En noviembre del pasado año 2015 tuvieron lugar en las calles de la Ciudad de México algunas alarmantes coincidencias:

11 de noviembre a las 12 horas: Leonardo de 5 meses fallece al caer de su carriola hacia una alcantarilla destapada sobre la calzada Ignacio Zaragoza después de que su mamá quiso esquivar a un automovilista que se había pasado el alto y accidentalmente empujo la carriola.

17 de noviembre a las 18 horas: Montserrat de 21 años fallece tras ser atropellada por un microbús sobre la avenida Paseo de la Reforma mientras se trasladaba en Ecobici, de su trabajo a la escuela, el chófer del transporte invadió el carril de bicicletas sin disminuir su velocidad y tras el accidente siguió con su ruta habitual.

Cualquier día de noviembre a las 9 horas: Alberto llega a su lugar de trabajo tras más de hora y media en el metrobús de la Ciudad de México. En su recorrido esquivó autos o microbuses y compartió un vagón con otras cien personas.

Me refiero a estas situaciones como coincidencias no porque sea extraordinario que en el mismo mes y en la misma ciudad mueran peatones, haya coladeras abiertas o se atropellen ciclistas; de hecho el accidente de Montserrat fue el tercero de ese mes. La única coincidencia se presenta en las horas del día en que ocurrieron dichos accidentes (horas pico) y en el hecho de que todos tuvieron lugar en el 2015: año de la entrada de una nueva marca japonesa de automóviles en México, como si hicieran falta; año de la entrada en vigor del nuevo reglamento de transito, del que todos nos quejamos; y año en el que se permitió la circulación diaria en la ciudad a todos los autos que pagaran y pasaran la prueba de emisión de contaminantes sin importar su antigüedad.

Todos los escenarios antes mencionados suman preocupaciones a la amplia lista de problemas viales que se tienen en el país entero y que se agudizan en su capital, la cual ocupa el segundo lugar en el ranking con el peor nivel de tráfico en el mundo (Indice Tom Tom, 2016).

Las causas de tantos problemas de movilidad que se sufren hoy en día en la Ciudad de México y otras del país, tienen su origen en la primera mitad del siglo XX, cuando la modernidad se abrió paso, centrándose en las zonas de mayor crecimiento, mayor inversión extranjera y mayor nivel de producción en el país. La población de los alrededores y de otros estados alejados tuvo que trasladarse a dichas ciudades para encontrar mejores oportunidades de vida. Al presentarse este crecimiento demográfico de las manchas urbana, ni las ciudades, ni los gobiernos estuvieron preparados para planear adecuadamente el asentamiento y la movilización de tantos nuevos habitantes.

Otro signo de la modernidad fue el del gradual aumento del parqué de automóviles en el país, lo que propició que la infraestructura se centrara en la movilidad de los mismos. Para los años 90, con el TLC, se importarían el mayor número de marcas de autos y se asentarían más armadoras en el país; esto explica el hecho de que entre 1995 y 2012 la cantidad de automóviles privados tan sólo en la ciudad de México haya aumentado de 7.2 a 23 millones de unidades, lo que en la actualidad equivale a que por cada 30 viajes al día se ocupen 35 automóviles, aunque el 80% de los traslados interurbanos que se dan en la ciudad son en transporte público. 

Actualmente existen varias iniciativas que buscan concientizar sobre la importancia de tener un sistema de transporte eficiente y una ciudad cuya infraestructura se adapte a las  necesidades de todos; aún así no esperemos que a través de un nuevo reglamento de transito, la mejora en la infraestructura o el aumento del transporte público, todo vaya a mejorar, pues nosotros somos quienes decidimos comprar más autos sin si quiera llenar su cupo; pasarnos altos; atravesarnos donde no hay paso peatonal o utilizar el carril de ciclistas sin serlo. Hay un largo camino que recorrer y que inicia en las cabezas de los millones de habitantes que enfrentamos a diario el caos de la CDMX y otras del país. #Gobierno #Medios de transporte #Crónica Ciudad de México