Tasas de natalidad todavía muy altas

Aunque han disminuido ligeramente desde el último censo de población, en el año 2010, las tasas de natalidad continúan siendo muy altas en México. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en 2016 la tasa bruta de natalidad fue superior a 18 nacimientos por cada 1.000 habitantes, mientras que la tasa bruta de mortalidad, no alcanzó las 6 defunciones por cada 1.000 habitantes. Esto ha provocado un crecimiento promedio de la población, de más de 1 millón de habitantes al año, pese a que el saldo migratorio externo ha sido predominantemente negativo en este período (2010-2016).

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Las cosas podrían complicarse más, si las actuales políticas migratorias en los Estados Unidos, terminan provocando una oleada de repatriaciones, o limitan drásticamente el número de personas que sale cada año del país, e incluso ambos escenarios.

Ningún país puede permitirse confiar en que la migración externa aliviará la presión sobre la capacidad del Estado, para sostener a una población cada vez más numerosa, y al mismo tiempo, indicadores de calidad de vida elevados. Lo anterior tiene especial importancia, si consideramos que la mayoría de la población que emigra al exterior, son adultos en edad productiva, mientras que las personas de 60 años y más, tienden a permanecer en el país. Recae entonces entre aquellos comprendidos entre los 15 y los 60 años de edad, la descomunal tarea de sostener a la economía, así como a la población entre 0 y 14 años y a los de más de 60.

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Esto, sin contar que estar en edad productiva no es garantía de empleo, y que mientras la oferta de mano de obra supere ampliamente la demanda, las posibilidades de empleos precarios y poco remunerados, se incrementan.

Ocupación no planificada del territorio

No sólo se trata de un problema meramente demográfico; la forma en que se ocupa y asimila el territorio es clave para entender los conflictos que existen en muchas zonas del país. Tanto el aumento de la población como su distribución espacial, resultado de una construcción histórica, ponen una presión excesiva a los recursos naturales y se convierten en un lastre económico y social que genera nuevos conflictos y agrava los ya existentes. El agua es un recurso desigualmente distribuido en México; las mayores reservas están en el sur del país, pero la mayoría de la población reside en el centro, una zona predominantemente árida. Además, la topografía ya no es vista por las constructoras como una limitante para la ocupación del territorio, sin embargo, construir en zonas de pendientes abruptas expone a la población a riesgos de derrumbes, afecta la movilidad y el acceso al agua y los servicios de saneamiento.

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En el otro extremo, se ha construido en zonas que se inundan con frecuencia y los costos de los eventos meteorológicos extremos son cada vez mayores. En las zonas rurales se busca cambiar el uso del suelo de bosque a agrícola, y se han documentado incendios forestales intencionados, que pretenden manipular estos procedimientos. Los problemas de tráfico ya son parte de la vida diaria de las personas que residen en la Ciudad de México o su zona conurbada. Se pierden miles de horas al año en la carretera, el sistema de transporte público es insuficiente y las contingencias ambientales cada vez más frecuentes. Con independencia de las políticas gubernamentales, los ciudadanos debemos reflexionar sobre nuestro papel en la construcción de una sociedad sostenible, no sólo para nosotros mismos, sino para el futuro de nuestros descendientes. #Política Ciudad de México #Sociedad Ciudad de México