Hace aproximadamente un año y medio que estoy viviendo en departamento ubicado en un edificio de cuatro pisos, con el mismo número de viviendas por planta.  Ha sido una experiencia… interesante, por decir lo menos. Uno vive rodeado de otras personas, y la verdad es que hoy por hoy, los vecinos empezamos a parecer más y más manchas grises en los ojos de los demás.

 

Siempre he procurado tener una buena relación con mis vecinos. No necesariamente busco hacerme gran amigo de ellos (aunque si así pasara, no lo rechazaría), pero lo hago por una cuestión de seguridad más que nada. ¿Quién mejor para cuidar de nosotros y nuestra vivienda que las personas que están inmediatamente a un lado o a nuestro frente? Siempre que veo a esas personas con las que convivo básicamente diario, las saludo, y si hay el tiempo y la ocasión, procuro hacer plática con ellos. Repito, más allá de una mínima civilidad, cordialidad y respeto, es una cuestión de seguridad.

 

¿Pero a qué voy con todo esto? Hace algunos años, cuando yo era todavía un niño, recuerdo perfectamente a mis padres, y especialmente a mis abuelos, llevando excelente relación con sus vecinos. Conocían a todo mundo: al que vivía enfrente, al que vendía en su tienda en la esquina, a la del salón, a los de la gasolinera, al peluquero… En fin, a todo aquel que tuviera una parte activa en la vida de la colonia. Es más, cuando había problemas en la calle, los vecinos se juntaban e intentaban encontrar soluciones a ellos, entre ellos mismos. Conocían la historia de cada vecino, y se preocupaban si había algo mal en las vidas de esas personas, porque eran sus amigos. Pero eso ha cambiado hoy en día.

 

En estos tiempos es más raro ver a los vecinos hablando entre ellos. Es más raro encontrar a un vecino que conozca a la mayoría de los que viven en su calle. La vida se ha vuelto tan ajetreada y tan estresante, que esos rastros de cordialidad y civilidad vecinal se han ido perdiendo. El crimen se ha apoderado de nosotros de una manera impresionante, y ahora es más común que desconfiemos de nuestros vecinos. Estamos tan ensimismados que no nos damos el tiempo para conocer o ayudar al prójimo. Y lo peor, en mi apreciación personal: Hemos perdido la cultura de la vecindad.

No es difícil entender y recordar que no vivimos solos, que al lado, arriba, abajo, o enfrente de nosotros, hay personas intentando vivir también. Se trata de respeto por esas personas, de respeto por su sueño, por su paz, por su tranquilidad. Se trata de no ver cómo “fregarme” al vecino dejando mi carro estacionado de tal forma que estorbo la entrada de su estacionamiento, porque “nada más es tantito, si sale”, o porque “pensé que ya no lo usaban”. Se trata de tocarle al vecino y preguntarle “Oiga vecino, una disculpa, mire, es que ahorita ya no hay dónde más dejar el carro, ¿se lo puedo dejar un momento aquí? En cuanto pueda lo muevo para dejar de estorbarle”. El vecino sabrá si te deja o no, porque está en todo su derecho de decirte que no, a fin de cuentas, tú le estas estorbando a él.

Se trata de que si ves que el vecino dejó su puerta abierta, tocarle a ver si está, y si no, cerrar la puerta de su casa, y cuando veas que el vecino regresó, buscarlo y comentarle lo que pasó. Se trata de que si vez que en el edificio de departamentos donde vives, el foco del pasillo está fundido, lo reemplaces, sin esperar nada a cambio. Es simple, a todos, incluyéndote a ti, les beneficia eso. Se trata de que si ves a tu vecino, no le huyas, no te metas rápido a tu casa. Salúdalo, pregúntale cómo está. Si ves que uno de ellos necesita ayuda, ayúdalo.

 

Son esas simples acciones las que pueden hacer que tu calle sea más amigable contigo. Creo firmemente que llevarte bien con tus vecinos, o por lo menos ser cordial con ellos, nos trae más beneficios que males. En una época en la que parece que la sociedad está desapareciendo, creo que a nadie le haría daño que la cultura de la vecindad se recuperara. #Gobierno #Solidaridad #Sociedad Ciudad de México