“Soy un poeta de las últimas cosas” Franz Grillparzer

En el pasado Foro Internacional de Cine de la Cineteca Nacional de México se exhibió, junto con otras cintas igualmente interesantes, el filme Paterson.Se trata de un gran homenaje a la #poesía, sobre todo a aquella que nace de las pequeñas cosas cotidianas y que habita y florece donde uno menos se lo espera.

En una atmósfera casi distópica y anacrónica, Jim Jarmusch desarrolla una más de sus particulares historias, donde la dimensión del tiempo tiende a expandirse, muy a su estilo, pero podría, por otro lado, atisbarse cierta influencia tarkovskiana, debido a lo lacónico y pausado de ciertos pasajes sumamente contemplativos, aunque rara vez tediosos.

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En Paterson atestiguamos cómo nace un poeta, a través de una suerte de idilio #Urbano alternativo: la ciudad es un personaje más, en estricto sentido hiperbólico y metafórico, casi metonímico y sinecdótico.

Quienes ya conocen a Jarmusch encontrarán familiares los pasajes oníricos de algún modo afines al surrealismo, pero que en su #Cine siempre se relacionan con ambientes de la música popular contemporánea (rock, hip-hop, jazz, etc.), la cultura general (referencias a estrellas de cine y televisión, deportes, etc.) y el cine de culto, en sí mismo.

Paterson podría ser un sigiloso carnaval estilo Nueva Orleans, donde desfilan, en silencio, lo mismo poetas de lo nimio, como William Carlos Williams, Ron Padgett o Allen Ginsberg, que Iggy Pop o el rapero Method Man (de Wu Tang Clan). De esta manera, Jarmusch, en las historias que se desarrollan dentro las enigmáticas calles de Paterson, enaltece la poesía y el ambiente de los hoyos funky, de los beatniks, poniéndolos al mismo nivel que el freestyling/spoken word, como encarnaciones igualmente valiosas de la “alta poesía”.

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Difícilmente alguien podría adivinar que en el marco de un contexto urbano profundamente industrializado, en los suburbios casi rurales de New Jersey, en las inmediaciones de Nueva York, vive un rincón mágico donde el agua cae casi perenne, como recordándonos toda la magia de la Eternidad, referencia obligada al filósofo Albert Camus.

En las calles de Paterson renacen el zen japonés y su género poético por antonomasia, el haikú; también reviven Dante y Petrarca, encarnando aquel idílico amor, que inspiró la consolidación del soneto, en su atávica musa, Laura (Golshifteh Farahani), que en este caso bien podría ser lo mismo una princesa exótica persa que una bicromática y súbita cantante de country.

No es raro, por ejemplo, que Jarmusch eligiera a Adam Driver (conductor, en inglés) para protagonizar al chofer de un viejo camión de ruta. Quienes siguen la obra de este director, reconocerán, una y otra vez, ese fino sentido del humor tan particularmente suyo, pero para quienes se acercan por primera vez a una cinta de este autor, resultará una película diferente; no aburrida, pero probablemente algo lenta, no demasiado narrativa, sino más bien contemplativa.

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La voz en off del incipiente poeta, las letras animadas, escritas sobre el agua (referencia al poeta John Keats), el diseño de arte de cada uno de los ambientes, la musicalización, que tiende hacia una fina sucesión progresiva de atmósferas acumulativas (acaso como metáfora del ambiente interno del poeta, que continuamente se expande), son algunos recursos que el autor emplea para propiciar estas ambientaciones tan diversas. Bien podría tratarse de un episodio urbano común, pero en las calles de Paterson suceden cosas que Jarmusch nos permite ver a través de los ojos del floreciente poeta.

¿En pleno Siglo XXI es posible vivir sin un smartphone? ¿Hemos perdido, junto con nuestro instinto animal, y debido a todos los obstáculos de esta era ultraindustrial, la consciencia de un ciclo circadiano? ¿O será que en lo rutinario de la vida de un conductor de autobús aún es posible mantener despierto ese cerebro reptil que vive y crea como una necesidad casi animal? Jarmusch pone sobre la mesa algunas respuestas -y otras tantas preguntas- sobre estas y otras interrogantes relacionadas a la naturaleza del ser y sus relaciones interpersonales.

En la vida de Paterson pareciera ser todo muy predecible y, al mismo tiempo, mediante narrativas y personajes alternos, Jarmusch propone una estética de lo paralelo y discordante, como si a través de pequeños sucesos y variantes, generara una fantasía de historias gemelas.

Por supuesto que algo se pierde en la traducción: guiños del leguaje coloquial, polisemias del sentido del humor, etcétera. Y como en cierto momento nos comenta un poeta japonés, “la poesía traducida es como meterse a bañar con un impermeable puesto”.

Paterson, un filme coproducido por Amazon, se estrenó en Cannes el año pasado (2016) y apenas a finales del mismo año estaba llegando a las salas de Europa. No será de extrañarnos que en nuestro país sea otro de esos grandes filmes que, por su giro, terminan pasando casi desapercibidos.