Me hago las preguntas desde que vi la serie Ingobernable, protagonizada por Kate del Castillo. Los acontecimientos se ubican en la Ciudad de México, en dos lugares emblemáticos para todo el país: la Residencia Oficial de Los Pinos y el barrio de Tepito, a un costado del Zócalo, de la plaza donde aún están los templos dedicados a Huitzilopochtli y Tlaloc. En ruinas, semienterrados, pero no se han movido de ahí. Del mismo modo que también permanece inamovible la Ordenanza de Cuauhtemoc y entonces vemos durante quince episodios a una mujer que en todo momento lucha al amparo de su destino.

El barrio de Tepito fue el último bastión en la guerra contra los españoles durante la conquista.

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Ahí fue apresado el último emperador azteca y torturado. Ahí le quemaron los pies hasta convertírselos en un par de muñones carbonizados y de ahí fue sacado, cual monigote de feria para ser exhibido en lugares tan remotos como el Soconusco, donde murió.

El recuerdo de aquellos 93 días de resistencia sigue vivo en la bravura de sus habitantes, que si se ven precisados, se levantan en armas y se rafaguean con policías, granaderos y hasta con el ejército.

El recuerdo de aquellos días se niega heroica y tozudamente a desaparecer e insiste en ello cada 13 de agosto, cuando los tepiteños se reúnen en el templo de la Inmaculada Concepción y conmemoran la caída de la Gran Tenochtitlan. ¡Bendita tozudez, porque esa fecha debería ser para toda la ciudad tan importante como el grito del 15 de septiembre! ¡Como la pasión y muerte del Cristo de Iztapalapa o el día de los Fieles Difuntos!

No es casual entonces que, primero los guionistas de la serie televisiva y luego el público, fantaseemos con la historia de una prófuga de la posición más alta a la que puede tener acceso una mujer casada en este país, que busca y encuentra refugio en una modesta república indígena, miserable enclave colonial, arrabal de la Ciudad de los Palacios, semillero de campeones de boxeo, de vendedores de generación en generación, artesanos por necesidad, que han comerciado lo mismo con baratijas, cosas usadas, electrodomésticos, ropa, armas, drogas, personas...

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y lo que les vaya indicando la tendencia, a veces la imposición de los cártels que mandan detrás del trono.

México en realidad tiene dos centros de poder y el más fuerte es Tepito. El otro es Chapultepec, bosque sagrado para los antiguos mexicas, lugar a donde iba Moctezuma Xocoyotzin, otro emperador azteca, a disfrutar de sus baños de temazcal. También ahí hubo un zoológico en el que podían verse no sólo animales, sino personas desfiguradas, ya sea por enfermedades congénitas o por consecuencia de las Guerras Floridas.

Ahí en el Cerro del Chapulín, el virrey Bernardo de Gálvez y Madrid construyó su palacio de veraneo, que hoy es conocido como el Castillo de Chapultepec y desde entonces ha sido muchas cosas: almacén de granos, escuela militar, palacio de los emperadores Maximiliano y Carlota, residencia oficial del Presidente de la República, hasta que Lázaro Cárdenas decretó que fuera Museo Nacional de Historia.

La Residencia Oficial de Los Pinos, antiguo rancho La Hormiga, ubicado en el mero corazón del bosque, es desde 1935 el domicilio del presidente en turno y efectivamente, por ahí ha pasado la crema y nata de criollos y mestizos, los nacidos en América.

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El poder de cuello blanco y de apariencia blandengue. El que pone a los bravos arrabaleros a ejecutar el trabajo sucio, para no estropear, ni su ropa, ni sus manos.

Y vemos a Emilia Urquizo rodeada de hombres encumbrados y mujeres hieráticas que sólo esperan que cumpla con su papel de primera dama, que guarde apariencias y viva de eso, como hace la gente normal, la gobernable. La preservación del orden por sobre todas las cosas. Salvaguardar la imagen de la civilización, que bien lo merece por haber llegado hasta este siglo XXI, porque ha destacado en su capacidad para acumular dinero y avanzar tecnológicamente, no importa si se ha llegado hasta ahí dominando personas a base del miedo al dolor y a la muerte. #Enrique Peña Nieto #Angélica Rivera #Corrupción