Hace algunos días, en México, se llegó a la conclusión de que no existe una ley que cubra de forma general y concisa al delito de la tortura, pues al parecer permanece como un término subjetivo y poco específico, por dicha razón la presidenta de la Comisión de #Derechos Humanos del Senado, Angélica de la Peña, propuso ahondar en el tema para poder esclarecer el delito y sancionar a los torturadores de manera efectiva, así como replantear la situación de algunos presos que al parecer han sido víctimas del mismo sin que se haya actuado en contra del delito.

Lo anterior infiere una pregunta intrigante: ¿Qué es realmente la tortura? ¿Cuándo se considera que alguien es un torturador? La Convención de las Naciones Unidas en Contra de la Tortura (UNCAT por sus siglas en inglés) la define como: “…todo acto por el cual se inflija intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido, o de intimidar o coaccionar a esa persona o a otras, o por cualquier razón basada en cualquier tipo de discriminación, cuando dichos dolores o sufrimientos sean infligidos por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, a instigación suya, o con su consentimiento o aquiescencia. No se considerarán torturas los dolores o sufrimientos que sean consecuencia únicamente de sanciones legítimas, o que sean inherentes o incidentales a éstas”.

A pesar de su planteamiento objetivamente enfocado hacia la población que podría recurrir a este delito, la UNCAT no especifica qué actos pueden ser catalogados como tortura.

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Si bien no contamos con una clara imagen de lo que implica, tenemos conceptos que nos acercan a ella: Infligir dolor, castigar, intimidar, discriminar y coaccionar. Podríamos añadir a dicha definición el término “someter” dado que estamos hablando de un acto en el que el victimario desea hacer que su víctima se vea imposibilitado de cualquier opción que no sea la que el victimario busca, por ejemplo en un interrogatorio, no obstante el papel principal que se juega en dicha dialéctica es el poder. En un acto de tortura, queda claro desde el principio el mando del victimario sobre la víctima al ser él quien ejecuta todo acto que le haga experimentar sufrimiento.

Con lo anterior dicho, podemos preguntarnos qué características debe tener una persona para que pueda ser catalogada como “torturador” Según lo que el psicoanálisis nos diría, claramente hablamos de un individuo con una estructura de personalidad perversa, es decir aquellas personas que poseen precarias herramientas para la convivencia funcional en la sociedad, son emocionalmente planos, no experimentan sentimientos de empatía, son extremadamente narcisistas y velan por su propio bienestar sobre el de los demás, no cuentan con la falta simbólica que todos necesitamos para funcionar, de ahí su nivel de egocentrismo.

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Así mismo, es importante saber reconocer que la definición proporcionada por la UCAT está únicamente dirigida hacia individuos que han sido sometidos a tortura a manos de funcionarios públicos, por lo tanto opino que la solución al dilema podría radicar en contar con una definición que abarque todo tipo de situaciones, actos, ambientes e individuos capaces de llevar a cabo este hecho. No debemos olvidar escenarios como la dinámica del bullying o los que involucran asesinato y secuestro. #Psicología #Salud mental