El 22 de septiembre de 1975, José López Portillo es destapado como candidato a la presidencia de la república por el líder de la CTM, Fidel Velázquez. Su campaña política -donde iría solo todo el trayecto pues no hubo candidato de oposición-, comenzó el 5 de octubre de ese año bajo el lema propagandístico "La Solución Somos Todos".

Seis años de desastre después, la ocurrencia popular cambió ese lema -y dados, por supuesto, los elementos suficientes para suponer (y después asegurar), el enriquecimiento ilícito e inexplicable del presidente y muchos de sus amigos-, lo cambió por uno mucho más apegado a una realidad que no sólo se resiste a abandonarnos sino se incrementa por más que pasen generaciones y gobiernos de diferentes partidos: "La Corrupción Somos Todos".

El mexicano ha sido un Estado unitario de nacimiento. Sin importar las guerras que aparentemente han cambiado el contrato social, el Estado mexicano se ha mantenido en torno a un jefe de Estado.

Los Estados unitarios son corruptores de nacimiento -decía el sociólogo boricua Eugenio María de Hostos-, todo Estado unitario, en cualquier tiempo, espacio y forma de #Gobierno, es siempre personal: el Estado es el jefe del Estado. Y como absorbe la iniciativa de Estados y municipios de la federación, sustituye con la ley de su voluntad la autonomía de esas formas de gobierno: de ahí la desorganización que deviene en corrupción.

En #México, además, nos damos cuenta (tristemente) que la esperanza de acabar con esto no descansa en las nuevas generaciones. Doce años del PAN en el gobierno federal son una muestra de que aunque haya jóvenes en el gabinete o en la estructura de la oficina presidencial, la corrupción lejos de disminuir es mayor y quienes quieren hacerse ricos de la noche a la mañana tienen cada vez más voracidad.

Por si fuera poco, el sistema judicial poco o nada castiga los actos de corrupción de los que muchos políticos son expuestos. Tiene que ver, sin duda, que son tanto la administración federal como las locales quienes tienen el privilegio de poner o quitar, nombrar o proponer a quienes componen este aparato.

En adición a esa tristeza nos damos cuenta también, de que la corrupción no es hija de una ideología o personaje definidos. Parece que la parimos entre todos. La sediciente izquierda mexicana también es un ejemplo que se ha hecho cada vez más visible en los Estados que gobierna, empezando por la capital del país.

La información poco veraz y comprobable de los manejos financieros de la Línea 12 del Metro y el enterramiento que el PAN quiere hacer del caso Oceanografía o la corrupción para justificar los gastos del Bicentenario cuyo epítome es la famosa Estela de Luz, o los casos de la casa blanca en Las Lomas o la casa en Malinalco atribuibles a esta administración, no son más graves que la opacidad con la que se manejó la construcción del segundo piso del periférico capitalino en el gobierno de López Obrador o las "mordidas" ("moches") que tenían que dar algunos presidentes municipales del PAN a algunos senadores de su mismo partido para que liberaran el presupuesto para obras en sus municipios.

Tampoco son hechos más graves a los que nos tiene acostumbrados el PRI a través de sus líderes sindicales como Romero Deschamps o sus ex gobernadores como Montiel, Moreira, Granier y Marín o los ex presidentes que han salido de ese partido quienes, lo menos, tendrían que explicar una riqueza inexplicable.

De las toallas de Fox al caso Línea 12 del Metro, pasando por "La Colina del Perro" o el "Partenón" de Arturo Durazo o el departamento que César Nava le regaló a Patylú siendo presidente del PAN, la diferencia son sólo pesos. El eje es el mismo, desvío de recursos con un par de propósitos claros: empoderamiento económico y empoderamiento político ("político pobre es un pobre político", recetaba nocivamente Hank González) con una agravante adicional: estas nuevas generaciones de políticos (como ni son de carrera ni saben qué futuro dentro del ejercicio de gobierno tienen), se han vuelto más, mucho más ambiciosos.

Los partidos políticos en nuestro país (todos, viejos y emergentes), son ramas del mismo árbol y se nutren del mismo abono. Por eso dan los frutos que dan.

Pero también existe el ingrediente social que le da bienvenida (y carta de naturalización) a la exacerbada corrupción que existe en México. ¿Qué hacemos como sociedad para combatirla? Casi nada.

Decía Joan Baez que si no peleas para acabar con la corrupción y la podredumbre, acabarás formando parte de ella.

Y no lo hacemos porque nos gusta la ruta fácil: es mejor dar una mordida que pagar una multa (o un traslado al corralón); "te la disparo" decimos cuando traemos prisa y le decimos al taxista que se pase un semáforo en alto; es más fácil ofrecerle dinero al de la ventanilla de trámites que esperar toda una mañana a que nos resuelvan algo que podría llevar minutos; es más fácil darle dinero a un contador para "gastos", que pagarle a Hacienda un adeudo por lo complicado que resulta hacer una declaración; preferimos darle un incentivo pecuniario a un director de compras, que padecer una licitación.

La corrupción es una avenida de dos vías, sí, y también sabemos que un país con tantos trámites y leyes tan ambiguas, forzosamente tiende a ser corrupto.

La corrupción es causa directa del empobrecimiento (físico y moral) de las sociedades y la razón principal de sus desgracias -lo vivimos cada año cada vez que hay un desastre natural, por ejemplo, y lo tenemos ya tan de rutina, que nos terminamos por acostumbrar-.

Preguntarse cada vez que hay una elección sobre quién es el menos peor para votar por él es, en sí mismo, un acto de cinismo social. Como sociedad hemos permitido que la mierda nos desborde y no veo muchas manos que quieran jalarle a la cadena.

Así de escatológico.

Nos leemos la próxima semana. #Elecciones 2015