¿Por qué estás preocupado en un día tan bonito en que mirar la lejanía es un placer inefable?

Robert Walser en Los Hermanos Tanner

Simon Tanner es, sin duda, un prototipo del paseante de la vida, sin máscaras, y un descubridor consciente de su circunstancia. Se sabe capaz de anularse temporalmente para llevar una vida socialmente deseable. La decepción acerca de la vida humana contemporánea que no exige nada de lo que “podría distinguir a un verdadero ser humano” le permite llevar una vida casi vagabunda. Cualquier forma de estabilidad social es despreciada por el joven, representándole una parálisis en el paseo de su vida.

Los tres tiempos de Séneca

Séneca hablaba de tres tiempos en la vida del hombre: Un presente vivísimo y de igual brevedad, un futuro dudoso y un pasado cierto.

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Quizá éstos guarden cierta afinidad con la metáfora de la vida como un paseo, así lo dice el menor de los hermanos Tanner: “No quiero futuro, lo que quiero es un presente. Me parece más valioso. Sólo se tiene un futuro cuando no se tiene un presente, mientras que si se tiene un presente, uno hasta se olvida de pensar en el futuro”. De este modo, el pasado representa un punto de partida y el futuro sería la meta. Simon -casi- permanece en el presente, es decir, paradógicamente se instala en el paseo. El personaje desconoce y, además, menosprecia el acontecer futuro, lo cual en cierto modo es una actitud sabia: ningún mortal conoce la meta en la que habrá de parar su vida y, en general, se le dedican valiosos presentes a pensar, con regocijo o tristeza, en futuros sin garantía.

Naturaleza: movimiento, transformación, ciclos

La dicotomía entre el paseo y el anquilosamiento, presente en la novela , parece hallarse también en el contraste entre la vida urbana y el elogio de la naturaleza: “El edificio de un banco es sin duda algo absurdo en primavera. ¿Qué aspecto tendría una institución bancaria en medio de una pradera verde y lujuriante?” La ciudad se presenta como resultado de la planeación y del progreso relacionados con el tiempo futuro, es también la prisa y el desasosiego.

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Contrariamente al paisaje natural, que es el presente de cada día, pasando lento e inevitable, hasta transformarse: desde la sonriente primavera hasta el inclemente invierno. Las estaciones del año son como un paseo de la vida natural definidas en voz de Simon como “El progreso de la eterna y entusiasta naturaleza”. La vida humana, de igual modo, es un ciclo que se muestra en el libro con la muerte de la madre de los Tanner, con la vejez, la enfermedad, y, en menor medida, con la experiencia y sabiduría necesarias que nos retorna al inicio: la infancia. El orden primigenio se impone y lo divino se empata con lo natural: “En un bosque uno reza involuntariamente, es el único lugar del mundo donde Dios está cerca”.

La experiencia y el olvido

De las estaciones que mutan el paisaje de los bosques, su temperatura, el ánimo que imprimen en los hombres, del tránsito y el paseo natural, parece provenir la experiencia: uno se siente obligado a soñar. Las cualidades del campo son propicias para el entendimiento y el amor entre los hombres y los acontecimientos extraordinarios de la naturaleza, que a veces se cuentan por uno al año.

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Por el contrario, la vida en la ciudad está sobrepoblada no sólo de hombres, sino de acontecimientos, de imágenes, que desgastan los sentidos y la sensibilidad espiritual, y que, no importando su gravedad o belleza, al instante parecen opacarse y unirse al monumento gris del olvido. #Filosofía #Libros