Alguna vez viajando por Europa, al visitar Londres asistí a observar el cambio de guardia. Desde fuera del Palacio de Buckingham observé a un perro en su interior que me pareció un animal maravilloso. Lo invité a que se me acercara y me puse a platicar con él.

Vestía acorde con la usanza escocesa. Portaba su kilt con toda galanura. Su boina era incomparable, zapatos de charol, medias con los rombos típicos y por supuesto traía consigo su gaita para marcar el paso de los caballos montados por los jinetes reales.

Luego de observarme de pies a cabeza mientras cargaba su pipa con tabaco de la casa real me preguntó de donde provenía. Ufano le contesté que era mexicano y le regalé una miniatura consistente en la replica de un sombrero de charro.

De pronto a mis espaldas sentí una palmada y al voltear me encontré que era Dios quien también pasaba vacaciones con vestimenta de turista, cargando su iphone presto a atender llamadas de San Pedro quien continuamente le informaba lo que sucedía en el cielo.

Conforme la plática se fue dando el perro fanfarrón insistía en hacerme sentir y saber respecto de su alcurnia. Ostentaba el titulo de Lord y su chaqueta exhibía un buen número de condecoraciones. Dios nos observaba divertido al ver que en mí también surgía mi nacionalismo informándole que nuestros protocolos eran por demás estrictos y de gran tradición a nivel internacional.

Le pregunté su nombre y me contestó Góngolo explicando que de los siete enanitos que vivían con Blancanieves su nombre en italiano correspondía al cachorro que se tenía por más risueño.

Pasado el espectáculo y sintiendo un sol ardiente, Dios propuso que nos acercáramos a comer a la Pub de la Estación Victoria, lugar donde al medio día todo es alegría y buen comer. Góngolo aceptó y ordenó un coche del palacio para que un chofer se hiciera cargo de cumplir la encomienda.

El perro le preguntó a Dios si conocía #México. El segundo ni tardo ni perezoso le contestó que sí y que le gusta mucho no obstante que hoy en día pasa por momentos muy dramáticos y por demás confusos debido a tantas calamidades como la corrupción, la pobreza, el mal gobierno, la delincuencia y muchos problemas más. Góngolo aprobó con la cabeza y reconoció estar enterado.

Luego de varios whiskys y una opípara comida Góngolo comenzó a cantar Cielito Lindo, La cama de piedra, otras de Vicente Fernández al punto que los comensales empezaron a aplaudir no obstante la preocupación de Dios en el sentido de que las copas se le pasaran al can, le saliera los escocés y con ello lo broncudo.

Era tal mi entusiasmo el que me inspiró el perro que de pronto de entre los alcoholes decidí invitarlo a vivir conmigo a México. Sentí por debajo de la mesa una patada de advertencia que me lanzó el creador que decidí no tomar en cuenta.

Mientras Góngolo se retiró al WC, Dios me advirtió: “mira Antonio, no te vayas a meter el líos con ese perro que es un cara dura y no lo terminarás por controlar. Además la casa real británica te impondrá severas obligaciones que deberás cumplir en razón de su investidura ¡No lo supe escuchar! ¡Ese fue mi gran error!

Luego de aceptar el perro mi invitación, me comprometí ante la corona a satisfacer sus exigencias. Mi vida ahora ha dado un giro de 180 grados. Mi paz, mi economía, austeridad y mi vida diaria ya no son las mismas.

¿Alguien de entre mis lectores estaría interesado por hacerse de un perro aristócrata de Escocia que me permita salvar mi vida…?

Por supuesto que continuará…