El 19 de septiembre de 1985, a las 7:19 horas, todo México despertaba a la que más bien parecía una pesadilla que, aunque ya anunciada, conmovió al casi centenar de millones de compatriotas que compartíamos en ese entonces el orgullo perenne de ser mexicanos.

Sin la tecnología que hoy nos abruma, éramos testigos vía la televisión de la sentida crónica del licenciado Jacobo Zabludovsky (qepd), quien emocionado, pero profesional, aguantaba a pie firme la avalancha de sentimientos que naturalmente le acometían, y narraba las escenas de destrucción y muerte que por doquier surgían.

La noticia de la “desaparición total” de la Ciudad de México corría como reguero de pólvora por los distintos medios sin manera alguna de poderlo confirmar, lo cual aumentaba la angustia e incertidumbre popular. ¿Quién no tenía un familiar, un conocido o un amigo en el DF?

Afortunadamente, y dentro de la desgracia acaecida, pronto comenzó a fluir la información veraz y sustentada por fuentes dignas de crédito que daban la dimensión real de la tragedia, que costó la vida a miles de mexicanos.

A tres décadas, el país es otro, los niños de aquel entonces son ahora jóvenes adultos que seguramente se han incorporado a la fuerza productiva y participan activamente en la actual sociedad mexicana.

La muestra de solidaridad quedó plasmada en los distintos medios locales, nacionales e internacionales que se dieron cita para cubrir puntualmente los funestos hechos: los voluntarios se sumaron por miles y se gestaron rescates heroicos, dignos de la nobleza y bonhomía mexicanas.

La conmemoración, este sábado, mueve los sentimientos de quienes vivimos entonces el hecho, unos muy de cerca, en el DF, los otros en provincia, a distancia, pero que contagiados por las escenas heroicas de los capitalinos, algunos acudieron desde sus lugares de origen en el interior de la República a ofrecer sus brazos como herramientas para buscar bajo los escombros algún sobreviviente.

Hoy día, pasada la tradicional ceremonia oficial del Grito de Independencia, resulta lamentable que las propias autoridades contribuyan, sin darse cuenta quizás, o de manera intencional (los malpensados no faltamos), a bajar la intensidad a un festejo patrio que año con año es esperado por millones de mexicanos para dar rienda suelta al gusto de ser eso precisamente: mexicanos.

El plan de austeridad anunciado por el presidente Peña, y reafirmado con la cancelación del banquete en Palacio Nacional, no puede ser motivo ni justificación para hurtar a los connacionales una celebración digna, que no aconteció, y sí, por el contrario, fueron evidentes la indolencia y, tal vez, hasta el temor de las autoridades.

Es cierto que el horno no está para bollos: el atentado en Egipto contra connacionales; la innegable crisis económica; el amague de violencia de radicales que siempre han existido, no son suficiente motivo para privar al pueblo de su verbena popular, de la cual poco se pudo ver.

En Toluca, donde puedo testificar, a pesar de la lluvia la gente acudió a la Plaza de los Mártires con gran entusiasmo, para sólo encontrar desorganización e indolencia, con un espectáculo que careció de la “mexicanidad” que la ocasión ameritaba, con exponentes noventeros de música pop y un cantautor (romántico) magnífico, pero fuera de lugar para la ocasión.

Los tradicionales puestos de antojitos, relegados inexplicablemente a un costado de la explanada, alejados de sus posibles consumidores. Tal parece que la intención oficial era no exacerbar el “sentimiento mexicano”, que pudiera provocar un exabrupto del “México bronco” que, para sosiego de quienes le temen, aún duerme. #Gobierno #Política Ciudad de México #Enrique Peña Nieto