desarrollar la capacidad de observación y memoria del infante para que jamás olvidara cómo era aquel elemento. Sin embargo, Renán comprendía que al tocar cualquier cosa, no sólo había que verla bien, sino intuir lo que quería decir, esto es, inventarles un lenguaje, o aún más específico, quiso que la palabra fuera una cosa que había que sentir, de la que podía reírse, pero también hablarle con mucha seriedad.

Esas lecciones también eran conocidas como "manuales". Este concepto de raíz latina significa "lo que concierne a las manos". Eso es lo que Renán hizo durante su vida: manejó todas las fases posibles de cada palabra. No importaba si era callada, escandalosa, risueña o gruñona.

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Todas tenían un lugar en esa jícara echa de madera donde remojaba un pan dulce en chocolate caliente. Cuando contaba esta anécdota para producciones independientes decía que sus amigos lo criticaban y le gritaban, "¡Eso no se hace! No va acorde con la vida social". Y es que la vida social de Renán se formó de maneras "distintamente campesinas" que nunca pudo cambiar.

¡Me encantan las preguntas viejas, antiguas y con olor a polvo!

La obsesión por su pasado fue el material más importante para dar su definición de #poesía. En un documental de Celia Pedrero Cerón, explicaba que este género era un recipiente donde vertía el alma, ese algo interior que admiramos de un ser, después nos lo tomamos y nos da mucho más vida de la que ya conocemos. En palabras del ensayista yucateco: "la poesía tiene la facultad de crear un sentimiento mágico a quien la escucha. Eso presupone que el que escribe primordialmente expresa de manera mágica lo que su emoción le dicta. Esa sensación jamás la pierde el poema donde quiera que esté.

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No importa la época en la que fue escrito ...".

¡Renán era un palabroide!, porque placía de una actitud enunciativa, es decir, gustaba de la descripción de un hecho concreto y este último sería el redescubrimiento de la palabra y del metalenguaje. Ese código con el que estaba escrito los primeros textos que leyó (la Biblia y un diccionario) lo creía inusitado, apasionante e inexplorado, pero siempre tomando en cuenta que la protagonista de la historia sería la palabra, ¡ni más ni menos que esa mujer y hombre a la vez o sonido y silencio al mismo tiempo!

¡No es cadáver, sino laberinto!

Este poeta tenía la capacidad de recuperar el uso primigenio de la lengua y regenerarlo sin importar qué es o qué no es aquella cosa que observa. No es cuestión de conocimiento, sino de aquel estado de alerta e inocencia que posibilita una transcripción minuciosa de lo que quiere decir ese elemento que tengo frente a mí, pero que el poema nunca hablará de ello, sino de la palabra que la crea, que le da forma y la significa.

Sin duda, la escritura de Renán fue una constante línea de exploración que nunca devolvía un objeto a su estado original. La estructura verbal del mensaje que deseaba trasmitir siempre dependía de una función #lingüística, pero en este escritor, ¿cuál sería?, ¿tendríamos que inventar una más? No lo sé, pero ahora nos percatamos que la #literatura da comer a tal grado que hemos de morir "al pie de la letra".