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La verdadera #escritura es aquella que vincula la prudencia, la mesura y la seguridad del qué decir. La libertad de expresión que tiene cualquier sector poblacional, equivale a diversas perspectivas del mismo acontecimiento que desea comunicarse. Aunque algunos equivalgan a la periferia y otros al centro de la sociedad, es indispensable la dependencia de uno respecto al otro, así como su coinfluencia en las decisiones para generar un bienestar común. Sin embargo, entre los relatos que definen la soberanía de un país, también hay otros que el Estado no sólo ha cuestionado, sino que ha prohibido por el temor a evidenciar sus errores como representantes de nuestra nación.

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En la antigüedad, en la época medieval y en los inicios de la época moderna, la persecución de brujas era una actividad casi catalogada como un deporte. Se trataba de una búsqueda masiva y exhaustiva de mujeres culpadas por atentar contra la cristianidad, aquel discurso religioso para concentrar al pueblo y convencerlo de que Cristo, el salvador, sería el único ser todopoderoso capaz de redimir sus pecados. Los miembros de la iglesia, los teólogos y los juristas pretendían satisfacer la justicia civil con crueles sentencias y asesinatos que clasificaban como "buenas acciones", a través de leyes expedidas por ellos. Un ejemplo concreto fue el Concilio de Paderborn en el año 785 escrito en el reinado de Carlomagno.

En siglos posteriores como el XV, el XVI y el XX se registraron acontecimientos similares, pero en esta ocasión contra hombres y mujeres que compartían tres características peculiares: decir lo que otros callaban, observar los rincones que otros no frecuentaban y escuchar los ruidos de los más silenciosos.

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Eran escritores que soportaron la destrucción de bibliotecas, la quema de libros y el asesinato de académicos y líderes que demostraban la fuerza y la fundamentación de la cultura, de las artes y de cualquier ciencia humana que implicaba la crítica hacia los poderes más conservadores o más retrógradas que pretendían censurar el derecho a opinar.

Bien lo dicen las páginas de El Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha:

"[...]; y a sí me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala [en referencia a la caballería], le debemos sin excusa alguna condenar al fuego. [...] Uno de los remedios que el cura y el barbero dieron por entonces al mal de su amigo fue que le murasen y tapiasen el aposento de los libros, porque cuando se levantase no los hallase [...] y que dijesen que un encantador se los había llevado, y el aposento y todo; y así fue hecho con mucha presteza" (120-9 Cervantes).

En la punta de la lengua está el exilio

El término censurar no sólo trae consigo el exilio, sino la expartida de sus individuos.

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En otras palabras, las dictaduras militares como las chilenas o las argentinas exigían el destierro de escritores que denunciaban las injusticias sociales que impartían los sistemas de gobierno. Sin embargo, cuando no era posible hacerlo por conveniencia de los poderes legisladores de la nación, entonces los mismos autores decidían huir, pero lo más consternante era la expartida, que implicaba el irse de su patria a consciencia.

En comparación con los “encantadores", es decir, presidentes, vicepresidentes, secretarios de cultura, entre otros cargos, aquéllos no tenían voz ni voto para reclamar la oportunidad de divulgar verdades que la sociedad pagaba a través de su pobreza, de la desigualdad y de la falta de subsidio económico, y en ocasiones eran brutalmente asesinados o simplemente vetados de su actividad profesional, más nunca de su vocación como escritores. Entre ellos se encuentran: Julio Cortázar, Alfredo Alcón, Mercedes Sosa, María Elena Walsh, entre muchos otros.

De esta forma, los gobiernos generaban pánico moral, concepto sociológico definido como una reacción colectiva fundamentada en percepciones falsas o desmesuradas de acciones que representaban una amenaza para sus dictámenes, sus reglamentos y su estabilidad política. No obstante, el cambio a la democracia y a los sistemas neoliberales no exime la posibilidad de recurrir a la supresión de ideas o de amordazar las opiniones públicas. Ejemplo claro fue la Ley Mordaza impuesta en Sinaloa, que no permitía a los reporteros realizar su trabajo. Con estos antecedentes, ¿qué pasaría con la libertad de expresión en la incertidumbre del arribo del presidente norteamericano Donald Trump? ¿Cómo le afectaría a México y a toda Latinoamérica?

En definitiva, las metodologías cambian a la par del tiempo y corremos el riesgo de atentar con nosotros mismos por inseguridad infundada, mediante la autocensura o, como se le ha nombrado: "lo políticamente correcto". El radicalismo, gran enemigo del flujo de información, provoca huecos de conocimiento que descartan la verdad de quienes “nos miran desde arriba”. Ya sea a partir de la repersión 2.0, el control político encubierto o la captación de las tecnologías, las certezas no existen. No se trata de renunciar ni ceder ni obedecer voluntariamente ante arbitrariedades del poder, sino de prudenciar en el decir. Tanto la mente como las manos son los espacios con sentido crítico, de investigación y de trabajo intelectual para evidenciar los testimonios y pensamientos de cualquier estrato #Social que servirían como puente estratégico, para enriquecer los valores y las acciones del mundo actual.

Periodistas, novelistas, ensayistas, poetas, diplomáticos, en fin, escritores en general, desarrollan el instinto de decir y lo convierten en la conciliación entre lo no dicho con lo no pensado, entre los opuestos para conseguir el equilibrio social, y finalmente entre la conciencia crítica y la fuerza ciega. #Censura