En noviembre del 2016 fue electo el nuevo presidente de los Estados Unidos con todo y su cuestionado sistema electoral (Hillary Clinton ganó el voto popular pero Trump se llevó el Colegio Electoral) la Unión Americana eligió a #Donald Trump como cabeza del Estado, lo que lo convierte en el hombre más poderoso sobre la faz de la tierra.

Desde el inicio de su campaña electoral, Donald Trump buscó el aplauso, se convirtió en el show man de la política estadounidense. Sin embargo, el problema no es la búsqueda de ese aplauso fácil, sino que en su enfermizo narcisismo, #Donald Trump ha puesto en peligro la estabilidad del orden internacional.

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A través de una serie de promesas sin sentido, Trump se ganó la simpatía de las masas de obreros blancos desempleados o subempleados, de agricultores heridos por el neoliberalismo y de supremacistas antimigrantes. Para muchos medios de comunicación, #Estados Unidos ha pasado de ser "la tierra de la libertad y las oportunidades" en el país del racismo y la purga (en referencia a la controvertida cinta del 2013 de James DeMonaco, The Purge).

A partir del 20 de enero, #Trump deberá cumplir, o intentar cumplir, sus promesas de campaña, la mayoría de ellas con base en argumentos falaces o verdades a medias, las cuales en su mayoría se esgrimieron bajo una lógica aislacionista y globalifóbica.

Desde su independencia, Estados Unidos se debatió entre dos posturas de política exterior. Por un lado una visión intervencionista, muy ligada al imperialismo y, por el otro, el aislacionismo, cuyo fin primordial era mantener la integridad del territorio norteamericano sin intervenir en espacios geográficos extranjeros.

El momento más aislacionista de los Estados Unidos ocurrió en la década de los años 20 del siglo pasado, cuando senado estadounidense decidió no entrar a la Sociedad de Naciones, lo que fue uno de los factores más importantes para el fracaso de dicha institución internacional, que a su vez fue uno de los factores para el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial.

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En la actualidad Estados Unidos tiene demasiados compromisos internacionales (OTAN, G-20, G-8, TLCAN, Consejo de Seguridad, ONU, etc.) para tomar a la ligera una política exterior aislacionista. Tal vez en el siglo XVIII o IX cuando la globalización aún no iniciaba o era primigenia esto hubiera funcionado, no obstante, en la actualidad basta que falle un estado para que todo el sistema falle.

El aislacionismo de Trump no sólo pone en peligro el orden económico internacional, sino también el político. El fin de la Guerra Fría dejó en claro que el máximo polo de poder internacional era Estados Unidos, sin embargo, desde finales de los años noventa y principios del siglo XXI han comenzado a surgir, o resurgir, poderes rivales, entre ellos China y Rusia. En última instancia, el aislacionismo de Trump podría general no sólo una guerra comercial global, sino incluso un cambio en las alianzas internacionales cuyo desenlace sería un desequilibrio en la balanza de poder contemporánea. Así, para bien o para mal, el sistema político internacional entraría en crisis.

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En contradicción, Trump no sólo es partidario del aislacionismo sino también de "el gran garrote". Esta doctrina de política exterior surgió a principios del siglo XX con el primer Roosevelt, quien pregonaba que en negociaciones internacionales -sobre todo con América Latina- Estados Unidos debía actuar con amabilidad y mesura pero siempre demostrando la posibilidad de "usar un gran garrote", es decir, de tornarse violento. Parece ser que Trump se ha quedado sólo con la parte del garrote, pues en prácticamente todas sus declaraciones ha utilizado un lenguaje violento para lograr sus objetivos. Cabe destacar que "el gran garrote" es una doctrina de política exterior francamente intervencionista.

Ahora México y el mundo deberán prepararse para enfrentar la política exterior de lo que parece más un adolescente septuagenario frustrado que un estadista. #Polítca Exterior