A lo largo del tiempo, la ciencia ha servido para construir analogías innovadoras sobre la mente y el cuerpo humanos. La tecnología, su aplicación práctica, nos conforma al punto de definir nuestras visiones ­(tele-visiones, para subirnos al barco de la #Posmodernidad) sobre el mundo y la realidad. La manera en que relatamos nuestras experiencias se circunscribe a los estilos discursivos de la industria filmo-serial hegemónica. Sus modelos de representación no sólo comprenden costumbres y aspiraciones, también definen recuerdos y fantasías.

Cíborgs narcisistas

Debido a las innumerables ventajas que brindan los dispositivos electrónicos, tanto procesadores como discos duros se han utilizado para interpretar analógicamente las funciones de nuestro cerebro, ese organismo que, de acuerdo con Douglas Hofstadter, figura “una máquina de pensar”.

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Sin abandonar su constitución biológica, procesos cognitivos como la imaginación y la memoria convergen hacia el plano virtual. Los procedimientos mentales tienden a incorporar elementos tecnológicos, al grado de convertirnos en organismos autoconscientes que fantasean con azuladas siluetas eléctricas.

Con ayuda de las correspondencias analógicas, en estos días es común escuchar que alguien con capacidad de retención cuenta con más gigas. Entre más avezada su agilidad mental, de mayor solvencia es su procesador. Por otra parte, cuando recordamos manifestaciones culturales deleznables, comentamos: “uno siempre guarda basura en el disco duro”. Desde esa óptica no extraña que, con la proliferación de contenido en línea, muchos consideren la descarga de archivos una cuestión que entorpece el funcionamiento del sistema.

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En el terreno de lo analógico, si acumular información equivale al ejercicio de la memoria, nuestro hardware cerebral podría ser propenso a ralentizaciones si aglomeramos conocimientos y remembranzas.

La nube cibernética se ha convertido en una herramienta idónea para el resguardo de experiencias, no sólo por el poder de acumular, entre un conjunto de cosas, momentos junto a seres queridos, sino porque las ilustraciones son consideradas prueba de verdad. No es suficiente narrar lo ocurrido, es necesario acompañarlo con videos y fotografías. En caso de no contar con alguna de estas “evidencias”, las experiencias se contaminan de un tufo de mentira.

Probablemente por ello proliferen personas que sobrellevan el grueso de sus proezas detrás de dispositivos móviles. Mejor resguardar hazañas de este modo que hacerlo únicamente con el armatoste biológico, siempre propenso a fallos irreparables en el sistema operativo. En esa línea de ideas, ha cobrado popularidad #Snapchat, la red social que borra actualizaciones de perfiles cada 24 horas.

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Ello remite a la locución latina carpe diem. La novedad no estriba en que gocemos del presente, sino en difuminar rastros de vivencias que pudieron ser divertidas e intensas, pero que no conforman una experiencia digna del feis.

Como ese personaje de Black Mirror, agobiado por una sociedad que pondera la popularidad en redes sociales, nos hemos convertido en cíborgs megalómanos necesitados de la aprobación ajena, obsesionados por mostrar nuestra cara más amable, aun cuando tengamos que fingir y consultar secretamente miedos y fracasos. Somos entes que enfrentan realidades problemáticas, mientras navegamos como autómatas alrededor de una rutilante autopista comunicativa.

¿Interesan los orígenes?

A la luz de tales vicisitudes, ¿qué función tendrá la memoria histórica y el análisis sobre las causas primarias en una era que supedita la remembranza a la capacidad de almacenamiento de los dispositivos? En principio se podría pensar que ambos procesos requieren de abstracciones ligadas al cerebro y no a la máquina. La memoria histórica, entre otras cosas, constituye una oportunidad para comprender procesos sociales que inciden en el presente.

Con respecto al origen, Friedrich Nietzsche identificó un cambio discursivo de la percepción humana sobre la existencia: el abandono de la cultura helénica de su “espíritu trágico”. Según el alemán, éste alude a una actitud que transforma en fuerza creativa las iniquidades de la vida. La ficción trágica equilibraba dos pulsiones antagónicas: el ansia de poesía y orden racional, simbolizados por el Dios Apolo, y la necesidad de embriaguez y sensualidad, personificados en Dionisio. Por lo mismo, se conjuntaban dos tendencias culturalmente antagónicas: capacidades racionales con ímpetus corpóreos. De acuerdo con el alemán, Sócrates contribuyó con la muerte del espíritu trágico al inclinarse hacia lo apolíneo, algo que de una manera u otra repercutiría en la #Filosofía moderna, la cual tomó el método científico y materialista como modelo de verdad.

Pareciera que en los últimos 30 años la sociedad se ha inclinado hacia el ámbito dionisíaco, terreno de la embriaguez y el Carnaval, pero también del cuidado del cuerpo, elemento que finalmente nos vincula con la vida. La celebración de la sensualidad es una manera de hacer frente al sometimiento del cuerpo a la mente. Sin embargo, es preocupante la decaída de prácticas apolíneas, como el ejercicio de la memoria. Suena peligroso dejarle a Google no sólo el resguardo, sino la enseñanza de los procesos históricos. Si el origen se constriñe a una consulta de Wikipedia, ¿hay espacio para el ramillete de versiones y visiones que convergen en la disciplina social?, ¿nos quedaremos con perspectivas sintéticas y elementales de la misma? Si es así, entonces convendría cuestionar los primeros lugares del buscador.

El denso caudal del presente sobrecarga de información la capacidad de retener, procesar y producir conocimiento. Constantemente olvidamos lo que pasa delante de nosotros. No hay tiempo ni espacio para la reflexión cuando permanecemos en una vertiginosa montaña rusa comunicativa. Por añadidura, los programas oficiales de estudio han reducido horas a la enseñanza de la historia, la cual estuvo anclada a la repetición mecánica de fechas, no de procesos. Ciertamente preguntar sobre los orígenes, las causas o las situaciones que desencadenaron series de eventos no tiene mucho sentido en una sociedad que es incapaz de recordar lo que aconteció hace poco. Un ejercicio consistente de la rememoración histórica alertaría sobre la vuelta en la agenda mundial de políticas xenófobas que responsabilizan a sectores poblacionales de problemáticas económicas. Quizás por lo mismo, sea conveniente mirar más allá del vitalismo filosófico nietzscheano y ponderar de mejor manera esa otra vertiente interesada en las nociones de genealogía. Los estudios genealógicos permitirían ponderar esos errores que, durante los años treinta de la pasada centuria, toleraron el ascenso del fascismo, esto es, la consolidación de una política que justificó el exterminio. De otra forma, habremos convertido la interfaz de Snapchat en la normalización virtual de la amnesia colectiva.