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En mi visionado de la película Coco [VIDEO], he quedado impactado por su colorido y su muy consciente fidelidad a la realidad mexicana [VIDEO], no sólo en cuanto a la tradición, sino también a la organización social más básica: la familia.

Y es que el Día de Muertos [VIDEO], en esencia, no es una tradición que se absorba por la vía del marketing o de las iniciativas gubernamentales, al menos no de manera efectiva. El Día de Muertos se mama en casa, en ese matriarcado, a veces tácito, a veces manifiesto, que existe en muchas familias mexicanas; en poner la ofrenda [VIDEO]; pero, más importante aún, en tener a quién ponérsela.

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#coco no da por hecho el Día de Muertos, ni tampoco nos da una lección de folklore. Esta vez nos mete a una casa al estilo de la localidad de Pátzcuaro [VIDEO](pueblo que el equipo de producción tuvo a bien visitar durante el proceso de producción), con su solar y sus cuartos de tejado rojo, una familia multitudinaria y el característico color naranja de las flores de Cempasúchil armonizando con el fulgor de la tarde otoñal que decae.

Ante esa impersonal e indolente pantalla de cine, que no sabe más que proyectar imágenes impersonales y escuchar mandíbulas triturando palomitas y nachos, y sorbos de refresco, de en medio de la oscuridad irrumpieron hacia mis ojos, símbolos profundos, arquetipos potentes y sentimientos intensos. Vi a Lévi-Strauss, vi a Joseph Campbell, vi a Jung, y vi a Homero.

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Ante mí, desfilaron en todo su esplendor el pasado, el presente, y también el futuro, nunca antes tan promisorio, de esta fiesta ancestral.

Si bien se dice en la antropología [VIDEO], sobre todo en el estudio estructuralista del mito por parte de Lévi-Strauss, que todas las historias están contadas, que las situaciones y personajes se ajustan de cultura en cultura y de tiempo en tiempo a un “esqueleto” básico que constituye el llamado mono-mito; la magia de la narrativa cinematográfica consiste en recombinar los elementos de una manera efectiva y coherente para transmitirlos apelando a los sentimientos de las audiencias.

Dice también Joseph Campbell, en su obra El Héroe de las Mil Caras, psicoanálisis del mito, que el camino del héroe contempla su autodescubrimiento a través de un guía, el cual, según Carl Gustav Jung, puede ser un dáimon, una figura con dualidad física y etérea que se encuentra en muchas culturas a manera de animal psicopompo, aquel que acompaña al alma en su odisea por el inframundo.

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Y cómo olvidar al rapsoda Homero, que directamente de labios de la musa, transcribió cómo el ingenioso Odiseo descendió al Hades a instancias de la hechicera Circe, para encontrarse con su madre, Anticlea y Aquiles, su amigo caído en la Guerra de Troya, víctima de la certera flecha de Ares.

El antropólogo José Luis Cardero, califica al que ha estado en la tierra de los muertos como un transgresor, alguien que sobrepasa los límites humanos. Lo resume en una frase contundente: “aquel que ha visto la luz de la muerte, ya no puede deslumbrarse con ninguna otra”.

Así, Miguel, el protagonista de la nutrida y entrañable familia, es transportado por la música al colorido reino de los muertos, en el que subyacen todos los elementos que le darán sentido al resto de su vida, al punto de que habrá un momento en que se replantee su existencia y su sentido de pertenencia, para salir fortalecido y renovado en medio de acordes y composiciones visuales que tocan el alma.

Todos los elementos de los que se compone esta historia están escogidos cuidadosamente, incluso podría decirse que con cariño. La película logra nuestra identificación con los personajes, nos hace adoptarlos como parte de nuestra familia, pues esta vez nos presenta a quienes bien podríamos ser nosotros y nuestra propia familia, con sus defectos y manías, sus propios códigos de lenguaje y sus virtudes como la unión, sobre todo ante lo solemne y lo festivo, pero también ante lo adverso.

Nunca antes se reflejó mejor en una película esa valiosa amalgama entre la consciencia de lo trascendente y la emotividad que como mexicanos llevamos dentro, y que está por encima de modas, poses y clases sociales.

En lo personal, no me molesta que el Día de Muertos esté llegando a nosotros a través del filtro hollywoodense. Si me hubiese esperado una película nacional, con el auténtico cine mexicano moribundo, creo que no hubiese sido tan efectiva.

Sin embargo, vienen a mi mente producciones como Calacán, con un planteamiento parecido, y realizada en 1985 que contó con la compañía de teatro infantil La Trouppe, así como La leyenda de la Nahuala de 2007, que fue un intento muy loable, aunque sean evidentes las carencias de la entonces poco pujante industria del largometraje animado mexicano.

Tenemos también al buen intento (dejémoslo así) que fue El libro de la vida, de 2014, y los cortometrajes animados Hasta los huesos (2002) y Día de los Muertos (2013).

También se encuentran piezas mexicanas más anteriores y consagradas, como Macario (1960) y aquella oda a la noche que tiene a la reflexión sobre la muerte como eje conductor: Los Caifanes (1967).

Coco asciende a un nicho especial por derecho propio, en su papel de superproducción que revitaliza una fiesta tan querida y nos recuerda que no estamos solos ni a un lado ni al otro de la frontera entre la vida y la muerte.

Jamás había visto tantos ojos lacrimosos al salir de una sala de cine. Y yo, no tiro la primera piedra, lloré como hay que llorar cuando una avalancha de símbolos toca nuestras fibras más sensibles.

Les invito a ver Coco y a celebrar la existencia, corpórea e incorpórea, pero siempre consciente de nuestro sentido de pertenencia, que lejos de banderas y actos solemnes, se reduce a un abrazo cariñoso y al respeto por quienes nos rodean, tanto física como espiritualmente. #Pixar #Día de Muetos