No, «indignación» no es la palabra. Es como si #Javier Duarte hubiera escupido en la cara de cada una de las abuelitas de cada uno de los mexicanos. Dos veces. Una ira atípica, derivada de un hastío que cada año dice estar al límite, ha lanzado calificativos, todos despectivos, en contra de quien, antes de desaparecer del país, se apartó del mando veracruzano alegando algo que tenía que ver con la justicia y las falsas acusaciones. Más bajo se puede, pero eso vendría después.

No se trata de caer en la famosa falacia ad hominem, pero ¿qué tanto de Duarte está en nosotros? Quizá más de lo que queremos admitir.

Más sobre el ad hominem

El no tan notable presidente de nuestro México, en cierta ocasión dijo que la #Corrupción era un tema cultural: muy mexicano.

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El problema con esta declaración es que parecía disculpar la corrupción en el #Gobierno y, además, venía de alguien cuya popularidad ha bajado desde el primer minuto que tomó las riendas del país. De inmediato llegaron las comparaciones: "¿cómo puede él hablar de corrupción, siendo su partido el más corrupto de la historia?" Falacia ad hominem: claro que puede. Es cierto, no se ve bien. Pero puede. El dicho no se invalida porque lo diga él. Quizá tenga razón.

Pensamos que el gobierno tiene la culpa de todo, hasta del clima. El gobierno manipula los resultados del fútbol, las noticias, el precio del queso crema y hasta las designaciones de la FIFA. Somos gobernados por lo peor de lo peor. Lex Luthor es un flan, comparado con el dedo meñique del senador más insignificante de nuestra Cámara.

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¿De qué generación espontánea salieron los que nos gobiernan? El cáncer está en nosotros pero como cuando juzgamos - y no es que sea malo hacerlo - somos la Divina Providencia, pensamos que podemos tirar la primera, la segunda y la enésima piedra. Contra todos. Nuestro juicio está nublado por la parcialidad de nuestra supuesta buena conducta. El otro está mal. Yo no. Error.

De nuevo: ad hominem. Invertido. No tenemos la verdad por ser, simplemente, nosotros.

La otra falacia: el pueblo es bueno

Alguien una vez dijo que en este país "parece pecado tener dinero". Sí. Uno piensa mal. "Seguramente estafó a fulano." "Sobornó al Gobierno y por eso se quedó con el monopolo del pan de caja." El siguiente me gusta, porque hace referencia a personas que conozco: "Su familia le robó a mi familia." Ahí estaba la señora, molesta con sus ochenta y tantos años, no importándole que yo tuviese el apellido del malo de la historia. La señora encajaría muy bien el ese concepto extraño que es «pueblo»: ingresos no importantes, gente de rancho, estudios básicos o ni eso.

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Quienes inventaron el concepto se hacen llamar como ellos, pero es claro que no lo son y sólo lo hacen para ganarse la simpatía del prójimo.

La mafia del poder. Ellos, los empresarios, los gobernadores, los de dinero. Ellos son los malos.

Algo muy de «pueblo» es el RTP. Red de Transporte de Pasajeros. Dos pesos el viaje, tarifa única. Me gusta usarlo cuando no es hora pico porque, como a todos, no le gusta estar compartiendo olores y contacto físico en un metro cuadrado de espacio con siete personas al mismo tiempo. En uno de esos viajes relativemente tranquilos me tocó, en una ocasión, escuchar la pueblerina opinión de dos albañiles: "No, compadre, hay que decir que fue más y nos quedamos con lo que sobre."

Me tocó un tiempo trabajar con el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, el INEA. Como la educación en general, fue un caso triste. Quizá en otra ocasión platique de ellos. Ahí también acudía mucho pueblo. Y sus historias. Violencia, carencia, indiferencia a la escuela misma, "yo sólo vine porque me dijeron en PROSPERA que viniera".

Ergo...

Posiblemente quienes critiquemos seamos el epítome de los valores, de la verdad y la honestidad. Posiblemente no prefiramos ir al Centro y conseguir por medios más baratos el celular o las películas. Posiblemente no demos un billete al poli, a cambio de que nos dejen seguir nuestro camino en paz. Posiblemente no hagamos vista gorda si el ofensor es cuate. Posiblemente. Pero otros sí. Y, esos otros (sorpresa) son personas como quienes dicen gobernar. Nos guste o no: Javier Duarte es también nuestro reflejo.