La semana pasada leí aquí mismo en la página una noticia muy triste. El niño valenciano enfermo de cáncer que soñaba con ser torero, murió.

Supe de él porque uno de mis contactos en Facebook compartió el año pasado un vídeo del periodista Iker Jiménez en donde cuestionaba la pretendida bondad de los animalistas, que maldijeron al pequeño por haber salido de la plaza en hombros de los matadores, por recibir el cariño y admiración del público y autoridades taurinas, en una corrida cuyos ingresos fueron donados a la Fundación de Oncohematología Infantil.

En el momento en que el compañero Alejandro Barragán posteaba su texto, los excelsos, sublimes y espirituales antitaurinos, se alegraban de que ese precioso valiente ya no estuviera con nosotros.

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Los seres humanos a veces somos tan diestros que sin darnos cuenta, empezamos a usar la zurda.

El movimiento animalista fue dado a conocer al mundo por los nazis, que ya sabemos el trato peor que #Animales que dieron a sus prisioneros de guerra y a algunos de sus ciudadanos con los pretextos más variopintos: eran judíos, gitanos, testigos de Jehová, disidentes, discapacitados, estaban locos, eran gemelos, ya estaban viejos, eran de raza inferior...

El primer defensor de cuadrúpedos de que se tiene noticia fue el persa Zaratustra, creador de la religión parsi que aún sobrevive en la ciudad de Mumbay (Bombay), en la India. Los parsis son una comunidad que hoy lamenta la extinción de los buitres porque ya no hay quién se coma los cadáveres y no pueden pensar en algo distinto a su Torre del Silencio.

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Para ellos, cualquier cosa que no sea ser devorado por las aves carroñeras es una profanación. Contamina la tierra, el agua, el aire y hasta el fuego.

Ignoro si hay mayor sentimiento de culpa, pero voy entendiendo de dónde viene la idea de que ensuciamos el planeta con el mero hecho de existir. Por otro lado, la India es un país que trata a las mujeres y a las niñas como bestias de utilidad... en Occidente estamos mejor; somos maquiladoras de resentidos, así que de bestia a maquiladora... pues ahí vamos cuesta arriba.

En 1874, en los Estados Unidos, se llevó a cabo el primer juicio por maltrato infantil en contra de una mujer que le daba vida infrahumana a su criatura, que durante el litigio fue defendida y representada, ¡por la Sociedad Protectora de Animales! ¡La institución que ha creado a las hordas beligerantes que insultan hasta a los niños, como sueñen con ser toreros!

Tengo algunos cuestionamientos qué hacerles a veganos y animalistas: Todo derecho genera una obligación. Si los animales van a tener derechos, ¿qué obligaciones asumirán?

Los animales más defendidos son perros y gatos.

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Las mascotas de una casa. ¿Por qué no defienden a ratas, moscas y cucarachas, a seres de la fauna nociva? También son animales y sienten, ¿no?

Por si no se habían percatado, las plantas igual son seres vivos. A esas, porque no se quejan, ¿se vale matarlas y comérnoslas? ¡Al paso que van, acabarán por comer polvo y piedras y hasta de eso se van a sentir culpables! Tengan cuidado con esa doble moral porque les está dividiendo la mente.

Me considero animalista, ¡pero al primer animal que defiendo es al racional de dos patas! A más de un antitaurino he visto que del escrache corre al supermercado a comprar sus bisteces. Sé de vegetarianos que comen carne a escondidas y de otros deschavetados por ahí que se hacen llamar respiracionistas, que dicen que ya no prueban bocado ni toman líquido alguno, ¡pero que se atascan de lo que encuentran cuando ya nadie los ve! Digo, si son razonables, porque hay quienes creen a pié juntillas en esas patrañas y se están dejando morir de inanición.

El movimiento animalista es un ardid político y está patrocinado. Quienes convocan y dirigen esas manifestaciones reciben una muy buena paga. Entonces no tienen inconveniente en desnudarse en público, embadurnarse de pintura roja, ponerse máscara de toro y gritar que vale más la vida de un animal que la de una persona. ¡Liberemos entonces a los animales del despotismo del homo sapiens! ¡Derecho a la vida, a la libertad y a protección contra la tortura!

Y así, con tal de seguirnos llevando el billete, gritemos también, a la manera del metalenguaje universitario más pedante y grosero, que los animales no son máquinas ni automatismos reactivos ni tampoco mecanismos instintuales, sino sujetos operatorios cuya racionalidad conductual no podrá desconocerse fuera de la física humanista espiritualista, ¡y amén! #Educación #Derechos Humanos