En la antigüedad se la consideró un elemento, hasta que en el siglo XVIII Henry Cavendish descubrió que el agua es una sustancia compuesta. Después Lavoisier desarrolló el trabajo de su antecesor y dijo que los dos elementos que constituyen el agua son hidrógeno y oxígeno. Más adelante, en el siglo XIX, Gay Lussac y Alexander Von Humboldt demostraron que una molécula de agua se hacía con dos átomos de hidrógeno por uno de oxígeno.

Se inventó la máquina de vapor aprovechando que el agua pasa del estado líquido al gaseoso con elevar la temperatura a cien grados centígrados y se han estudiado desde entonces sus estados, propiedades moleculares, mecánicas, eléctricas y magnéticas.

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Las reacciones químicas del agua han sido objeto de la curiosidad de varias generaciones de científicos, que por obra y gracia de honorarios cobrados a los grandes consorcios alimenticios han convertido a nuestro líquido vital en la sustancia más investigada y la menos entendida.

Al grado de no saber si es un derecho humano o un bien como cualquier otro que se pueda acumular, vender, intercambiar, ¡robar! Vaya, para que Peter Braveck-Letmathe, alto ejecutivo de una de las empresas procesadoras de alimentos más importantes del mundo haya dicho que el uso del agua no nos corresponde por el sólo hecho de estar vivos, sino que debemos demostrar que tenemos con qué pagar su consumo, es que no sabemos ni dónde estamos parados.

Como herramienta disciplinaria para que toda la gente aprenda a no desperdiciar el agua, pudiera ser que el dinero tenga un buen uso; lo malo es cuando se llega a situaciones como las que se viven en África, Centroamérica y algunos lugares de México como Puebla y Jalisco, en donde comunidades enteras no tienen forma de guisar, ni lavar ropa, ni asearse, aunque hayan pagado las cuotas por suministro, dadas las consesiones que el #Gobierno del país ha hecho a corporaciones de la industria refresquera, por mencionar una.

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El que haya más empeño en llevar agua a zonas industriales que a unidades habitacionales, nos habla de que seguimos gobernados por personas que consideran a la naturaleza como un enemigo a vencer y que sólo es bueno y bonito aquello que puede convertirse en dinero.

El agua es tan importante, que las grandes civilizaciones del planeta se han formado a las orillas de ríos o junto al mar. Mesopotamia, la cuna de la cultura de la humanidad, se formó entre los ríos Tigris y Éufrates. Roma, Grecia y Cartago a orillas del Mar Mediterráneo.

Puede ser que la actual crisis que ha tomado ya tintes violentos se deba no sólo al petróleo ni a los yacimientos de oro, sino al agua. Al derecho que las empresas creen tener para utilizar en su exclusivo beneficio los mantos acuíferos de todo el mundo. Irak está en lo que fuera Mesopotamia y Rusia tiene, en Siberia, al lago Baikal que es la fuente más grande de agua dulce en el mundo.

Mientras las grandes potencias dirimen sus dificultades, nosotros los de a pie podemos fantasear con la idea de que en unos cuantos años será posible ir a Marte o a alguna de las lunas de Júpiter a acarrear el agua que nos haga falta.

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#Ecología #Corrupción