La violencia en la literatura existe desde que el mismo ser humano empezó a representar historias con esas pinturas rojas y azules que formaban líneas alargadas en las cuevas, en las faldas de la prehistoria. Las temáticas, irónicamente, se repetirían con el paso de los años: muerte y lucha del ser humano por el bienestar. Fuerza, mitología, odio, etcétera. Arquetipos de lo que hoy conocemos como el contenido moderno del conflicto, aunque siempre presionado por esa colosal cantidad de ideas que lo preceden, es decir: la cultura. La violencia, sin atreverme a usar la palabra "naturaleza", es inherente en el comportamiento político y social del homo sapiens. Inherente, además, de su autodestrucción.

El asunto de la moralidad en las novelas, cuentos o cualquiera que sea el género, es un tópico viejo que ha oprimido muchos de los grandes experimentos en las artes. La naturaleza también es violenta, pero de diferente manera. Ella explota, viola, mata, pero como una reacción casi muscular. En cuanto a la literatura, la representación de la violencia (que no es lo mismo que su ejercicio) ayudan a acercar al lector a ese acto que no comprende pero que cotidianamente lleva a cabo, amén de entender las repercusiones que éste tendrá en sus semejantes. Como diría Octavio Paz: "La realidad es una metáfora".

Tomando esta idea, la literatura o cualquier #Arte están impregnados de moralidad y ética. Desde ética para evitar el plagio hasta moral para no mencionar groserías o apoyar a la pedofilia. Sin embargo, toda expresión artística está por encima de la moralidad, pese a que el propio cuerpo de la obra la posea. La propia ficción es una transgresión, un acto de distorsión de la realidad, de reacomodo y resignificación. El novelista, por ejemplo, no debe estar preocupado por los límites de su creación. Si es lo suficientemente hábil podrá representar el mensaje más crudo en un cuento para niños, sin siquiera perturbar a los chiquitines.

Como diría Allen Ginsberg: "…la realidad es la vulgar…". Incluso la ficción representa la copia apócrifa de la realidad. El artista, por más religioso o dogmático, siempre encontrará la coyuntura en las representaciones de la realidad. O mejor todavía, revivirá el pasado, como Miguel Ángel Buonarroti y su fuerza griega cargada de simbología homoerótica.

Es parecido al asunto del aborto. La ficción se desarrolla dentro del cuerpo del escritor. Una parte de la sociedad jamás respetará esta individualidad. Todo lo contrario, intentará controlar la "natalidad" y el derecho de la sociedad sobre ese producto. En ambos casos, las implicaciones son parecidas: se amedrenta el yo absoluto de otro por consignas morales, además de condicionar el contenido. El "al menos que sea por una violación", representa la consigna machista que pretende reeducar a las víctimas y no a los victimarios; el "escribe lo malo del mundo, pero no te metas con ciertos temas", es apoyar las garras de la censura. La habilidad (no deber) del arte es hacer evidente lo oculto. Eso, en el corazón y la mente, siempre estará por encima de la moral. #Derechos #Cultura Ciudad de México