¡El 15 de agosto al fin llegó! Cumplí la mayoría de edad, podría presumir el INE  por todos lados. Ya era una mujer, y claro, no podía faltar mi regalo. De eso se encargaría el amigo de mi papá, sí, el mismo con el que fue mi primera vez.

Quedamos de vernos a la salida de mi escuela, al mirarlo de lejos alteró todos mis sentidos; Francisco portaba una playera negra y un gorro del mismo color, creo que quiso verse joven para mí. Nos saludamos con un  beso en la boca y subimos a su BMW azul.

Fuimos a su departamento ubicado en Ermita. Una escalera en forma de caracol me recibió, Francisco  me ofreció vodka y pastel de chocolate que me había comprado por ser la festejada; sin embargo, ese no era el regalo.

Me pidió que me sentara sobre sus piernas. "Ven", dijo, mientras señalaba sus pantalones beige. Noté su miembro duro y ansioso por sentir mi gran trasero, así que abrí  el vodka y me  serví en un vaso de vidrio, no sabía que se podía combinar con jugo. Caminé hacia él sintiéndome mujer mientras daba palmadas en sus muslos para que me posara en ellos.

Ya encima de sus piernas, mi pequeña mano acarició su cuerpo hasta llegar al miembro, lo froté  encima del pantalón unas 20 veces. Con mi otra palma sostenía el vaso con vodka, me lo bebí de un solo trago, me paré y me puse de espaldas. Él me dio un par de nalgadas.

Luego del ritual de seducción subimos la intensidad de los mordiscos poco a poco. Tomó mi mano, la llenó de saliva y me indicó que me tocara los pechos para él. Mientras jugaba con mis senos quise hacerle un oral. Mi boca con aliento a vodka disfrutaba el ritmo de arriba para abajo, despacio, para hacerlo más placentero; al parecer eso le encantó, solo cerraba los ojos y se mordía los labios; Francisco me levantó la cabeza y fuimos a su habitación.

Recorrimos el pasillo con olor a lavanda y vi un piano. Las paredes tenían cuadros referentes a la ópera; antes de llegar al cuarto me recargó en una de las fotografías: Maria Callas fue cómplice de nuestras caricias; ya en su habitación me recostó sobre la cama y comenzó a desnudarme. Yo portaba unos cacheteros blancos con puntitos rosas, los bajó lentamente mientras lamía mi ombligo.

Comenzamos la celebración con el misionero. Entró rápido, mi parte le daba la bienvenida cálidamente,  mis pechos se endurecían por la emoción, yo le chupaba la oreja en movimientos circulares, sus ganas por penetrarme eran muy intensas. No paraba, iba cada vez más rápido.

El jugueteo durante el acto fue algo nuevo para mí, cuando entraba me preguntaba "¿eres mi pequeña? ". Al principio me desconcentró."¿Eres mi pequeña?", insistía Francisco.Solo respondí "soy toda tuya". Eso multiplicó su energía.

 Francisco hizo unos cuantos movimientos hasta que bajó a saludar a mi vulva: colocó sus labios en mi parte: me deshice. Quería gritar como si se me saliera el demonio; tuve algo de pena así que mordí sus dedos poco a poquito, estaba experimentando el mayor placer de mi vida, el estómago se me revolvía pero de una manera placentera, cada vez me humedecía más y más. 

Él movía su gruesa lengua sin parar, comencé a gemir. Por un momento sentí como si quisiera orinarme. Se trataba de un orgasmo; Francisco se percató y me dijo que lo dejara fluir, mi vulva se dilataba mientras le salían chorros de placer que se fusionaban con su saliva ácida. Mi cerebro explotaba y las cosquillas recorrían mi estómago, cerré los ojos.

En ese momento yo solo deseaba que él siguiera, le jalé el cabello y empecé a gemir tanto que ya eran gritos. Eso excitó a Francisco, quien bajó la velocidad poco a poco al mismo tiempo que la sensación desaparecía lentamente. Esos ojos color de la oscuridad me miraron, sonreímos y nos fundimos en un abrazo; sabía que nunca olvidaría ese día, mi primer orgasmo con la batuta del mejor amigo de mi padre.

Regina. #El despertar de Regina