Ante los cambios que están enmarcados por las leyes que se han promovido, algunos sectores de la sociedad han manifestado su rechazo absoluto, particularmente cuando nos referimos a la legalidad de los matrimonios homosexuales. El clero y los diferentes grupos religiosos se han horrorizado, y de inmediato comenzaron a manifestarse  desde cualquier medio posible, haciendo patente su repugnancia ante este hecho; cuando en realidad han tenido toda una historia para cambiar el destino que hoy están confrontando.

Tanto el clero como protestantes y demás han dejado de hacer por  décadas la labor de impacto social  que les corresponde, y dejaron de promover los valores espirituales, éticos y morales propios de su función en la comunidad. Esto se ve evidenciado cuando la delincuencia se dispara de manera alarmante. Y, quienes en algún momento fueron niños, no recibieron el blindaje a la maldad que, los sectores en cuestión -se entiende- son los mas capacitados para colocar.

El pasado reciente, así como el presente evidente, nos muestra a los religiosos haciendo, incluso, cosas mas aberrantes que aquellos a quienes hoy conocemos como delincuentes. Estando en su momento mas preocupados por guardar las apariencias que por trabajar en una digna labor de transmitir los altos valores que presumen poseer. Mucho de lo que hoy atacan no es pues, mas que el resultado de su omisión, de su falta de presencia, de la ambigúedad en sus labores ministeriales.

Por si fuera poco, equivocan la estrategia en la confrontación de la situación. Y, en vez de reconocer su culpa por la ausencia se presentan de una manera frontal ante los diferentes sectores de la sociedad vinculados en el asunto. Por un  lado manifiestan su molestia contra los legisladores, quienes en su afán de no verse retrasados en relación a diferentes países, modifican leyes sintiéndose modernos, liberadores y civilizados. Y, por el otro se expresan enojados ante los homosexuales, quienes, como resultado de las omisiones del pasado dejaron de tener la visión de líderes sociales encauzados fuertemente en sus trabajos eclesiásticos, y solo vieron sombras de aquellos que en otros tiempos tenían la máxima influencia en la comunidad.

De la misma manera que el legislador está haciendo su trabajo, los líderes religiosos debieran hacer el suyo. Lo que mejor les va no es ponerse a protestar sino, tomar decididamente su callado y corregir lo que tiempo atrás no se hizo.   De esta forma le damos al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Toda ley surgió primeramente en la mente de un hombre, pero a la vez, sus pensamientos no son otra cosa, sino el resultado de todo el bagaje teórico acumulado a lo largo de su existencia y, aún mas allá, este. está marcado por las influencias que otros tuvieron sobre él desde su mas tierna infancia.  Por lo que, lo que hoy se está viviendo no es la consecuencia de un proceso exprés, es lo que se obtiene a lo largo de un buen tramo de la historia reciente.

Si esto ha de retornar a situaciones que unos años atrás considerábamos normales, es decir, reconocer como matrimonio el enlace entre un hombre y una mujer, todo grupo social, partiendo de los líderes religiosos deben retomar su trabajo de una manera valiente, decidida, audaz y bien dirigida, Quizá en treina o cuarenta años estemos en posición de ver nuevas leyes que estén fundamentadas en los valores que hoy están olvidados.

Hoy hay nuevas leyes. Si los matrimonios homosexuales existen, no solo es culpa de los legisladores.

Uno mató a la vaca, pero alguien mas le agarró la pata.

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