Los intentos "reinvindicatorios" de Porfirio Díaz siempre traen jiribilla. Lo decíamos en la anterior colaboración, que cuando, allá por los 50, se hizo el primer esfuerzo por traer sus restos de París y "ponerlo en el justo lugar que le corresponde en la historia", fue porque Miguel Alemán abrigaba solapados afanes de reelección. Y más recientemente igual, era que Carlos Salinas soñaba con un reinado de "por lo menos 25 años". Por eso los vestían de glamour y un dejo nostálgico entre romántico y "conciliatorio". Recordemos que la campaña del alemanismo estuvo acompañada por los filmes de Juan Bustillo Oro, y la del salinismo por las telenovelas de Televisa y, claro, los folletines de Enrique Krauze.

Pues bien, ahora viene Krauze con otro intento "reivindicativo" y, una vez más el momento no es casual porque se da justo cuando el gran debate nacional se centra en la viabilidad de las llamadas "reformas estructurales" cuyo antecedente se remonta, justamente, a los años del porfiriato.

Titulado así, "Vindicación de Porfirio Díaz", asienta Krauze en su artículo que, tal como pedía el dictador en su renuncia a la presidencia, a 100 años de su muerte "ha llegado la hora" de un estudio "concienzudo y comprobado" para que "la conciencia nacional" haga un juicio "correcto" de su persona. Así que de ahí al panegírico no hay más que un paso. Obviamente. Krauze empieza por los "números económicos" que afirma -citando a Daniel Cosío Villegas-, fueron "sobresalientes". El problema es que, como bien decía Ricardo Flores Magón (Regeneración, 7 de agosto de 1901), el porfiriato no fue sólo el progreso material ni el crecimiento de la agricultura comercial, la minería y la industria, etcétera, que a Krauze tanto admiran. Y no se trata sólo de la apreciación cualitativa, José Vasconcelos lo fundamentaría muy bien de la siguiente manera: "Las cifras de la prosperidad porfiriana son, a primera vista, impresionantes (pero) la impresión se reduce a su justo valor si comparamos estas cifras (las del porfiriato) con las de la estadística argentina de la misma época. En 1910, Argentina, con una población de poco menos de 7 millones de habitantes, o sea la mitad de la de #México, tenía un movimiento de importación y exportación de 140 millones de libras esterlinas, o sea más de 700 millones de pesos, casi el doble de México, y si se considera la población, cuatro veces más que México. ¿En dónde está la causa de esta enorme diferencia? Simple y sencillamente en que Argentina ya no tenía un Porfirio Díaz. A su último caudillo lo habían liquidado por los 40, y en vez de gobiernos militares habían regido el país hombres capaces, designados por el voto, como Sarmiento y Mitre y Sáenz Peña. Imagínese, pues, lo que hubiera sido el progreso de México sin los métodos dictatoriales, abusivos del porfirismo… Y Brasil, gobernado democráticamente durante varias generaciones, dirigido por estadistas de la talla del barón de Río Blanco, se había levantado a la categoría de la primera potencia latina del continente…, en resumen, al final de un siglo de Independencia, México había dejado de ser la primera potencia del Nuevo Mundo, como lo fuera en los siglos XVII y XVIII, para caer al tercer o cuarto lugar, después de Estados Unidos, Brasil y Argentina" (Breve Historia de México, Trillas, pp. 311-312).

Contundente. Tal es el verdadero saldo del porfiriato que Krauze omite. Y eso por no hablar de más barrabasadas que escribe, como esa con la que trata de disculpar de su omisión social al dictador: "Si Porfirio Díaz fue insensible a la desigualdad, comparte la responsabilidad con su época". O esa otra, ya el colmo, con la que pretende hacerlo el autor hasta del surgimiento de "una nueva y nutrida clase obrera". ¿En serio?

Aunque lo más sorprendente es lo que dice acerca de su "saldo de sangre", que para minimizar, según él, contrasta con el de los años posteriores a su gobierno, particularmente con el de los gobiernos llamados "post-revolucionarios". "Porfirio Díaz -afirma- no fue, ni remotamente, el mayor asesino de nuestra historia. Los crímenes que refieren J. K. Turner y otros críticos (Valle Nacional, "Mátalos en caliente", Río Blanco, Tomóchic) son ciertos y deplorables, pero la medalla de oro en esa práctica no la tiene Porfirio Díaz sino el otro Díaz de nuestra historia reciente (Ordaz), varios caudillos de la Revolución y los presidentes sonorenses. Frente a la matanza de chinos en Torreón, las barbaridades de Villa, los fusilamientos de todas las facciones, la Cristiada, Topilejo y Tlatelolco, Porfirio Díaz fue, casi, una alma de la caridad".

No fue muy lejos por la respuesta. AMLO le contestó vía twitter: "No tengo ganas de polemizar, pero… es lamentable que… olvide, ni lo menciona, el exterminio de yaquis y mayas durante el porfiriato, con el infame y descarado propósito de arrebatarles sus tierras y sus aguas". Krauze le replicó desde luego a López Obrador con tono doctoral: "es un político inteligente pero un mal historiador", y para descalificar su crítica le rebatió sus fuentes y datos históricos. Habilidoso como es, más político que historiador, aseguró que "no exaltó" a Díaz y menos "olvidó" el horror cometido contra yaquis y mayas: "Está implícito -desliza- en mi referencia al libro de John Kenneth Turner que aborda esos crímenes'".

Krauze refuta la crítica de AMLO descalificando la cifra que éste da de los yaquis muertos. Pero no va a lo de fondo. Uno de los problemas es que da pleno valor probatorio a dichos del general Luis Emeterio Torres, nada menos que uno de los autores de esas matanzas. Y en cambio nada dice de la larguísima cadena de testimonios que expone Kenneth Turner, o si no le apetece el autor por claramente crítico del dictador, está lo que refiere José R. del Castillo en su "Historia de la Revolución Social de México". O si quiere más bibliografía, la obra de Francisco del Paso y Troncoso, "La guerra contra las tribus yaquis": todos coindicen en que el genocidio contra los yaquis en el porfirismo fue tremendo, desmesurado e inmisericorde, tanto que refería Francisco I. Madero: "Las mujeres yaquis ven morir a sus niños con impasibilidad. Preguntada una de ellas de dónde provenía esa indiferencia contestó que como de grandes los habían de matar los voris (blancos), era mejor que murieran de una vez". Tal era su desesperanza.

En todo caso, más allá de si fueron 15 mil o un mil quinientos los muertos en la guerra contra los yaquis, el hecho cierto es la política represiva y de exterminio que sufrió esa tribu durante prácticamente los 30 años de dictadura, que muy seguramente rebasó ambas cifras. Y como "un historiador no sólo lee libros de historia: coteja las fuentes", vale la pena revisar la postura de Krauze al hacer su comparación de las represiones porfiristas y las de los gobiernos de los tiempos posteriores.

Para empezar, hace una lista incompleta. Falta la masacre de Huitzilac el 3 de octubre de 1927, la matanza de obreros del sindicato de Materiales de Guerra el 23 de septiembre de 1941, la represión de la marcha del 1 de mayo de 1952, la matanza de henriquistas el 7 de julio de 1952, las represiones contra ferrocarrileros, petroleros y maestros de los 50-60; el asesinato de Rubén Jaramillo el 23 de marzo de 1962, entre otros. Pero además, algo que sorprende, es que en su lista pone en el mismo costal los muertos en guerras y los muertos en represiones gubernamentales. Habla de los muertos en la Revolución como si fuera lo mismo que la matanza de chinos en 1911 en Torreón. Menciona a los que murieron en la Rebelión Delahuertista de 1924 e igual cita a los que murieron en la Cristiada, pero además añadiendo que fue "un movimiento iniciado por Calles", lo que está por verse y da para una precisión más amplia.

Luego, muy quisquilloso en cuanto a citas y cifras, no lo es tanto cuando refiere el número de vasconcelistas ejecutados en Topilejo: "Quizá un centenar", cuando fueron en realidad 40, y esta es cifra dada por Vasconcelos (El Proconsulado, Trillas, p. 303). Concluyendo su recuento -menudo recuento-, con los estudiantes muertos en Tlatelolco, que él cifra en "Quizá 300", todo lo cual le permite decretar que "Porfirio Díaz hizo correr sangre. Pero no tanta como muchos caudillos y gobernantes que pertenecen al Panteón Nacional". ¡Bonito consuelo!

Krauze, como siempre más político que historiador, refuta a AMLO con un dato menor, su cita del general Torres, pero nada dice de lo realmente importante: el balance de los crímenes del viejo priísmo, con el que él, a la hora de hacer sus crónicas, siempre ha sido más que benévolo. Basta echar una ojada a sus libros.