Las buenas intenciones del Papa Francisco, quien en reiteradas ocasiones ha pedido perdón y rechazado las conductas de cientos de sacerdotes en todo el mundo, son insuficientes para resarcir el daño que miles de niños y niñas han sufrido por culpa de las aberraciones de los sacerdotes, simplemente porque más allá de esas manifestaciones no hay acciones claras, concretas y contundentes para evitar que estos casos se sigan repitiendo.

Ningún rincón del planeta ha estado exento de los escándalos protagonizados por los curas pederastas. Desde Australia (donde hace poco se conocieron los casos de 4500 niños abusados) hasta los Estados Unidos, pasando por Latinoamérica, se han sacudido por la forma descarada en la que ellos han reconocido, sin pudor y casi naturalizando su conducta, que han sido responsables de abusar sexualmente de cientos de niños y niñas en diferentes países.

Muestra de ello es el caso ocurrido en la ciudad de Cali (#Colombia), donde el sacerdote William Mazo fue condenado a 33 años de prisión por haber abusado sexualmente de 4 menores de edad en el año 2008. Este caso recobró vigencia el pasado 9 de febrero, cuando la prensa colombiana dio a conocer la polémica que se generó a raíz de las declaraciones que dio el Obispo de la Arquidiócesis de Cali, Monseñor Darío de Jesús Monsalve, respecto a la demanda que los padres de las víctimas interpusieron ante un Juez solicitando a la Arquidiócesis resarcimiento e indemnización por los daños morales causados a ellos y a sus hijos.

Concretamente Monsalve, en representación de la Arquidiócesis y a través de su abogado, aseguró que el hecho de que Mazo hubiera abusado de los niños, era responsabilidad de sus padres y cuidadores, señalando que estos ‘faltaron a su deber’ y que además hubo ‘negligencia’:

“Teniendo de presente lo anterior, se determina de esta manera que la causa del daño es atribuible de manera exclusiva a las víctimas indirectas, quienes faltaron a su deber de cuidado, vigilancia, comunicación, protección, etc., de unos niños de 10 y 13 años que bajo ninguna circunstancia podían decidir, resolver, determinar el curso y devenir de su vida y su libertad sexual, exponiéndolos al riesgo y desconociendo con ello el deber de cuidado que les correspondía. En otras palabras, la causa eficiente del daño es la conducta negligente adoptada por las mismas víctimas indirectas (padres, abuelos, tíos), la cual por imposición, no sólo constitucional como se citó, sino moral y de costumbre, eran los llamados a estar allí para custodiar el bien más preciado: los niños”, declaró Monsalve a través de su abogado.

Lo dicho por Monseñor despertó la indignación de miles de colombianos, que expresaron su repudio a la forma como la Iglesia naturalizó y justificó el abuso sexual a niños y niñas cometido por sacerdotes. Monsalve, que anteriormente fue reconocido por sus posturas progresistas a favor de la comunidad LGBTI y por defender el Acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC, demostró la doble moral, la hipocresía y la corrupción que caracteriza a la mayor parte de la iglesia, tal como sucede con otras instituciones de Colombia y el mundo.

De nada servirán los mea culpa de Monseñor Monsalve con frases como, “Les pedimos perdón por ocasionar tanto sufrimiento” y “cero tolerancia a estas conductas”, mientras se siga naturalizando algo absolutamente injustificable como al abuso sexual a niños y niñas, y no se reconozca la amenaza que hoy representa la iglesia para ellos. La justificación de estas conductas es igual a decir que las mujeres son maltratadas porque ellas así lo buscan o que si a alguien lo asaltan en la calle, es porque se descuidó y lo permitió. #Abuso sexual a menores #Iglesia Católica