A lo lejos se puede escuchar en las calles inmediatas a la Alameda del Sur, a una orquesta que toca el danzón de Nereidas, poco a poco la música te invita acercarte, algunos curiosos y otros que vagabundean con su soledad, deciden tomar asiento en un escenario un tanto improvisado.

La orquesta se posa desde un kiosco y abajo hay una pista de baile, que se atiesta de zapatos de colores de damas y de caballeros. La gran mayoría pertenece a un grupo de la tercera edad, pareciera que sacan sus mejores trajes; los vestidos de las mujeres son brillantes igual que sus labios maduros pintados de rojos; mientras que los hombres llevan un sombrero con una pluma tipo tintanesca, para ser sincera algunos me recuerdan a los pachucos de la época de oro del cine mexicano.

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Es como si nos quisieran mostrar a las nuevas juventudes, sus atuendos de rebeldía de aquellos tiempos de los años cuarenta.

Hay quienes llegan con sus parejas y otros buscando con quien bailar.

“Me permite esta pieza”

Ella asienta positivamente con la cabeza y también la flor que adorna la mitad de su cabellera blanca, mientras agita un abanico, salen a la pista, se agarran y se acomodan lentamente esperando que la música empiece. El director de orquesta abre los brazos y los instrumentos obedientemente enseguida hacen su trabajo.

Mientras tanto aquellos dos desconocidos, escuchan el quejido de los instrumentos y de la nada sus pies parecen cómplices, como si se conocieran de hace tiempo; dentro de la música hay una pausa, uno, dos y tres. Durante esa pausa se observan detenidamente, posteriormente siguen con el baile, solamente bailan, no dicen ni una sola palabra, su boca parece una tumba, durante cinco minutos; que es lo que dura Nereidas, cuando termina ella lo mira a los ojos y el la lleva hasta su lugar le agradece con la cabeza quitándose el sombrero.

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Al otro sábado ella espera sentada en el mismo lugar son las cinco de la tarde, parece como si esperara a alguien, voltea de un lado a otro agitando su abanico amarillo, antes que empiece a sonar otra pieza danzonera, la orquesta interrumpe para dar un comunicado, pidiendo un aplauso de despedida.

“A donde quiera que esté el buen Juve, te recordaremos con ese traje de pachuco y tu sombrero de pluma, esta va por ti”. Se escuchan los aplausos y empieza a sonar a todo lo queda el Nereidas como si fuese la última vez.

Ella comprende que la espera es inútil, sabe a quien se refieren, así que decide quedarse sentada mientras ve la pista, cuando termina la pieza, se levanta y se va aquella dama, que me recuerda a las nereidas de la mitología griega que eran amables con los marineros, pero está en vez de ser del mar es terrestre. #Cultura #Crónica Ciudad de México #México