El transporte público mexicano, tan pintoresco, tan abrasivo. Lugar de encuentros fortuitos, desafortunados, ahí dentro conviven el pueblo, el gremio, la plebe, la banda, la raza y no siempre se llevan muy bien entre sí.

Es que la pesadez es tanta, que suele complicarse la estancia, los viajes; el camino, además, no ayuda en mucho. El trayecto se muestra lleno de baches y de peligros. La insensatez al volante es lo que muchos opinarían, caracteriza a los choferes del transporte colectivo, claro que refiriéndose a los camioneros, los “microbuseros”, taxistas y en este juego también entran los conductores de automóviles particulares, todos en algún momento tienen algo en común: un choque, un toque tras otro del claxón porque el otro “se le cerró” o “le aventó el coche”, discusiones con un chiflido o con el brazo que se escabulle por la ventana intentando molestar al que va enfrente, a veces la cosa es divertida y no pasa de ser un episodio más del folklore popular, sin embargo, hay ocasiones en que la situación se vuelca verdaderamente peligrosa, basta un pequeño golpecito a la parte trasera del vehículo al frente por accidente o hacer una seña hacia el hombre que conduce para que éste pueda bajar con arma en mano dispuesto a arrebatarle la vida a quien perturbó su existencia, tan solo por un breve instante que no debería representar gran cosa para sí.

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Sí, así de irreverente es la población que viaja en los vehículos de transporte.

En la capital del país, es decir, la Ciudad de México, o #CDMX, como recién se le ha nombrado tratando creo yo de popularizarla y darle un “realce” mundial, el sistema de movilidad público carece de valores y criterios lógicos en muchas de sus formas y manifestaciones. Hay ocasiones en que es imposible señalar un único culpable, un funcionario que no esté cumpliendo con “su labor”, pues esta gran industria tiene dentro suyo una innumerable cadena humana que alcanza lugares y posiciones (sociales) que un servidor público (político) pocas veces conoce en esencia y con sensatez, entonces poner todo el valor de la culpa en sus manos sería rotundamente una pérdida de tiempo, pues, así cambiásemos a veinte o cien creadores de leyes o de “quienes se encargan de hacerlas cumplir”, existe en la población restante que no se incluye en los censos de choferes y de asociaciones transportistas, que además de tener un contacto directo, afecta y decide la mayor parte de las veces, es así, que el transporte colectivo público en la ciudad, tiene grandes y profundas lagunas de duda, desenlaces fatídicos, corrupción y simple incomprensión por parte de aquellos que pueden y tienen obligación de tomar decisiones a favor de la ciudadanía, tanto como de los sistemas predestinados para su uso y movilidad entre las calles, siendo arterias de la ciudad.

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Avenidas, puentes, túneles y ahora vías aéreas que se unen al conjunto de elementos característicos del transporte mexicano. Como en todo, hay una dualidad presente que desequilibra bastante la regularidad en las buenas prácticas o resultados favorables, aún así diariamente mueve a las personas y las personas lo mueven a él, a este nuestro modelo de transporte nefasto y bello.

De los conductores y su rol en la sociedad

Los hay de todo tipo, algunos son malos, otros son peores, existen también quienes ejercen con responsabilidad, respeto y honor el oficio que les da sustento en esta jungla de asfalto llena de pecado y crimen. El peyorativo y la etiqueta son innecesarias, que el lector imagine y comprenda a merced de lo que ve cada que sale a la calle y sabe la vida pasar frente a sus ojos. Dentro de esta ramificación de la era de la movilidad, hay variaciones absolutas de un miembro a otro, concienzuda y físicamente, aunque parecen repetirse ciertos patrones imborrables de este grupo.

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Si hiciéramos un conteo de los integrantes a la misma vez que su descripción, encontraríamos también razones y motivos por los cuales un chofer ha llegado a serlo y de ello dependerán otras tantas cuestiones completamente ajenas, quizás, a la labor específica que es llevar el mando de un vehículo donde los habitantes de las colonias, conciudadanos se montan para llegar a sus centros de trabajo o estudio, de recreación o dogma, de actividad física o mental. Primero que nada estos deben contar con una virtud especial al dominar máquinas tan grandes que para muchos representa un verdadero problema y peligro en la carretera. En la urbe hay que avivarse para que alguien no se baje sin pagar la cuota establecida, debe apresurarse a dar el cambio, devolver las monedas a los pasajeros exitosamente, sin caer en torpezas y nerviosismos que inciten a dar más de lo que debería ser, haciendo perder a la empresa (intento) de conseguir algo con que sobrevivir.

¿Quizás el problema no sean las normas como tal, sino aquellos que no las cumplen? Pero ¿hasta dónde una norma se vuelve sometimiento y aprovechamiento? ¿En qué punto deben ser “castigadas” las inflexiones a las leyes en vigor?

He aquí un problema gravísimo que aunque no lo parezca así, influye irremediablemente en el manejo del servicio y a su misma vez los resultados y/o consecuencias que provengan de él, se llama: política. Piénselo, si usted tuviere una compañía, en este momento quizá preferiría quedarse con la mayor ganancia posible que compartirla con alguien más, pero en ese acaparamiento, forzosamente tendría que verse la cara y hacer tratos con alguien más que implicarían una porción por igual o bien equitativa de acuerdo al esfuerzo y demás, los implementos y las necesidades en cuestión, no podría hacerlo solo, sin embargo podría aprovechar ciertos espacios, resquicios en el trato que le serían útiles en caso de querer abarcar todo cuanto pueda, como una especie de soborno que parece una práctica benéfica, referente a la labor que deba realizarse pero que a los ojos de alguien más, de un país, de un usuario recurrentemente molesto con el servicio y sus ejecutantes, todavía más con quienes de uno u otro modo permitimos el silencio y el clásico “así es y no va a cambiar”, será lo contrario; decir esto es una objeción mediocre e hipócrita, otra cosa sería decir “no quiero hacer nada”.

Me gustaría agregar que casi nunca veo un extintor, un botiquín médico o algún otro tipo de implemento de seguridad y auxilio en los vagones o dentro de un vehículo pequeño, mediano o grande. Es raro ver a los choferes con el cinturón de seguridad puesto, algunas unidades carecen de éste, y para los pasajeros que dan sustento a la ruta propuesta por un empresario y transportistas de hacia años, solamente queda la protección que la suerte pueda brindar, que el aferrarse al metal de los tubos que se entrecruzan en el espacio hueco, sumado al peligro habitual al recorrer una vía automovilística, varios conductores parece que jugaran a lo que se adhieren como responsabilidad, muchas veces me pregunto ¿vale la pena pagar cinco, diez, veinte pesos para desplazarme, dejando mi vida (en algún sentido) en las manos de una persona que podría ser incompetente para su trabajo? No lo sé y cada vez que es necesario abordar uno de éstos, nacen dudas y miedos nuevos ¿con qué habrá usted de encontrarse la próxima vez?

Hay conductores cómplices con ladrones, éstos a su vez con policías, ellos amparados con los jefes y demás hacia arriba y hacia los lados, en este juego corrupto sufren la movilidad, el transporte y las almas que a veces se pierden.

Los asaltos: un mal que parece inevitable

Supongo que este no es un problema auténticamente mexicano, sino que ocurre en todas o si no en la mayoría de las regiones del mundo habitado por seres humanos en contacto directo a todo momento y en diferentes lugares. Es evidente que “robo” como tal, abarca diversas ramas de investigación y ahondamiento. Para esta ocasión nos satisface, o al menos, es viable en aras de querer hacer ver carencias y bondades de un sistema que resulta práctico e inteligente en ocasiones, donde la ciudad lo dicta de este modo, hablar de los robos a pasajeros. A pesar de que no haya mucho que agregar a lo ya conocido, solo sumaremos un comentario y sentimiento de repulsión hacia estos integrantes de la sociedad y sus actos altaneros supuestamente valientes, donde únicamente demuestran su desfachatez y desconsuelo por la vida que les tocó vivir, pero eso no es culpa de los demás, cada cual deberá saber cargar sus piedras sin dañar al otro, sin echarla la culpa por su desvarío y desentendimiento.

Hay robos que no lo son pues solo son insinuaciones de ello, ejemplo: suben dos tipos con pinta no muy agradable al camión por la mañana, tarde o noche con una bolsa de paletas y un discurso que empeora a medida que avanza que cuenta su paso por alguna prisión o centro de regeneración, etcétera, luego pide cooperación “voluntaria” para su causa a cambio de una paleta, misma que deberá ser considerable para ser vista como buena, de lo contrario podrían armar un robo en un santiamén, la gente, para no tener más problemas entrega poco de lo que tiene en lugar de perderlo todo o incluso morir. Si de otro tipo de insinuaciones en el transporte público se tratara, nos detendríamos en el acoso sexual mayormente de hombres a mujeres donde, en ocasiones, se transgrede el límite del pensamiento y se comenten atrocidades.

Como medida preventiva, usuarios de los transportes han decidido tomar cartas en el asunto, en vista de que las autoridades correspondientes que deberían en todo caso solucionar los altercados y diferenciaciones, tomando por sorpresa a ladrones despistados, novatos, inexpertos o que simplemente se vieron mellados por la fuerza abrupta de la masa enfurecida, harta de tantas injusticias y trabajar para nada, llegando inclusive a matar a esos “amantes de lo ajeno”.

Los problemas de contaminación se incrementan, con esto hacen falta medidas, adecuaciones, innovaciones y apoyo en el sector del transporte y sus derivados, ¿no es así?

Hace ya varios años llegó el MetroBus, una bestia articulada que es capaz de desplazar a muchos de una vez, se presentó como un vehículo que reduciría la emisión y por ende el impacto de carbono en la atmósfera y en los habitantes de la Tierra y más específicamente de la Ciudad de México. Su uso por los capitalinos es más parecido al que se le da al Metropolitano que a un autobús convencional. Décadas atrás apareció el Trolebús alimentado y movido por el sistema eléctrico de la ciudad, que de hecho a la fecha funciona pero que no tiene el mismo valor que antes. Cabría preguntarse si hacen falta mejoras que estén a la altura de las problemáticas mundiales que comenzarán a gestarse, muchas de ellas dirigidas por el clima y otros factores propiamente humanos.

Los usuarios, sus diferentes tipos y costumbres

¿Quiénes son aquellos que están detrás del volante, y por qué no respetan a quienes son su responsabilidad, es decir, los pasajeros, brindando al menos un servicio de calidad? ¿Por qué los usuarios destruyen, ensucian, manipulan para mal lo que de algún modo les presta ayuda?

Es un arma de doble filo, puede cortar hacia ambos lados. En el ámbito personal, desmejora la calidad del ambiente y, aunque no lo veamos, también de la vida que llevaremos más adelante, recuerda: toda acción merece, per se, una reacción. Quizá sea momento de dejar de hablar de motores y combustibles fósiles y comenzar a hacerlo de otros transportes más ecológicos como la bicicleta, por ejemplo. #TransportePúblico #Carreteras