Indudablemente a Javier Marín (Uruapan, Michoacán, 1962) le está yendo estupendamente. Con sus muestras más recientes, La belleza de lo imperfecto en el Antiguo Colegio de San Ildefonso y Terra en el Palacio de Iturbide en el Centro Histórico de la CdMx, nos ha dejado un dulce sabor de boca o más bien, con el ojo cuadrado y la boca seca de la admiración.

¿Javier o Jorge?

En México es el escultor de moda aunque muchos lo confunden con su hermano Jorge, también escultor; así que para distinguirlos propongo que piensen en Javier como el de los gigantes y cabezudos (o cabezas olmecas) y en Jorge como el de los atletas con suspensorio (o ángeles buenorros), ¿vale?

Sucintamente mencionaré que fue escogido e invitado para representar a México en la Bienal de Venecia de 2003. Ha expuesto en Saltillo, Chihuahua, Puebla, Monterrey, Oaxaca, Zacatecas. Su obra ha adornado calles y plazas en varias ciudades del país como el puerto de Veracruz. Dicen que el mejor halago es la imitación y a él le pasa, pues ya lo copian, al igual que a su hermano, con buena calidad y lo venden en mercadillos y tianguis a precios mucho más bajos que los de las vías oficiales.

Impactante fealdad

Como Picasso dijera: “para trascender la Academia, hay que pasar por ella” y justo eso es lo que Javier ha hecho, superar lo aprendido en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (1980-83) y ofrecer una obra propositiva y con estilo propio. ¿Y qué es lo que la distingue? Su estética de opera non finita o, como bien apunta el curador Ery Cámara. “retoma el concepto de proceso como eje discursivo, los pasos intermedios entre la concepción y la realización”.

Tiene influencias olmecas, griegas (Cabeza de mujer I, II y III, 2015) babilonias y egipcias especialmente por su gusto por la monumentalidad (Mujer de pie, 2006, o la impactante Mujer, 2015) pero dándoles su toque distintivo.

El toque Marín

¿Y cuál es ese toque? Marín muestra los entresijos de manufactura: la resina hueca, la madera burda, los amarres de alambre, los clavos, varillas, puntales y zapatas. También se distingue por su alto sentido dramático emanado del manierismo y el barroco italianos; esa torsión de los cuerpos en espirales ascendentes, rostros, manos y dedos crispados por desasosiego, tortura o éxtasis, tanto en sus piezas individuales como cuando utiliza el amontonamiento en piezas horribles que hablan de aglomeración y residuos humanos propios de la Morgue o campos de exterminio nazi.

Otro toque muy suyo es la variedad de dimensiones que van desde una escultura de resina de 5 cms. hasta una gigante de 12 metros de altura. Sus piezas emanan una serie de sentimientos encontrados; así como transmiten drama, tortura y dolor (Cabezas amarradas, 2010), también reflejan paz, reflexión y sosiego con un alto sentido místico y filosófico.

Concluyendo, diré que la narrativa estética de la escultura de Javier Marín toca polos opuestos pues va de lo mínimo a lo monumental, de la fealdad a la belleza, de la vida a la muerte, y de lo divino a lo humano, exhibiendo todo el proceso de su concepción. Por ello pienso que el subtítulo de Corpus, su más reciente #Exposición, “la belleza de lo imperfecto” es su epígrafe más acertado. Así que si se lo perdió, tome nota para la próxima y ya no lo confunda con su hermano… #Cultura Ciudad de México