Está por todos lados. Incluso desde antes se hablaba de posibilidad. Hay que prepararse por si las cosas, después de todo, no salen como nos gustaría. Un as bajo la manga. El viejo truco de la urna truqueada. Después de todo, hay una voz autorizada que lo señala. Dicen que un matemático, el que demostró por medio del álgebra que Hamlet es Shakespeare y tío de sí mismo, habló de tendencias y fórmulas estadísticas y dejó muy clara la imposibilidad de que hubiera tal repunte y eventual victoria. Otros toman videos borrosos donde, es cierto, parece que pasa algo extraño, sobre todo porque puede pasar de todo. Unos más muestran fotografías de tres o cuatro casillas, donde el partido ahora perdedor había ganado por diferencia más o menos contundente.

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Se es categórico: fraude.

La salida fácil

Pero hay algo más. No sólo es el hecho de que sea la historia que ya se ha contado desde siempre, una historia que, a la larga, de tanto repetirse, resulta no ser tan razonablemente probable como la primera ocasión. Es, en resumidas cuentas, una cuestión de desconfianza.

Vayamos a lo simple: el fútbol. Apenas hace unos días se jugó la Gran Final del fútbol mexicano de Primera División. Las míticas Chivas contra los sorprendentes Tigres. Nuevo León vs Jalisco. André-Pierre Gignac. Tiene que venir un francés a decirnos que, después de todo, hay algo de decencia en este deporte que siempre se ha calificado de tercermundista cuando la máxima calidad está en el primer mundo. Cerca del minuto 90, un jugador felino cae dentro del área rival.

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Era penal. El silbante hace mutis y las Chivas celebran su doceavo campeonato. Las reacciones entre los aficionados tigres, entre el vulgo en general, es contundente: el partido está arreglado.

Ambiente laboral. Fulano de Tal consigue un ascenso. Las malas lenguas dicen que hizo de cosas con la jefa. O el jefe. No falta el ufano que, con amargo desdén, dice que él sabe más que toda la plantilla completa y que, de no ser por la empresa corrupta, él estaría ya en el puesto de Director de Directores.

Concurso televisivo. No falta tampoco quien dice que pierden adrede, que todo es cuestión de ratings y que desde el inicio todos firman un contrato que es al mismo tiempo un guión que especifica las fechas y formas en que perderán (o ganarán). Una módica suma si pierdes porque, al fin de cuentas, es un negocio.

Todo el mundo es una enorme cortina de humo.

Síndrome de Jerusalém

Por otro lado, están los que creen sin reservas a esa voz autorizada, llámese como se llame. Entonces, si aquel distinguido matemático dice que las cosas son así, como está verficado por la voz, es cierto.

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El video muestra a dos personas corriendo; ¿no es obvio? Se muestran cinco de miles de casillas: ¿qué, en serio no es obvio?

Pero están también los que le creen al oponente. Cuestión de fe. Ahí está la salvación de México. Ahí está mi salvación. En ti puedo confiar. Es más cómodo pensar así. Simplifica las cosas. Uno no tiene que angustiarse en su propio vacío existencial, no hay que hacer esa dicotómica sucesión que se pronlonga ad infinitum. Escoge un salvador. Cree en él. La vida resulta sopresivamente más sencilla. Cerrar los ojos y dejarse llevar.

Es un asunto del que habla la novela de Aldous Huxley, Un mundo feliz. Soma. Esa bendita droga que bloquea la angustia, la desdicha. No pienses, aquí está el escape. Pensar es terrible. Uno no puede llegar a nada, realmente. Se rompen paradigmas y qué tenebroso es romperlos porque luego no queda nada. La hoja en blanco es un vacío.

Ya sea como la promesa electoral, como explicación ante la resignada derrota, siempre habremos de buscar un poco más. Algo que nos consuele desde esa extraña autocompasión: la de que tenemos siempre la razón; el resto del mundo no.

Algo es cierto: tenemos lo que merecemos. #opinión #elecciones #Fraude