Los días iban abstrayéndose en sí mismos, el sol había ido opacándose tras una cortina de químicos, la palidez de la luna era solo una afirmación de que otro día de sufrimiento continuo había concluido. Para Claire todo lo que alguna vez tuvo belleza, fue difuminándose con el soplo doloroso de una enfermedad, que ya no la dejaba sola ni por un instante. El descanso era una agonía, y el suplicio se volvió un visitante familiar en aquel cuarto,  la pesada esencia a medicamento iba aguijoneando la piel de Claire, y  la muerte apostaba de a poco sobre el cuerpo de su próxima compañera de tránsito.  

La eutanasia no es un tema digerible, aun entrado el siglo XXI, todavía cierne las susceptibilidades del alma humana. Los pros y contras suelen quedar en el torbellino, entre las leyes naturales y las del hombre. La muerte siempre ha sido un fenómeno, una reiteración maravillosa de que estamos vivos. Sin embargo, la dignidad de vivir plenamente se ha convertido en una constante de los enfermos terminales.

Entre los países que permiten “el bien morir” están Holanda, Bélgica y Suiza, por mencionar algunos. En lo referente a la muerte asistida,  existen grupos y asociaciones que cuentan con médicos y personal calificado,  para que estas personas puedan ser asistidas con humanidad y al lado de sus seres queridos; parte del diagnóstico cuenta con una estricta consulta psiquiátrica. El paciente tiene que estar en pleno uso de sus facultades mentales, este requisito es el aspecto más importante  para evaluar si la persona es apta para el suicidio asistido. 

La decisión podría parecer insensible ante el sufrimiento del otro; pero en esta ridícula repetición de la regla social, cultural y hegemónica, es ahí donde el requisito común del sufrir,  suprime los rasgos de humanidad  antes del desenlace final. Los sentidos se quedan ingrávidos, con la carne hecha nudos por el espasmo fantasmal, donde la muerte instantánea llega a soplar con un fuego de llama invisible, hallándola en la casualidad  de los caminos y otras veces en la infame  máscara de la violencia, sobre puesta sobre el rostro de otro ser humano, representando la pantomima de la muerte y la vida.

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