Si se confirman las tendencias preliminares de las elecciones del domingo, es un hecho que estamos ante un cambio decisivo en el equilibrio de las fuerzas políticas nacionales.

A pesar de la inequidad, a pesar de las trampas de siempre y de las notorias deficiencias de la ley, los ganadores de la jornada fueron, sin duda: "El Bronco" y Manuel Clouthier -con todo lo que ambos representan, el anuncio de que las candidaturas ciudadanas llegaron para quedarse, reflejo claro del hartazgo por la partidocracia y la clase política-. Y Morena, que por razones muy similares entra a la competencia por la tercera fuerza y por el liderazgo de la izquierda, que hasta ahora detentaba el PRD pero al perder la mayoría en el DF queda en situación muy comprometida. Incluso aún cuando mantuviera en las cifras una votación cuantitativamente más alta.

¿Por qué son tan importantes estos triunfos? ¿Porque implican un giro radical y porque transforman los escenarios del 2018? Además de que posicionan las candidaturas independientes como opción real de acceso al poder de la ciudadanía, es indudable que posicionan a AMLO como la figura determinante de la izquierda, el liderazgo hoy sin duda más fuerte, que está muy lejos de la debilidad que sus adversarios de siempre le vaticinaban.

El otro dato es que ha sido este el triunfo del discurso anti-partidos pero también de los que queremos un cambio por la vía de la civilidad democrática, lejos de las formas tradicionales de hacer política y lejos también de la violencia. Fracasó el llamado al voto nulo y también al boicot electoral. Ayotzinapa, en más de un sentido, queda atrás, y si no la tragedia de los 43 normalistas si su utilización perversa.

Pero pasemos al análisis de los números: es verdad que el PRI y el PAN se mantienen aún como las dos principales fuerzas (28.8% para el primero, 20.8% para el segundo), pero leyendo los datos disponibles sin matices interesados, gracias a lo que pasó ayer lo relevante, hay que insistir, es que nada está escrito para dentro de tres años. Está muy lejos de poderse garantizar, por ejemplo, que el PRI pueda mantener fácilmente la presidencia en el 2018, y menos que el PAN, que la secta que creó Gustavo Madero para asegurarse la candidatura presidencial, tenga alguna posibilidad seria para competirle al PRI.

Por otro lado, el PRI quedó en su nivel histórico más bajo, con la salvedad de la elección de 2006 cuando llevó a Roberto Madrazo como candidato y apenas logró un 22%. Y los panistas quedaron muy por debajo del 26% obtenido en la pasada elección, lo que pone a ese partido en caída libre en las preferencias del electorado.

Por lo que toca al PRI, hay un dato adicional que no se puede dejar de leer: la incorporación de Manlio Fabio Beltrones a la carrera del 2018, una carta que no estaba en la baraja de Enrique Peña Nieto y su "grupo compacto", que va a alterar de manera determinante los factores hasta ahora en juego dentro de ese partido.

En la izquierda simplemente no se cumplió el vaticinio: la atomización del voto redujo posibilidades de triunfo en algunos lugares adonde se pudo haber ganado (Guerrero, entre otros) pero en conjunto más que pérdida lo que hubo fue un nuevo reparto del voto, esto es, que independientemente de las cifras que dio el presidente del INE, que le conceden a la izquierda en su conjunto una bancada de entre 112 y 141 diputados (casi los mismos que ahora tiene), las curules que pierde el PRD las obtiene Morena, pero sobre todo, con el 86% de los cómputos el dato duro es que, sumados los votos que obtuvieron el PRD-PT-MC y Morena, representan más o menos el 28.1%, es decir casi lo mismo que el 28.8% del PRI y mucho más que el 20.8% del PAN. En otras palabras, que si ahora fueran las elecciones presidenciales la izquierda estaría muy cerca de poder ganarlas.

Ese es el dato relevante, la fuerza que en conjunto representa ahora mismo la izquierda, aún dividida, y la que puede representar si se decidiera a estar unida. Y la fuerza que por sí sólo tiene AMLO (la crítica que se hizo de su lema: "AMLO es Morena" hoy se ve cuánto peso real tiene). Así que lo deseable es que se abra un espacio para la reflexión, pero sobre todo para la revisión de las estrategias, de manera que se aproveche esta coyuntura de manera positiva y se esté en posibilidad de competir con ventaja para disputar la presidencia al PRI dentro de tres años.

En efecto, sobran las enseñanzas que esta elección le deja a la izquierda. En el caso del DF la caída del PRD es apabullante: sólo podría retener de 3 a 5 de las 14 delegaciones que ahora tiene y en la ALDF la mayoría es para Morena. Y eso es lo trascendente, que el fracaso fue para el PRD y para Miguel Angel Mancera pero no para la izquierda y que la rendija no dio para muchos triunfos del PRI y el PAN, pero incluso las delegaciones y distritos perdidos a manos de estos partidos (hablo concretamente de las delegaciones Magdalena Contreras, Milpa Alta, Miguel Hidalgo y hasta Benito Juárez) no hay duda que pudieron haberse ganado si hubiera habido alianza.

En fin, que eso ya es parte de la historia. Lo importante es lo que viene.

Ponderación y humildad es lo que se necesita. Claridad de objetivos. Y evitar los falsos espejismos. Los "cantos de sirena" sobre los que tanto ha precavido AMLO en otros momentos. Porque una tentación para el PRD puede ser no aceptar los hechos, que le gane su animadversión a AMLO y a Morena y que intente resolver su crisis actual mediante el resucitamiento de las alianzas con el PAN. Sólo que 2015 no es 2010. Pero además, que un análisis serio, honrado, del saldo de los gobiernos emanados de aquellas alianzas no puede sino concluir que no fueron lo prometedores que de ellos se esperaba. Esto sin contar con que quienes resultaron favorecidos como sus abanderados hace 5 años, una vez en el gobierno, ni siquiera se caracterizaron por impulsar proyectos de izquierda. Y no hablo sólo de Angel Aguirre, que conste.

Más allá de lo anterior, que en su momento tendrá que incluirse en la valoración que debe hacer la izquierda, una mala noticia es que el gran pagano de la división de las izquierdas lo puede ser el PT, un partido que ha sido decisivo en la construcción del movimiento de los últimos 9 años, cuya dirigencia y militancia tienen mucho que aportar.

Un ganador indiscutible de la jornada, lo fue sin duda, Movimiento Ciudadano. No sólo mantienen su registro sino que se crece notablemente en porcentaje de votos, siendo que fue a estas elecciones sólo, sin ninguna alianza. Un éxito de la estrategia impulsada por Dante Delgado, que le da amplio margen de maniobra con figuras propias muy consolidadas -incluido Marcelo Ebrard- y además lo convierte en factor clave para empujar los acuerdos y la unidad entre las izquierdas. Y con miras más allá de las izquierdas. Tal es el papel que está llamado a cumplir.

Sin embargo, el reto mayor es para Morena. Una vez ganado el registro y la mayoría en la Ciudad de #México, tendrá que consolidarse como el partido diferente que lo coinvirtió en la esperanza, pero es indispensable que se convierta, también, en factor de suma y de inclusión. El poder que ha ganado lo obliga doblemente: con la gente que creyó en él, y también con un proyecto de izquierda que no ha podido cuajar, por más que ha estado por lo menos dos veces a un paso de la presidencia, y que en 2018 puede tener su oportunidad.

Claro, siempre y cuando: 1) se tenga una plataforma ideológico-programática a la altura de los retos del país; 2) que esa plataforma convoque no sólo a la masa obradorista ni sólo a la izquierda sino a muchos más mexicanos nacionalistas, demócratas, progresistas, que hagan mayoría y quieran un cambio; y 3) que en su momento cuente con un candidato dispuesto a asumir esa plataforma y esa convocatoria, y que ahora no se caiga en el aventurerismo de inventar precandidatos presidenciales sólo para eliminar a AMLO sino que se cierren filas con sentido realista, sobre todo con sentido estratégico y sin las mezquindades del pasado, para llegar a 2018 con los consensos y la fuerza necesarios para realmente estar en posibilidad de ganar. En suma, no repetir el 2008-2011.

Lo hemos dicho otras veces, pero vale la pena reiterarlo. Hay una inmensa mayoría de ciudadanos -las elecciones lo demostraron- que no creen en la manera como se gobierna el país, así que la izquierda tiene que estar a la altura de ese descontento y tener el talento y la visión de ofrecer una propuesta alternativa unitaria para transformar ese descontento en fuerza democrática decisiva y contundente en las cámaras y en los estados. Y en su momento en la presidencia.

Y lo cierto es que ahora, como están las cosas, no hay esa tal fuerza. Por lo que el asunto no sólo es tener votos, es entrarle a la disputa por el poder y arrebatárselo tanto al PRI como al PAN.

Por lo menos no podemos perder la oportunidad de intentarlo: el país necesita tener una bancada de izquierda que actúe de manera congruente y unitaria en la próxima Legislatura. Que defienda una plataforma, ideas, principios y no intereses coyunturales. O peor aún, los intereses de otros. Pero más que una bancada lo que se necesita es una vía de transformación auténtica para el país.

Hoy es un buen momento para redimensionar el peso político, el real y el potencial, que tiene la izquierda. Para eso es indispensable la autocrítica y rescatar el debate como sana práctica. Entender que en la izquierda es urgente la unidad pero que no cabe la uniformidad, y que lo que hace falta es integridad y mucha congruencia.

Nuevas luchas vienen y están por librarse y si lo que se quiere es pelear de igual a igual con quienes hoy detentan la mayoría necesariamente tendrán que volverse a buscar las coincidencias: Con un buen número de perredistas, entre petistas y militantes de MC y de Morena, e incluso con todos aquellos que sencillamente no desean pertenecer ya a ningún partido pero que comparten ideas de cambio y de avanzada.

No está fácil. Pero por ahí va la tarea.