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El día de hoy se me prendió el foco, así que antes de subirme a la camioneta para asistir a una diligencia que debía de cumplir, decidí hacer uso de esa lombriz tan eficiente y rápida que es el Metro [VIDEO].

¿Qué me movió a dejar de lado la comodidad para resolver internarme en las venas de la metrópoli? Como dijera un personaje de novela brasileña ¡Misteeerioooo! El hecho es que bastaron apenas unos minutos para arrepentirme. La rodilla me empezó a dar lata con tanto vericueto y además, por si fuera poco, me topé con varias escaleras eléctricas descompuestas, por lo que sin remedio tuve que subir y bajar por esas otras tan cansinas, que de tan largas que son, te quedas un poco con la idea que te vas arrimando al vientre de esta ciudad, tan bendita y tan maldita, tan linda y tan fea, tan rica y tan pobre.

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Aun así, la ciudad de las maravillas, la ciudad en la que basta un breve paseo para alucinar.

El metro no es que no lo conozca

Cuando llegué a la capirucha, allá en 1993, fue el medio indiscutible por el que me trasladé mientras terminaba por medirle el agua a los camotes y adaptarme, o mejor dicho, durante el período en que la urbe terminó por “adoptarme”. Y esa es una verdad que de brutal, es incontestable.

Esta urbe te acepta o te rechaza sin misericordia. No han sido pocos los conocidos que, por permanecer en ella odiándola, han pasado un verdadero vía crucis.

Subirme al #Metro en el 2017 es lo mismo que en aquel lejano 93, las mismas caras de poker, la misma sensación que ahí abajo nada pasa, ni el tiempo. Eso sí, cualquier persona con un poco de curiosidad puede encontrarse en un espacio muy reducido de tiempo, digamos en un viaje de unas tres estaciones, con los personajes más extraños y extravagantes.

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En mis primeros años pensaba que estas eran figuras que deambulaban entre el Hades y el Metro, pero que nunca subían a la superficie. Este día me topé con un trío norteño - guitarra, acordeón y guitarra - en el que los tres músicos eran ciegos. Hasta vulgar me resultó la inevitable reminiscencia de la fábula de los tres ratones ciegos. Minutos después, me encontré con lo que pareció ser, según yo, una mujer de origen etíope que logró elevar su estatura varios centímetros, con un edificio de sus trenzas rastas envueltas en una tela de colores vistosos. Pero eso no era todo, la mujer era alta, altiva e imponente. Una diosa de obsidiana. Los ojos se nos torcían a todos, por intentar no verla directamente. Y me pasó por la cabeza...so pena de convertirnos en estatua de sal.

Contrastante resultó el monje Hare Krishna que, con aire etéreo, caminaba sobre las puntas de sus pies, dándome a pensar que pronto levantaría el vuelo. El naranja de su atuendo hacía juego perfecto con los vagones atestados de chilangos y foráneos, todos igualados, junto conmigo, por vivir prendidos de las mamás de esta megalópolis, que no se cansa nunca de dar y dar. Lo último que alcancé a verle al asceta, fue la luna perfecta de su calva perdiéndose en el arroyo de personas, que marchaban como hordas orwellianas.

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Por fin, llegué a la estación Parque de los Venados. Caminé unos 800 metros hacia mi destino. El camino me gustó, un tramo de División del Norte limpio y muy pintado. Claro, justo donde está la sede de la Delegación Benito Juárez. De regreso, ya desinflamados mis arrestos democráticos y populares, opté por una solución burguesa: pedí un Uber.

Pero eso no me libró de otro momento mágico-lúdico-alucinógeno. Generoso conversador siempre, no desperdicié la oportunidad de cruzar algunas palabras con el operador de la unidad. Así que, sin mayor sorpresa, terminamos hablando de las últimas noticias, relacionadas con los eventos catastróficos, tan conocidos ya por todos.

Pues ahí tienen ustedes, que el resto del camino le dio la ocasión al chofer de explicarme una extraña teoría, respecto de una poderosa arma secreta que sólo poseen los Estados Unidos y otros países desarrollados; que consiste en un poderoso cañón capaz de disparar unas ondas electromagnéticas no rastreables, que con toda facilidad pueden provocar huracanes y hacer temblar la tierra.

Explíqueme señor esas luces tan raras que se vieron en el cielo el día del temblor”, me pregunta con una cara de certeza total el diligente conductor, yo sin la misma pasión que desbordaba mi interlocutor, asumí un poco la actitud de magister dixit cuando inicie una breve pero, perorata al fin, de cómo se producían esas luces en el firmamento que, por cierto, le afirmé “se llaman triboluminiscencias”, dicho todo mientras engolaba la voz para que se oyera más madreadora mi explicación.

Cuando hube terminado, el auriga me dedicó una cara de “No protestes" por el que mejor opté por quedarme callado, y ya no presentar resistencia a la andanada de desvaríos, más que razonamientos, del alucinado piloto. Este, pensé (y pido por adelantado una disculpa por esta jiribilla política), es una estopa natural para las ideas del Peje, ya saben, todo es explicable a partir de la existencia de un eje del mal, que es el autor de toda la iniquidad del mundo.

Finalmente llegué a mi casa para sumergirme de nuevo en mi trabajo, pero muy agradecido por este viaje tan breve como lleno de color y de vida, la de esta enorme mancha urbana que ahora llamamos #CDMX, la ciudad de las maravillas y de lo real maravilloso, sin dejar de disculparme con Carpentier y otros autores. #chilango