Semanas posteriores a la jornada electoral 2015, y los dirigentes del Movimiento de Regeneración Nacional marchan en el centro de la Ciudad de México, denunciando fraude en las elecciones de Gustavo A. Madero e Iztapalapa. En su primera elección nacional han ganado cinco jefaturas delegacionales y desbancado al PRD como la primera fuerza en la asamblea legislativa del Distrito Federal.

Para muchos estos resultados serían motivo de celebración, pero no para los seguidores de Andrés Manuel López Obrador. Las críticas no se hacen esperar: "No tienen llenadera", dicen. "No saben perder y tampoco saben ganar". Son las reacciones más obvias, pero si echamos un vistazo a la historia política de AMLO nos damos cuenta de que pasara lo que pasara su partido haría lo mismo: cuestionar los resultados electorales. Es más, necesitaba hacerlo.

Desde 1988, año en que participó por primera vez en la elección a gobernador por su natal Tabasco, López Obrador se ha presentado -con razón o no- como la víctima, el despojado, el hidalgo solitario que quiere combatir el statu quo. Pasó de nuevo en la elección de Tabasco en 1994, aquella de la toma de pozos petroleros. Pasó incluso cuando ganó la jefatura de gobierno del Distrito Federal en el 2000, cuando participó en la elección pese a no cubrir los requisitos de residencia. El desafuero, la elección del 2006, #AMLO siempre ha sido la víctima que pese a tener todo en su contra no se rinde. Y la ventaja que le da este papel es que lo legitima como un enemigo del sistema, le da credibilidad como la única opción real de oposición, que es como quiere que lo vean.

Este posicionamiento tiene sus ventajas. La primera es que se identifiquen con él y su causa, personas que también se ven como victimas, los que sienten olvidados por el sistema. No son pocos en un país que reconoce al 45.5% de su población en niveles de pobreza. Otra ventaja es una especie de vacuna contra el análisis crítico de gente afín a ideologías de izquierda. Como se percibe a AMLO como un perseguido, una víctima de bullying político y noticioso, se tiende a compensar a su favor, dándole siempre el beneficio de la duda sin importar las contradicciones en que caiga.

Se dice que los medios y parte de la sociedad siempre ven la paja en el ojo ajeno y la viga en el de Andrés Manuel, pero creo que esto ha pasado pasa porque él deja muchos frentes abiertos, porque sus acciones y forma de ser hacen que las cosas que se dicen de él sean creíbles. Recuerdo la elección para jefe de gobierno del DF en 1997, cuando Carlos Castillo Peraza empezó con la ventaja en las encuestas pero se fue rezagando al atacar a Cuauhtémoc Cárdenas, presentándolo como un peligro para México. La diferencia es que la historia y acciones de Cuauhtémoc no parecían sustentar los ataques en su contra, así que para la mayoría de la población capitalina los ataques pasaron sin dejar huella y acabó ganando la elección por un amplio margen. Caso diferente al de AMLO.

La noche del 7 de junio Martí Batres, cabeza formal de Morena, se presentó en un programa de debate en Televisa con los presidentes de otros cuatro partidos, descalificando a todos y diciendo que con el PRD "ni a la esquina". Claro, el PRD se "contaminó" o "mostró su verdadera cara" al participar en el Pacto por México, y al apoyar algunas de las reformas del gobierno de Peña Nieto. No importa si el gobierno tomó alguna de las banderas que ese partido había impulsado, no se puede negociar con el presidente pues al hacerlo te vuelves cómplice, parte del problema. Con eso, en los ojos de los seguidores de López Obrador, el PRD se descaró como otro más de la podrida clase política de nuestro país. Es todo o nada: ganar la presidencia para arrancar de tajo todos los vicios de la política mexicana, o mantenerse al margen, impoluto pero a la vez libre de responsabilidades. Puede verse como una postura comodina, pero es claro que es efectiva: el que López Obrador siga vigente tras todo este tiempo lo demuestra. #Política Ciudad de México #Elecciones 2015