Mi amiga me lo contó en un café. Ella estaba triste y con una Coca-cola en la mano me dijo que su novio no había aceptado. “No quiere saber nada de una relación así”. Me lo comentó como si el mundo se le fuera a acabar.

Ella buscaba una relación poligámica, pues sentía que su cuerpo, su libertad, se veían encerradas con una sola relación. “Es como mantener un ave en su jaula, se ve bonita, pero no está chido”, argumentó, y más allá de pedirme un consejo, me explicó algo que para ella, y para mí (no les voy a mentir), le parecía una de las tragedias sociales modernas más recurrentes: el sentimiento de posesividad.

Y es que ella quería a Mario, a Óscar, a Salvador, y a otro más, desconocido para mí, que le daba pena mencionar. Incluso me contó cuando corrió en pantaletas por un pasillo larguísimo, pasando de la habitación de un chico a otro en un viaje vacacional a Cuernavaca.

Con una sonrisa defendió su punto. Sí, su novio la había tachado de libertina, el hombre le había dicho que las mujeres mexicanas, tan sólo hace dos años, habían ganado el primer lugar en infidelidades a nivel mundial, según el sitio de relaciones extramaritales AsheyMadison.com, en comparación con otros 36 países.

“Pero yo le dije que la monogamia está caduca, ¿o no? Sí, mira: ya no se puede sostener una relación donde el otro te hace su objeto y te quita todo derecho. Que a dónde vas. Con quién vas. No estamos hechos para vivir en parejitas”, me dijo, luego soltó una carcajada y se acordó de un dato que formuló mientras sorbía de su popote.

“Entonces le conté eso de Simone de Beauvoir; la filósofa, le dije que ella hizo un sondeo sobre las relaciones existentes en el mundo animales, y se dio cuenta que el rol de la mujer sumisa y fiel era algo más social que biológico. Yo creo que tiene que ver también con la monogamia. En el mundo animal todos se dan entre todos, tal vez algunas especies de periquitos y guacamayos no , pero ¡vamos! Los primates debemos ser más liberales”.

Le pregunté, curioso por su próximo movimiento, respaldado por su deseo de volar de flor en flor. 

Ella, con su acostumbrada sencillez, me recitó una frase “Busca afuera lo que no encuentras en tu casa”. Me sonó lógico, supongo, aunque un poco despiadado. Sonrió de nuevo e intentó terminar con un último argumento “Además, hay algo que es común entre todas nosotras. Todos nosotros: hombres, mujeres, quimeras. ¿Sabes qué es? Que nos educan para pensar que el estar solos viola las leyes de conducta. Por igual es si estamos con muchas parejas. Vivimos en un mundo que se cree cuantificado. Eres blanco o negro. Eres el amo o eres el esclavo. Una barbaridad.”.

Se levantó de la mesa, dejó unas monedas en la mesa (para la propina, el refresco se lo había invitado yo), y remató con un “Iré a ver qué otra opresión quiere meterme en la agenda, a lo mejor le puedo poner una yo a él, ¿es justo, no?”.

Antes de que respondiera, salió deprisa y se despidió con la palma de la mano abierta y una sonrisa de oreja a oreja. #Salud #Cultura Ciudad de México