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Héroe de los miserables, ícono de los alcohólicos y los perdidos, obrero, poeta maldito, ser incompleto. Un ídolo hoy, un vagabundo con aires de filósofo ayer. Charles Bukowski nos ha legado la mitad de su vida a través de su poesía, que grita desde la tumba de papel, clama por libertad, la libertad de la que se le privó al momento de ser encerrada en tinta, viajando por el tunel tan estrecho de la mente del creador hasta sus manos, condenada por siempre por su naturaleza. Aquellas letras de incomparable y amarga esencia, letras en las que no se pone en duda la fuerza de su autor, ni su irreverencia ante la sociedad, la vida, la política, las relaciones personales, los vicios...

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letras que hacen rima por su decadencia.

Los títulos no sugieren mucho, no nos preparan para la fría oleada que se avecina, que cae en el ánimo como el hielo y se quiebra lento en alguna parte del cerebro, donde sea que se encuentre aquel sentido que nos transporta a la realidad ajena, una realidad que se volvió líquida para nosotros.

Vamos a leer a Bukowski

En un rincón, cuando hace frío y nos sentimos devastados por tanto ruido, por la luz, por la rutina y la cotidianeidad. Sintamos aquella tragedia para librarnos de la comedia diaria, para permitirnos explorar ese lado crudo, el lado no amable, el que no sonríe cuando visita a un extraño, el que sin expresión se marcha y no se siente culpable; exploremos lo poco esperado, lo a veces odiado, sintamos a ese fulano fumando tabaco en la esquina y hablando de la pequeña habitación donde vive, con todos aquellos libros cayéndose y molestando a los vecinos de abajo.

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Vamos a ver lo feo, lo roto, lo destruido, lo que ya no tiene remedio, lo que vemos con malos ojos, lo raro, lo asqueroso, lo que no quisimos ver ayer, pero tal vez hoy nos haga falta recordar, para sentirnos humanos y detener la pretensión (porque a veces cansa). Porque lo verdaderamente inusual está en la realidad.

Bukowski nos ha enseñado a ver la vida con nuevos ojos, quizá la meta no consista siempre en llegar a la felicidad idílica, sino en disfrutar del camino por el que nos lleva, aún cuando este este lleno de baches, colillas de cigarro, canciones a media noche y libros apilados que al caerse despierten a los vecinos del piso de abajo. La poesía, no solo se lee, también se respira, se come, se bebe, se observa deslizándose a través de la oscuridad, mientras se escribe en un pequeño trozo de papel, iluminado por la luz parpadeante del sueño. La poesía también se vive. #literatura #poetasmalditos