El mexicano, genéricamente, es heredero de una fobia al cambio legada por nuestra etapa como colonia española. En nuestros primeros años de vida independiente heredamos una serie de instituciones y tradiciones coloniales, nos asumimos como sus guardianes rehusando cualquier cambio en ellas, como consecuencia vivimos un siglo lleno de guerras civiles entre conservadores y liberales, los primeros garantes de las viejas instituciones y costumbres, los segundos portadores de las ideas de cambio. Al final triunfaron los que pugnaban por una laicidad del Estado, la eliminación de los cleros militar y eclesiásticos, por un #Gobierno federal ajeno al sistema político colonial, los que pugnaban por un cambio.

El triunfo duro poco, con la llegada del Porfiriato vivimos cambios y mejoras tecnológicas, pero el sistema político se estanco en una serie de beneficios y prebendas para una minoría, incluso en la omisión de algunos logros liberales. Hasta que llego la Revolución y aunque en un principio abogaba por mantener el status quo pero cambiar de actores, termino reconfigurando el sistema político mexicano, cambio que fue plasmado en la Constitución de 1917, innovando incluso en todo el mundo con sus Garantías individuales.

Sin embargo, ha regresado el miedo al cambio. La clase política tiene miedo a perder el poder y la sociedad tiene miedo a empeorar, como diría el dicho popular "Mas vale diablo conocido que por conocer". Pareciera que no heredamos el ímpetu de aquellos liberales, republicanos y revolucionarios por cambiar para mejorar, por innovar para crecer.

A pesar de que los políticos, los partidos, el gobierno y las OSC repiten hasta el cansancio que "la hora del cambio ha llegado" o que "debemos iniciar el cambio", no sucede nada, se convierten en palabras demagógicas. A pesar de que la ciudadania exige el tan anhelado cambio, no hace nada por conseguirlo, se queda esperando ilusamente a que el Estado lo haga, contradictorio e hipócrita ya que no le cree los discursos del cambio.

Entonces ¿Que esperar de una sociedad que hipócritamente exige un cambio en el sistema político, pero que no se mueve para conseguirlo? ¿Que esperar de una clase política que proclama ser la portadora del cambio pero que preserva los viejos privilegios, tradiciones y discursos?

Antes que nada, lo que se necesita para curarse de ese miedo al cambio, es atreverse al cambio mismo, planear un futuro mejor, que beneficie a la sociedad mexicana, y actuar consecuentemente para lograrlo, es decir, necesitamos una visión de Estado, ser una nación de estadistas.

Pero como de solo visualizar no se llega a concretar aquel cambio, es fundamental contar con dos cosas: GOBIERNO ABIERTO y PARTICIPACION CIUDADANA. Ambas atacan a las principales causas del miedo mencionadas anteriormente. Si la clase política quiere conservar el poder político en el país, necesita vivir un gobierno abierto; si la sociedad no quiere empeorar necesita participar.

Un gobierno abierto implica la transparencia y rendición de cuentas, la inclusión de diversos agentes en la construcción de la agenda publica, y de manera propia implica la realización de políticas publicas (entiéndase como una acción conjunta entre el gobierno y los ciudadanos afectados por esta, para dar solución a un problema especifico de interés publico)

Por su parte la participación ciudadana no se limita al derecho/obligación de votar en las elecciones, implica también una responsabilidad previa cuando presiona a los partidos políticos a ofrecer mejores plataformas electorales, planes de gobierno y mejores candidatos, y una posterior por que debe presionar al gobierno a cumplir sus responsabilidades, pero también debe de ser consiente de sus propias responsabilidades, de incidir en la agenda pública, de respetar las normas jurídicas, educar a sus hijos en los valores cívicos, y principalmente, no ser corruptos.

Estas dos cuestiones son pilares básicos del republicanismo, el cual conlleva por si mismo el tan anhelado CAMBIO MEXICANO. #Educación #México