Era un lunes como cualquiera. Seguía de vacaciones por lo que aproveché para ir al supermercado; ya ahí, mientras elegía comida para mi perro Spoinky vi a un tipo alto y muy bien formado (de 1.90 aproximadamente). Tenía cabello chino y ojos muy profundos de color miel.

Llevaba una playera sin mangas la cual hacía que sus pectorales lucieran a todo lo que da,  al igual que sus marcados brazos; con el fin de que me viera me aproximé y pedí que me bajara un costal de alimento para gato (el cual no tengo).

-Mi gato se llama Lucio, dijo.

-¿Y tú?, le pregunté al mismo tiempo que pasaba mi lengua sobre mis labios para coquetearle.

-Carlos, respondió.

Le dije mi nombre y me aparté con el fin de hacerme la interesante, él se quitó. Mientras se iba yo desabroché tres de los cinco botones de mi blusa color café, dejé una parte de mi pecho al descubierto: para mi edad, 17 años, se me había desarrollado bastante.

Llegó al área de cajas y yo me aproximé también, pagaría la comida de gato que iba a terminar en la basura. Me cedió su lugar en la fila, le di las gracias y al formarme rocé mi trasero con la parte delantera de su pantalón.

Al parecer no le incomodó la situación, por lo que hice como que me acomodaba la falda de color beige, al grado que se veía una parte de mi tanga negra con pedrería, esa técnica la usé antes con el amigo de mi papá.

Pagué y me salí, revisaba mi celular. Él se acercó.

-¿Quieres que te lleve a tu casa?

Sabía que corría peligro si aceptaba y subía al carro de un extraño, pero a la vez no podía resistirme a sus músculos. Al final de todo yo fui la que empecé a coquetearle.

Dije que sí. Subimos a un Atos color plata; me robó un beso. Continuamos; sin embargo eran las doce de la tarde y mucha gente podía mirarnos.

-¿Vamos a otro lado?, propuso y acepté nuevamente.

Arrancó el auto que olía a aromatizante barato, de esos que te pican la nariz; la adrenalina se hizo presente y comencé a emocionarme. Mientras él manejaba lo imaginé arriba de mí con sus brazos de concurso y piel apiñonada.

Condujo unas calles, yo aproveché que estaba distraído para bajar mi falda poco a poco. Estaba decidida a que sería el segundo encuentro de mi vida.

Llegamos a una zona valdía, me miró las piernas y se dio cuenta que no tenía nada cubriéndome. Su miembro reaccionó al instante; lo sacó y me invitó a frotarlo, tal y como lo hice con el de Francisco.

Inclinó mi cabeza hacia abajo, me resistí porque nunca lo había hecho con la boca. No podía concentrarme. Por otra parte: ¡Dios! El tipo no tenía ni la amabilidad de rentar una habitación, me quité y le dije que podían vernos. Al parecer la escena y la adrenalina le emocionaban, inclinó de nuevo mi cabeza y repetía:

-¡Hazlo rápido!

Abrí la boca, sentía que me atragantaba pero a la vez pensé que si corría el riesgo de que me vieran, mínimo tenía que disfrutar; la temperatura se apoderó de mí y metí velocidad con mi boca. Él tomaba mi cabeza con la mano izquierda y con la derecha jugaba con mi tanga.

Nuevamente dijo: -¡Rápido!, ¡más rápido! Lo estoy haciendo bien, pensé al mismo tiempo que cerré mis ojos.

El calor comenzó a sentirse en el auto, el olor de su horrible aromatizante se percibía más; usé mis manos como lo hice con el amigo de mi papá, me cansé y lo utilicé de nuevo la boca. Luego de unos minutos sentí agua salada de textura espesa sobre mi paladar. Me levantó la cabeza y se cubrió de inmediato, un policía se nos acercaba así que me tuve que tragar todo.

Carlos saludó al oficial y mostró su identificación. El uniformado preguntó qué hacíamos ahí, a lo que el hombre complacido respondió que esperando a una persona que vive en la siguiente cuadra; yo moría de nervios, era evidente que no tenía la mayoría de edad. 

No sé qué identificación le mostró pero se fue; Carlos se ofreció llevarme a mi casa pero le dije que me dejara en la esquina de la calle.

Pidió mi teléfono pero se lo di mal. Bajé del auto esperando no verlo nunca más.

Regina. #El despertar de Regina