Es muy difícil entender el ejercicio de la política moderna sin el trabajo que Max Weber aportó a la conformación del Estado gracias a esa visión más sociológica del conjunto que a una visión meramente política o jurídica.

En "La Ciencia como Vocación" y "La Política como Vocación" obra que desde 1919 se publicaba conjunta, Weber nos regala un concepto que se suscribe hasta la fecha en todo tipo de nación-país: el territorio es una característica del Estado y al serlo, esta entidad es la que debe ejercer la autoridad sobre la violencia en un determinado territorio, es decir, que el Estado ejerce el monopolio de la violencia ("Gewaltmonopol des Staates") en su territorio. Nadie más que el Estado puede hacerlo.

Los casos de Jalisco, Guerrero, Tamaulipas, y Michoacán -emblemático este último por el asunto de las autodefensas-, hoy evidencian el fracaso que el Estado mexicano ha tenido en mantener esa premisa, aunque no se trate, de entrada, como un asunto de responsabilidad monofactorial.

Es un tema que debe analizarse desde la obviedad de dos hechos: la inutilidad de los gobiernos locales y la incapacidad del #Gobierno federal (tanto del encabezado hoy por Peña Nieto como los que presidieron Calderón y Fox).

¿Cómo estamos?

"The Fund for Peace", fundación avecindada en Washington, propuso doce indicadores (cuatro sociales, dos económicos y seis políticos) y elaboró una lista de 177 países asignándoles una calificación de Estados Fallidos que va de más a menos, siendo Somalia el 1 y México, hasta hace poco, el 105. Los doce indicadores son:

Los cuatro sociales:

- Presiones derivadas por sobrepoblación

- Movimientos masivos de refugiados o desplazamiento interno de personas creando emergencias humanitarias complejas

- Tradición de búsqueda de venganza entre grupos agraviados o paranoia colectiva

- "Fuga de Cerebros" crónica y sostenida

Los dos económicos:

- Desarrollo económico desigual entre sectores de la población

- Disminución económica sostenida y seria entre toda la población

Los seis políticos:

- Criminalización y deslegitimación del Estado (prevalece la corrupción)

- Deterioro progresivo de los servicios públicos (salud, educación, etc.)

- Suspensión o aplicación arbitraria de la ley y violación de los derechos humanos

- Aparatos de seguridad o paramilitares que operan como un Estado dentro del Estado

- Crecimiento de elites facciosas

- Intervención de otros Estados o actores políticos externos al ámbito nacional

Hoy estamos viendo cómo los indicadores económicos y políticos que califican a un Estado fallido se cumplen prácticamente y los cuatro sociales están a punto de hacerlo.

El Estado debe garantizar la vida y los bienes de su población -obligación que señalan desde Hobbs a Tocqueville-, y si no lo están haciendo es que el gobierno no está haciendo su trabajo. El que en México no se haga, no sólo es culpa de los dislates del presente, sino también de las torpezas del pasado. Una base de corrupción que formó a muchas generaciones de políticos de cualquier cuño y una omisión terrible sobre el oficio de gobernar, nos han llevado a lo que hoy vivimos.

Hoy, en muchas regiones del país, la sociedad está más contenta con el narcotráfico que con el gobierno al cual escogió (se supone), libre y democráticamente. En algunas zonas (parece increíble), el narcotráfico está procurando mayor bienestar entre la población que la autoridad encargada de hacerlo.

Arréglese al Estado como se conduce a la familia -decía Confucio-, con autoridad, competencia y buen ejemplo.

Así de claro, así de contundente.

Nos leemos la próxima semana.