Aquella mañana los vecinos se sorprendieron. El vestíbulo del edificio estaba lleno de basura. Se abrieron paso por las latas embarradas de salsa de tomate, cáscaras de huevo y frutas, pañales desechados, vasos de yogur y cartones que contuvieron leche. Por eso se supo que el tiradero venía de una casa donde hay un bebé. Pero a todo eso era indiferente la estampida mañanera. Hasta las moscas se hicieron a un lado.

No había tiempo qué perder, casi era hora de llegar a la oficina, de pasar a dejar a los niños a la escuela. Niños bien vestidos con sus uniformes, que habían desayunado, que no tenían para qué pensar en el chavito escuálido de la azotea que va a la escuela en la tarde y que no habla.

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Con nadie.

A algunas personas les medio contesta y eso nada más porque ya los conoce de tiempo o porque son su madre y su padrastro y ahí también para evitar que lo derrenguen a golpes, que hasta eso es un decir; puede que ya para él sea un mérito lograr que sólo le den dos palizas de cinco que podrían ser.

No se sabe a qué hora duerme, porque hay quien ha visto a su madre lavando ropa a las tres de la mañana y el niño escuálido haciéndole compañía y recibiendo un coscorrón como tenga la osadía de cabecear. A las seis está despierto, acarreando agua para el barril de cincuenta galones que tienen de reserva. Lava el patio, trapea y barre la casa. En una palabra es el mozo de la familia que forman su madre, su padrastro y los tres hijos que han tenido durante la unión.

El letrero con insultos es en realidad otro grito desesperado.

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Lo escribió la persona que abrió el elevador por la pestilencia que salía y vio todas las bolsas de basura amontonadas. Después de sacar su coraje en esas letras negras sobre la puerta dorada del ascensor que nadie usa, investigó en las tres familias donde hay niños bebés. Y como los buenos policías, hizo su deducción: ¿quiénes se pusieron a la defensiva? ¡Pues de ahí vino el problema! Donde lloran, está el muerto, es así como reza el dicho. Así fue como se supo que al chavito escuálido de la azotea que va a la escuela en la tarde y que no habla con nadie, se le va el camión de la basura. Nunca lo alcanza y para evitar la golpiza por regresar a su casa con las bolsas de deshechos, pues las escondió en el elevador.

También se supo que roba. Ha cometido dos atracos entre los mismos vecinos. Ha obtenido botines de poca monta, pero ya empieza a ser catalogado como peligroso. Se han descubierto lugares en donde tiene sus escondites para dinero, dulces y cosas que pepena por ahí.

Si la madre se proponía formar a un ratero y además antipático, hay que felicitarla.

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Difícilmente podía haberlo hecho mejor. Ese niño ha aprendido que puede abusar de quien quiera y mientras logre dar la apariencia que la gente espera que tenga, haga lo que haga no será castigado. Pero quién sabe si encuentre amigos, si pueda estar con gente que de verdad lo aprecie. Aún ahora que es niño, que todavía tiene chance de cambiar el rumbo, cuesta muchísimo trabajo sentir compasión por él. #Educación