En el canal norte de Turquía, miles de personas esperan para tomar un bote y emprender una odisea de 9 km hasta Lesbos. Es en esta isla griega del Mar Egeo donde estas personas –forzadas por la guerra a abandonar sus hogares– pretenden empezar una nueva vida. Porque para los refugiados, Lesbos no es más que la entrada a occidente. Es el punto de salida hacia una Europa que, confían, les acogerá.

La supervivencia de los inmigrantes a partir del momento en que tocan tierra griega está en manos de ONGs, voluntarios y los propios vecinos de la isla de Lesbos. Lo cierto es que el papel de las organizaciones internacionales queda lejos de la que debería ser su respuesta como tales. Hace pocos días, ACNUR, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, criticaba la escasa ayuda por parte de la ONU frente a un drama de tales características.

Las autoridades de la isla advierten que hay más de 20.000 personas viviendo en campamentos improvisados. Y aunque su estancia en Lesbos es relativamente corta –entre tres y cinco días–, cada semana llegan a la isla decenas de embarcaciones. Según la Agencia Alemana de Prensa (DPA), Lesbos recibe una media de 2.000 refugiados al día. Y aunque es cierto que muchos de los vecinos se solidarizan con la causa, también los hay del bando opuesto. Esto quedó reflejado en las últimas elecciones al parlamento heleno, en las que Amanecer Dorado obtuvo su mayor porcentaje de votos en las islas de Lesbos i Kós, las más golpeadas por la llegada de inmigrantes.

Por su parte, Angela Merkel advertía poco antes de Navidad de que el flujo de refugiados se reduciría a causa de las malas condiciones meteorológicas y de navegación. Sin embargo, Oscar Camps, director de la ONG de Badalona Proactiva Open Arms, lo desmiente y advierte: el tiempo empeorará pero seguirán cruzando, lo que dificultará las tareas de rescate. Y a pesar de las lluvias y de la baja temperatura del agua, lo siguen intentando. Aunque no todos corren la misma suerte. Tan solo cinco días después de empezar el nuevo año, una veintena de personas, entre ellos varios niños, fallecían en aguas turcas tratando de llegar a Lesbos.

La muerte de Aylan, el niño cuyo cadáver fue encontrado en las costas turcas horas después de que su bote partiera hacia Lesbos, conmocionó al mundo. Pero quedó en eso, en una imagen que, con la misma rapidez que se viralizó, desapareció. Francesca Friz-Prguda, representante de  ACNUR España, advertía –refiriéndose a los cientos de niños refugiados– que “proteger a la infancia no puede ser una opción para #Europa”. Una Unión Europea, por cierto, muy criticada por el ejecutivo heleno, cuyo Viceministro de Política Migratoria, Giannis Mouzalas, ha denunciado en numerosas ocasiones la escasez de recursos para gestionar una crisis humanitaria de estas dimensiones.

Según las autoridades de Ankara, cerca de 3 millones de personas esperan en Turquía el momento de zarpar hacia las costas de Lesbos. Los afortunados que consigan llegar, quizás tengan la oportunidad de obtener su certificado de residencia y, si algún día acaba la guerra,  de volver a sus países de donde han huido. Aunque, considerando lo sucedido hasta el momento, el drama está lejos de divisar su fin. Sobre todo, teniendo en cuenta el trato de la UE, que espera aprobar en los próximos días la ley que permita expulsar a los refugiados recién llegados a #Grecia de vuelta a Turquía.