El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) señalaron la urgencia que representa para México el mejorar la calidad de sus maestros para elevar el nivel de los estudiantes. Dentro del informe "Competencias básicas universales, lo que los países pueden ganar" se hizo énfasis en la importancia de que el gobierno colabore junto con los maestros para que se logre un avance significativo. Dentro del ambiente político que se desenvuelve en nuestro país a estas fechas, estos señalamientos suenan francamente utópicos.

La reforma educativa, promulgada por el Ejecutivo el 25 de febrero del año 2013, propone lograr que los estudiantes mejoren su nivel y alcancen su máximo potencial, comprometiéndose a garantizar los materiales y los métodos educativos, la infraestructura educativa y la evaluación constante de los docentes.

Ya mencionaba Emilio Gamboa Patrón, coordinador del PRI en el senado, que como sociedad no debemos dejar la responsabilidad de la calidad de la #Educación en manos de los profesores únicamente, y que se deben considerar también los problemas cotidianos como la mala alimentación, la deserción por motivos económicos y el rezago en la calidad educativa que se vive en la mayor parte del país.

La verdadera educación de punta consta de tres puntos clave; El Estado, que como plantea Gamboa Patrón, debe proporcionar la infraestructura y materiales adecuados para los educandos, los maestros y profesores que se encargan de impartir el conocimiento y crear una cultura educativa en sus alumnos y los padres de #Familia que deben dar seguimiento de las lecciones tanto dentro de la #Escuela como fuera de ellas. Juntos, estos tres factores logran el triángulo de la educación. Este triángulo debería ser equilátero, siendo que los tres lados que lo conforman trabajan de igual forma para lograr que los estudiantes adquieran las herramientas que necesitan para enfrentar a la vida. Este es el principio básico de la educación.

Es aquí en donde empezamos a desmenuzar los problemas a los que nos enfrentamos, y no sólo en materia educativa, pues si bien es cierto que estamos acostumbrados a separar al mundo en materias, cada una de ellas se relaciona con las demás de modo directo y contundente. El Estado tiene la responsabilidad de garantizar la calidad del sistema educativo y de proveer a los estudiantes de espacios adecuados para poder estudiar. Este Estado que hoy por hoy se enfrenta a una de las crisis más significativas de la historia, que no deja de evidenciar sus fallas, que exuda corrupción desde cada una de sus células. Un Estado que vive desconectado de las necesidades más básicas de su gente. Gamboa menciona las problemáticas cotidianas a las que se enfrentan la mayoría de los estudiantes en nuestro país como si se tratara de coincidencias circunstanciales. ¿Qué genera estas problemáticas? ¿Por qué la mala alimentación, la falta de empleo, el rezago en la calidad educativa? ¿Quién debe ver que todas estas necesidades sean cubiertas?

Antes, el convertirse en maestro era motivo de orgullo. Los maestros eran figuras de autoridad, seres elevados con la calidad intelectual y moral para guiar a la sociedad a su máximo potencial. Hoy en día, convertirse en maestro en sinónimo de pobreza, de carencia e incluso de limitación intelectual, puesto que gran parte de los docentes que imparten clases a nivel universitario no alcanzaron sus metas profesionales y consideran la docencia como un premio de consolación. Estos profesores parecieran estar más preocupados por cobrar su sueldo que por el hecho de que los estudiantes comprendan lo que se les enseña. El modelo educativo tradicional es en sí mismo una gran limitante, pues no comprende las necesidades personales de cada alumno. Si en un salón de clases promedio existe sobrepoblación de alumnos, no todos tienen la misma atención por parte de los maestros, que a su vez padecen el tener que enseñar a más de dos o tres grupos del mismo número de estudiantes al día. Esto se vuelve una pesadilla, tanto para los profesores que no son capaces de controlar a tantos alumnos, como para los mismos alumnos que no obtienen respuestas claras y concretas de sus profesores. Con todas estas problemáticas en la mesa, ¿Quién podría dar seguimiento al avance de cada uno de los estudiantes?

Es ahí en donde reside la importancia de los padres de familia. Es responsabilidad de los padres el aclarar las dudas que sus hijos puedan tener, el dar seguimiento de su desempeño educativo y el mantener comunicación con los docentes para poder integrar todo aquello que se aprende en la escuela en los trabajos destinados para casa. Una vez más, esto suena más fácil de lo que realmente es. Vivimos atrapados dentro de una sociedad consumista, que nos insta a tener más dinero para poder seguir gastando. Es cada día más normal, y hasta esperado, que ambos padres de familia (en el caso de que ambos estén presentes dentro del núcleo familiar) tengan un trabajo y aporten los ingresos necesarios para subsistir. ¿Qué tanto tiempo dedican los padres de familia a dar seguimiento de las tareas y lecciones de sus hijos? ¿Qué tanto se involucran en el aprendizaje cotidiano, tanto dentro como fuera de la escuela? ¿Qué tan preparados están los padres para acompañar a sus hijos en el proceso de aprendizaje y fomentar en ellos actividades que enriquezcan su conocimiento?

El triángulo equilátero de la educación necesita de estas tres fuerzas para lograr un mayor desempeño educativo; El Estado, los docentes y las familias. Las tres, igualmente importantes, deben trabajar juntas para garantizar que las nuevas generaciones exploten todo su potencial de aprendizaje. No se trata de aventar la bolita para ver quién tiene la mayor responsabilidad, se trata de fortalecer estos puntos y de invertir tiempo y esfuerzo en educación de calidad para la sociedad de mañana.