Preámbulos

Siempre que alguien identifica algún fenómeno y lo nombra por medio de un vocablo grandilocuente, pienso en la paradoja: “Nada más viejo que lo nuevo”. El culto por la novedad pareciera bastante respetado en nuestras sociedades tecnológicas. Algunas veces, los periódicos impresos días atrás contienen análisis más certeros sobre la agenda pública que los publicados el día de hoy; sin embargo, los diarios pretéritos dan vértigo. Pareciera que contagian aquello que trasforma sus grises páginas en amarillas. Ciertamente, envejecer nos aterra. Por lo mismo, simular juventud no representa un vicio de espíritus materialistas, sino una estrategia básica de sobrevivencia.

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Es curioso escribir a estas alturas sobre ediciones impresas sin dejar de sentir una especie de nostalgia (esa “mezcla entre dolor y placer que ocasiona la rememoración”, según Roland Barthes), toda vez que la lectura en pantallas se expande, especialmente en el terreno de la prensa escrita, cada vez más adaptada a la vertiginosa dinámica de las redes sociales. En efecto, la carretera digital visibiliza un sinnúmero de problemáticas en tiempo real. Las primicias se persiguen a muerte, aun cuando se pierdan en timelines renovados por segundo. Gracias a Twitter y Facebook, la noción del instante se ha vuelto densa y compleja.

Con respecto a la necesidad de información en la cultura del espectáculo, la vorágine de las noticias sobrecarga el discernimiento, llenándolo de información.

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Una de dos: o nos convertimos en Funes, ese personaje de Borges cuya memoria privilegiada le impedía pensar, o buscamos a Dory, el personaje animado que mejor refleja nuestra amnesia colectiva.

Posverdad y la falta de memoria histórica

El rollo viene a cuento por un término muy cacareado en tiempos recientes: la #Posverdad. La palabra del 2016, según el Diccionario Oxford hace referencia a la predominancia, en términos del discurso, de mensajes emotivos dirigidos a la visceralidad y no al pensamiento crítico de sus receptores. Ya no se trata de convencerlos a partir de de cifras económicas o de futuras políticas públicas, sino de exacerbar susceptibilidades con argumentos emotivos que sume personas a una causa en común.

Desde luego, se ha recurrido a este término para aventurar explicaciones de dos situaciones que marcaron la agenda internacional durante el año pasado: el Brexit y la llegada de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos. Si bien ambas situaciones contravinieron las tendencias de las encuestas —quizás las entidades más desprestigiadas de ambos comicios—, no considero que dichas coyunturas sean absolutamente novedosas.

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Concretamente en el ascenso del magnate neoyorquino, su estilo personal de comunicación se basa claramente en la difusión publicitaria propuesta por el nacionalsocialista Joseph Goebbels (1897-1945), concretamente en “Los once principios de la propaganda”:

  1. Simplificación y enemigo único. Naturalmente, la mejor manera de obtener aliados estriba en la construcción de un adversario que amenaza la estabilidad y el patrimonio de una población: en este caso, se trata de los inmigrantes indocumentados, concretamente los mexicanos y centroamericanos, así como los provenientes de países con mayoría musulmana.
  2. Método de contagio. El enemigo penetra las fronteras, a la manera de un virus, y enferma a un cuerpo sano; en este caso, la corporalidad saludable representa a la nación más poderosa del mundo. Al respecto, no se olvide la comparación que hizo en días recientes el hombre del peluquín: los migrantes son como serpientes que muerden la mano que los cura y les da de comer.
  3. Transposición. Hay que echarle la culpa a los foráneos de los males sociales. La falta de seguridad en las fronteras es a causa de la corrupción en el país vecino, no debido al comercio ilegal de armas ni a la demanda de drogas de sus ciudadanos. De esta forma, se responsabiliza al enemigo de los males propios. Otro ejemplo es el de culpar a los países firmantes del Tratado de Libre Comercio de América del Norte de enriquecerse a costillas de la pobre superpotencia.
  4. Exageración y desfiguración. Los delitos cometidos por casos particulares de mexicanos y musulmanes se exacerban al punto de criminalizar la migración. Todos los mexicanos somos violadores, asesinos y narcotraficantes. De la misma manera, los musulmanes son extremistas de alguna organización terrorista que planean atentados suicidas. No sólo es imprescindible deshacerse de infractores expatriados, sino de toda la comunidad.
  5. Vulgarización. #Trump afirmó durante su campaña que él se dirigía al pueblo llano, víctima de políticas públicas que han favorecido a los advenedizos ilegales, las cuales son dictadas por burócratas anquilosados en las estructuras centrales del poder. Entre más elemental sea el razonamiento, mejor. Hay que manejar un lenguaje de fácil acceso, un tanto torpe, excesivamente escandaloso y agresivo con el propósito de sorprender al elector, hacerle creer que el candidato habla “con la voz de la mayoría”.
  6. Orquestación. Se deben esgrimir pocas ideas: los inmigrantes indocumentados, principalmente los mexicanos y los musulmanes, son los responsables de la falta de empleos y la inseguridad en el país. Las políticas asistencialistas son culpables del cobro excesivo de impuestos y el calentamiento global es un invento de China para frenar la competitividad de las empresas estadounidenses. Esta tríada de conceptos se repitieron ad náuseam durante la campaña y en los primeros 100 días de gobierno.
  7. Renovación. Hay que dar nuevas noticias con el objetivo de confundir. Si hoy el adversario es México, mañana será Rusia, Corea del Norte, China, Canadá, Alemania, el FBI, la CIA, los medios, Meryl Streep, Saturday Night Live, Snoop Dog, etcétera. Los alegatos pasan por los ojos y oídos de los espectadores, sin que éste pueda detenerse a reflexionar en ninguna. De ahí que la herramienta de comunicación por excelencia sea Twitter, esa autopista de la información que todo lo informa, saturando la coyuntura con nuevos elementos. “Muchas noticias terminan por ser ninguna” (José Pablo Feinmann dixit) o, en palabras de Octavio Paz: “la mucha luz es como la mucha sombra”. De esta manera, se asegura que cuando el antagonista responda, el público ya discuta nuevas diatribas.
  8. Verosimilitud. Trump ha demostrado particular talento en este punto. Se trata de presentar información fragmentaria, presentada a medias, para construir eventos ficticios con ayuda de fuentes diversas, ello con la intención de generar bombas de humo que acallen pifias y escándalos propios (como la relación entre sus colaboradores con el Kremlin). El caso más representativo de este punto es el supuesto atentado en Suecia, el cual supuestamente había visto el empresario en Fox News, o la supuesta masacre en Bowling Green. En todo esto, la presente administración se ha servido de la prensa afín, sobre todo el sitio de noticias alternativas Breitbart News, cuyo controvertido creador, Steve Bannon, hace poco fue removido como asesor en seguridad nacional.
  9. Silenciación. Hay que acallar voces críticas y desacreditar información que favorezcan al adversario, o bien que desacrediten los excesos discursivos. Probablemente éste sea uno de los aspectos que más han permeado en la agenda, concretamente el grito de guerra más afamado del hombre con piel naranja: Fake news! En ese sentido, la prensa independiente como New York Times, The Washington Post, New Yorker o Time han sufrido críticas de este tipo.
  10. Transfusión. Las invectivas de la actual administración han utilizado un entramado de odios y prejuicios tradicionales del sector poblacional predominante entre los votantes: los blancos (más del 70% del padrón). Naturalmente, el racismo forma parte del sustrato cultural en la historia de esa república. Si había sido demasiado tolerar durante ocho años a un afroamericano, la llegada de una mujer al poder habría dado al traste a otro sustrato preexistente: la misoginia.
  11. Unanimidad. Refiere a una falsa impresión: vociferar improperios y hacerlos pasar como la opinión de las mayorías. En ese sentido, la retórica del permeó en sectores musulmanes y latinos. Éstos ignoraron abiertamente los improperios a sus respectivas comunidades, aduciendo que “el Congreso le impediría levantar muros o vetar la inmigración de personas de Medio Oriente”; en cambio, suscribieron la idea de que Hillary Clinton representaba a la corrupción y el burocratismo de los políticos de siempre, identificando a Trump como una persona exitosa que sólo deseaba “ayudar a los demás a serlo”. De esta forma, la opinión pública se aliena en pos de un solo fin: Make America great again!

De esta manera, no hay nada nuevo bajo el Sol en esta era digital, no al menos en términos de propaganda y difusión de mentiras que, repetidas, se convierten en certezas artificiales que seducen a las masas. La posverdad, en ese sentido, no es otra cosa que una reapropiación de los principios propagandísticos nazistas adaptados a la sociedad de la información. #Goebbels