Hace apenas una década trabajaba para Notmusa. Una de las circunstancias atenuantes en mi investigación como reportero era que apostaba por el teatro como una válvula de escape para evitar el cortón de las fuentes que ya están siempre cubiertas.

El teatro ha marcado mi vida de alguna manera; en lo profesional, mi afición me llevó a una entrevista y no le caí bien a un chico director que debutaba con una versión afrancesada de la biografía de Rimbaud.

Me intrigaba que no se citara en la información descriptiva algo acerca de la sexualidad del maldito y les quise hablar en francés a dos chicos veinteañeros tipo modelo de revista que hacían su juego en la Casa del Lago.

Hubo un estancamiento hasta que ahora, esperando no generar polémica, me acercó de nuevo al teatro por medio del INBA en primera instancia asistiendo en bicicleta a la última representación de La #Panadería en el teatro de la Orientación.

El Estado nos reduce el costo del billete que generalmente cuesta 150 pesos y pagamos sólo 45. El jueves cuesta 30 pesos; en su esfuerzo por motivar una asistencia controlada, se han implementado varias estrategias para que el costo no sea pretexto para quien quiera empaparse con todo el contexto cultural del Bosque de Chapultepec.

Todo está conectado, pienso, mientras corro entre los árboles en las mañanas: la Panadería, el #Centro Cultural del Bosque, la #compañía nacional de teatro, Bertoldt Brecht, el capitalismo, los Pinos, el Gobierno de México...

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el de Venezuela.

Escribo aquí con ánimo de que se acerquen, pero ¡aguas! porque no parece haber en cartelera un espectáculo que nos haga sentir mejor acerca de la existencia contemporánea, mas allá de que uno inmediatamente puede tomarse un café o comprar un libro para mitigar la fuerza de obras de importantes pensadores como el autor germano.

Damos vuelta a la página de lo cotidiano pasando por el zoológico, por el metro y el Auditorio, a lado de una estatua de Juan Soriano; pasamos por el Lunario, ante el Casino del Campo Marte y la novedosa fisonomía en el entorno militar entre estos parajes y la colonia Polanco.

Nos agrede la escena desde el principio. Nos transportamos hasta allí para testimoniar una obra que regresa un Siglo para orillarnos al distanciamiento. Uno no es de la élite; se espera la primera llamada, pero el objetivo de esta puesta es optar por la capacidad del arte para darnos en la madre con nuestras expectativas.

No hubo necesidad de telón.

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De repente estamos todos metidos en la panadería del barrio, donde para colmo, nosotros somos los cómplices de un sistema que hace malabares con la necesidad para garantizar la dominación de unos cuantos que no sintieron vergüenza después de leer a Marx.

Hay que tragar saliva para asentir ante una tragedia que se presenta como una farsa musical con la finalidad de que haya risas, aunque se incite a la esquizofrenia porque en realidad lo que se expresa nos acerca a la mentalidad de un grupo para quienes está bien denigrar a la población.

El vestuario es mínimo, como lo es la escenografía. Entendemos una iluminación elemental pues la depuración debe restablecer la unidad también con los tramoyistas, con los directores, con los utileros y los administradores: ¡todos a escena! En teoría somos iguales y ello da margen a la realización de varios números coreográficos que resuenan en lo patético.

El chico del periódico tiene que ganarse con astucia cada centavo. La viuda hace frente al nudo del problema porque tiene 7 hijos y ningún esposo. El señor panadero es un cabrón, pero luego se achica cuando tiene que pagar los intereses de una hipoteca; se ve obligado al abuso buscando salvar su negocio y el consecuente trabajo de sus terceros.

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Parece que el Ejército de la Salvación, al intervenir, salvará a la doña que ha perdido hasta los muebles; da la impresión de que ella representa la bondad, pero pronto el desenlace nos expresa la doble moral y el capitalismo como ineludible en el carácter humano.

En general la Compañía hace un excelente trabajo desde los años 70. Ello no garantiza que la sociedad cambie a través del teatro, y como en el caso del arte visual, la música, el cine y la danza; su versión en serio, no alcanza al 99.99% de la población.