A pesar de la insistencia del gobierno federal en criminalizar las protestas y manifestaciones ciudadanas so pretexto de que se han cometido actos de violencia que podrían desestabilizar el país, la opinión del público de a pie, de la gente que vive en carne propia la verdadera situación del país y en algunos casos la sangría que se le comete, por ejemplo, la violencia criminal que asuela gran parte de los estados a los que se les ha detectado como focos rojos por los altos índices de criminalidad y violencia, es siempre objeto de discusión y análisis.

El estado de Guerrero, a donde recientemente el presidente de la República, el licenciado Enrique Peña Nieto, asistió para anunciar el "Plan Nuevo Guerrero, Una estrategia emergente para la reactivación económica", es uno de los que más ha padecido una serie de lamentables hechos criminales.

La reactivación económica, lejos de la discusión de que ésta sea un asunto importante para la buena marcha del país y para el gobierno en turno, no resuelve del todo los problemas que vive esta entidad federativa.

El gobierno soslaya el problema de raíz y sigue empeñado en soslayar el meollo del asunto, la corrupción y la impunidad. Salvo contadas excepciones, en la mayoría de los casos desde que se declaró abiertamente una lucha o "guerra" contra el narcotráfico implementada por el ex presidente, el impasible Felipe Calderón Hinojosa, se han suscitado una serie de asesinatos masivos en varios estados que mantenían esa alta incidencia de criminalidad, por ejemplo, en los estados de Veracruz, Chihuahua, Tamaulipas, Guerrero, por decir algunos de los más afectados por su importancia geopolítica y económica.

Aunque en algunas de estas entidades se ha mantenido la tranquilidad y hasta cierto punto el control sobre los criminales, aún sigue latente y abierta la herida que ha dejado la forma tan cruel y primitiva que han implementado los actuales gobiernos tanto estatales como federales para "solucionar" los problemas.

En una especie de película de terror en donde los personajes están condenados a la muerte cruel, súbita y despiadada, y en la que solo uno o dos de los protagonistas vivirán la cruenta aventura para contarla, en el país hay pocas esperanzas para el ciudadano de a pie que, aunado a la enorme deuda que le han heredado las malas administraciones tanto municipales, estales y federales, ahora se aúna la carga que hay que llevar por toda estas represiones gubernamentales a los actos ciudadanos de libre manifestación.

Una recompensa injusta, sin duda, que se le da a los ciudadanos; una retribución que dan quienes no han sabido gobernar un país tan diverso y plural, no por falta de leyes sino por falta de competencia, empatía, humildad e involucramiento con el sentir popular. Un serie de cualidades que solo se pueden lograr con la verdadera cercanía de los representantes del pueblo con el pueblo. De lo contrario, todo lo que se haga y se diga al respecto, solo será discurso y una vana y grosera parafernalia.